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Full text of "El mirador de Próspero"

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EDITOR! AL- AMÉRICA 



Director: R. BLANCO-FÜ MBORIA 
PUBLICACIONES: 

I 

Biblioteca Andrés Bello (literatura) 

Ü 

Biblioteca Ayacucho (historia). 

III 

Biblioteca de Ciencias políticas y so- 
ciales. 

IV 

Biblioteca de la Juventud hispano- 
americana. 

V 

Biblioteca de obras varias (españoles é 
hispano-americanos). 

VI 

Biblioteca de historia colonial de Amé- 
rica. 

VII 

Biblioteca de autores célebres (extran- 
jeros). 

De venta en todas las buenas librerías de España y América 
imprenta de Juan Pueyo, Luna, 29. Teléf. 14-30.— Madrid. 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



BIBLIOTECA ANDRÉS BELLO 



Obras publicadas (á 3,50 pf as. tomo), 

I. — M. Gutiérrez Nájera: Sus mejores poesías. 

II. — M. Díaz Rodríguez: Sangre patricia. (Novela), y Cuentos de 

color . 

III. — José Martí: Los Estados Unidos. 

IV. — José Enrique Rodó: Cinco ensayos. 

V. — F. García Godoy: La literatura americana de nuestros días. 

VI. — Nicolás Heredia: La sensibilidad en la poesía castellana. 
VIL — M. González Prada: Páginas libres. 

VIII. — Tulio M. Cestero: Hombres y piedras. 

IX. — Andrés Bello: Historia de las Literaturas de Grecia y Roma. 

X. — Domingo F. Sarmiento: Facundo. (Civilización y barbarie en 

la República Argentina.) 

XI. — R. Blanco-Fombona: Ll Hombre de Oro (Novela). 

XII. — Rubén Darío: Sus mejores Cuentos y sus mejores Cantos. 

XIII. — Carlos Arturo Torres: Los Idolos del Foro. (Ensayo so- 

bre las supersticiones políticas.) 

XIV. — Pedro-Emilio Coll: El Castillo de Elsinor. 

XV. — Julián del Cas.-l: Sus mejores poemas. 

XVI — Armando Donoso: La sombra de Goethe. — 4 pesetas. 

XVII. —Alberto Ghiraldo: Triunfos nuevos. 

XVIII. — Gonzalo Zaldumbide: La evolución de Gabriel d'Annunsio. 

XIX. — José Rafael Pocatevíra: Vidas oscuras. (Novela.) 4 peseta*. 

XX. — Jesús Castellanos: La Conjura. (Novela.) 

XXI. — Javier de Vían a: Guri y otras novelas 

XXII. — Jean Paul (Juan Pablo Echagüe): teatro argentino. 

XXIII. — R. Blanco-Fombona: El Hombre de Llierro. (Novela.) 

XXIV. — Luis María Jordán: Los Atormentados. (Novela.) 

XXV. — Carlos Arturo Torres: Estudios de crítica moderna. — 4 

pesetas. 

XXVI. — Salvador Díaz Mirón: Lascas. Precio: 2,75 pesetas. 

XXVII. — Carlos Pereyra: Bolívar y Washington. — 4,50 pesetas. 

(Un grueso volumen de 448 páginas.) 

XX VIII. — Rafael M. Merchán: Estudios Críticos. 
XXIX-XXX.— Bernardo G. Barros: La caricatura contemporánea. 

(2 vols.) 

XXXI- XXX II— José Enrique Rodó: Motivos de Proteo. 

XXXIII. —Manuel Gutiérrez Nájera: Cuentos color de humo y 

Cuentos frágiles. 

XXXIV. — Miguel Eduardo Pardo: Todo un pueblo. (Novela.) 

XXXV. — M. Díaz Rodríguez: De mis romerías y Sensaciones de 

viaje. 

XXXVI. — Enrique José Varona: Violetas y Ortigas. (Notas críticas 
sobre Renán, Sainte-Beuve, Emerson, Tolstoy, Nietzsche, 
Castelar, Heredia, etc.) 

XXXVIL— F. García Godoy: Americanismo literario. (Estudios 
críticos de José Martí, José Enrique Rodó, F. García Cal- 
derón, R. BWnco-Fombona ) 

XXXVIII —Alvaro Armando Vasseur: El Vino de la Sombra. 

XXXIX.— Juan Montalvo: Mercurial Eclesiástica (Libro de las 
verdades) y Un vejestorio ridículo ó los Académicos de Tir~ 
teafuera. 

XL-XLI. — José Enrique Rodó: El mirador de Próspero. 



BIBLIOTECA ANDRÉS BBIXO 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



EL MIRADOR 
DE PRÓSPERO 



Tomo I 



EDITORIAL-AMÉRICA 

MADRID 

CONCESIONARIA EXCLUSIVA PARA LA VENTA: 

SOCIEDAD GENERAL ESPAÑOLA DE LIBRERÍA 

Ferraz, 25 



.. J'aime, je l'avoue, ees sortes de Hvres. D*abord 
on peut jeter le volume au bout de vingt pages, 
commencer par la fin, ou au milieu; vous n'y etes 
pas serviteur, mais maitre; vous pouvez le traiter 
comme journal; en effet, c'est le journal d'un 
esprit. 



H. Taine: Littératare Anglaise, V, III. 



ADVERTENCIA 



Apenas apareció en Montevideo el año de 1913 El 
Mirador de Próspero, recorrió en triunfo, como las de- 
más obras de Rodó, toda la América de habla caste- 
llana. En España es menos conocida esta obra del 
pensador uruguayo, aunque á España consagra allí una 
página hermosísima. Agotada la primera edición, hoy 
buscan los admiradores de Rodó esta obra del maes- 
tro, sin que puedan encontrarla en ninguna de las capi- 
tales americanas. Creemos, pues, oportuno presentar, 
y presentamos, á los lectores de la Editorial- América, 
la segunda edición de El Mirador de Próspero —pri- 
mera que se hace en Europa. Esta nueva edición, ma- 
nuable, sencilla y elegante, difiere mucho, tipográfi- 
camente, del respetable mamotreto de 1913. La única 
alteración introducida en el texto consiste en haber su- 
primido los estudios sobre Bolívar y sobre Montalvo, 
porque ambos estudios corren impresos en la obra 
Cinco ensayos, ya célebre, del mismo Rodó, editada 
también por la 



Editorial-América. 



JUAN CARLOS GÓMEZ (0 



El 25 de Mayo, día de América, trae envuelto en sus 
resplandores de gloria un recuerdo de solemne triste- 
za, al que no debe permanecer indiferente el espíritu 
de los orientales. Hace hoy once años que la desapa- 
rición eterna de un hombre que era un símbolo, una 
personificación, la forma viva de los dolores de ia his- 
toria de un pueblo y de los más caros anhelos de su 
alma, perseguidos en estériles luchas, acongojaba el 
corazón de ese pueblo en días sombríos, como el 
eclipse de una luz que es orientación y esperanza, y 
difundía por América un eco de veneración y de 
dolor. 

La vibración sonora de la apoteosis que congregaba 
alrededor de la tumbi de Juan Carlos Gómez á los en- 
viados del pensamiento y la sensibilidad de ambas 
sociedades del Plata, para consagrar en imperecedero 
concurso de elocuencia la gloria de su nombre, no 
parece haber repercutido, al través de tan breve espa- 
cio de tiempo, en el corazón de la más cercana poste- 

(1) Incluyo en la colección este lejano artículo, uno de 
los primeros que salieron de mi pluma, porque puede servir 
de complemento al discurso que le sigue. 



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joSÉ ENRIQUE RODO 



ridad. Se busca, sin hallarla, una duradera sanción de 
ese homenaje, una manifestación sensible de esa gloria, 
y se espera en vano escuchar, cada vez que se levanta 
en el horizonte el sol del último día del tribuno, la pa- 
labra sentida de un recuerdo. 

Glorificar la memoria de Juan Carlos Gómez sería, 
entretanto, evocar del fondo de nuestra historia la 
fuerza moral é intelectual de sus días más fecundos en 
hermosas inspiraciones y en elevados ejemplos. 

Llevaba el gran ciudadano, en el melancólico oca- 
so de su vida, la representación más pura de una 
época que asistía en él á la progresiva desaparición 
de sus creencias, sus hábitos y sus hombres, pero á la 
que su espíritu volvía con amor invencible, con inque- 
brantable fidelidad, presa de ese sentimiento de de- 
solado abandono dentro del ambiente modificado por 
las ideas que pasan y se renuevan, que es á las ausen- 
cias del tiempo como la nostalgia á las ausencias del 
espacio. 

Por eso en su recuerdo reviven el color y el alma de 
un glorioso pasado, y se identifica su existencia con 
la de aquella generación viril y luminosa que, nacida, 
como primogénita de la libertad, entre el fragor de la 
epopeya de América, llegó á la vida pública cuando 
se desplegaban las divisas de los bandos para la lucha 
de nueve años, y modeló su espíritu en las inspiracio- 
nes de la revolución literaria y filosófica de 1830: ge- 
neración sobre la que ya es posible fijar las vistas 
serenas de la historia y que deja tendidas sus más no- 
bles personificaciones á lo largo del tiempo, como 
grupo de bronce que empieza á revestirse, á los ojos 
de la posteridad, del tono luciente y realzador de la 
pátina. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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Del despertar de las energías de su mente, ansiosa 
de luz; de los que representaron su pensamiento y su 
palabra, en días heroicos, data en realidad el abolengo 
intelectual de nuestro pueblo y el primer espacio fran- 
queado, dentro de su tumultuosa actividad, para la 
vida del espíritu. 

Faltaban á Montevideo tradiciones propias de cul- 
tura. Había dormido en la sombra, oprimida por sus 
arreos de plaza fuerte, el largo sueño colonial. Había 
permanecido privada, en el transcurso de las luchas 
de la independencia, de la supremacía de la acción 
y del pensamiento con que otras ciudades america- 
nas centralizaban las fuerzas de la Revolución, encau- 
zándolas por el impulso de la propaganda escrita y la 
tribuna. 

Con la presencia de los emigrados de las dos gene- 
raciones argentinas que representaban, frente al en- 
tronizamiento de la fuerza brutal, la una los recuer- 
dos de la grande época de Rivadavia y los principios 
de su política civilizadora, y la otra el porvenir, anun- 
ciado por los entusiasmos y las iniciativas de 1837, 
que trazaron en la mente argentina el perfil defini- 
tivo de la nacionalidad, coincide de este lado del 
Plata la aparición del grupo de hombres nuevos á 
quienes tocaba rasgar, con la germinación inteligen- 
te de su espíritu, la áspera corteza de una cultura aún 
no formada. 

No fué Juan Carlos Gómez el primero en anunciar 
la presencia de su generación en el campo de la acti- 
vidad literaria ni en el de los cuidados cívicos. Adolfo 
Berro, levantando, bajo la inspiración de la nueva 
poesía, el ara de las devociones del sentimiento, y An- 
drés Lamas, ensayando la pluma del doctrinador y el 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



polemista, para impugnar los preliminares de Alberdi 
á la exposición de Lerminier, y renovar, con El Na- 
cional, el espíritu y las formas del diario, precedieron 
al poeta adolescente que se acercaba, en 1841, á una 
tumba prematuramente abierta, y reproducía allí la 
escena famosa que vincula el recuerdo de la muerte 
de « Fígaro > á una inmortal revelación. 

Sólo aparece la fisonomía del poeta en este primer 
período de la juventud de Juan Carlos Gómez, que 
termina con la expatriación en 1843. No le contó en 
su seno la acción de la Defensa; pero una de las pá- 
ginas más llenas de interés de la historia literaria y 
política de su tiempo: la que se refiere á la participa- 
ción de los desterrados de ambos pueblos del Plata 
en la vida pública de Chile, sirve de fondo luminoso 
á la plena manifestación de su personalidad. 

La iniciativa de reforma social y de emancipación 
literaria que parte, como anuncio de una época nueva, 
del seno de la juventud congregada por el autor de 
La Cautiva bajo los pliegues de la última bandera 
de Mayo que debía flamear dentro de la capital ar- 
gentina hasta la caída del régimen brutal que profanó 
sus colores, fué obligada á continuarse en el destierro 
y afirmó sus focos de luz en esta margen del Plata y 
sobre las costas del Pacífico. 

Así, la fuerza de expansión y de propaganda que 
había sido una de las glorias de la revolución políti- 
ca iniciada por la generación anterior é impulsada 
por ella hasta llevar á latitudes remotas, dilatándose 
como en el sucesivo desenvolvimiento de las ondas 
concéntricas que levanta el golpe de la piedra sobre 
el agua dormida, el brazo de sus héroes y la palabra 
de sus tribunos, realza también esta iniciativa de re- 



♦ 

/ 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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novación de las ideas, que se formula en el programa 
de la «Asociación de Mayo», vibra en la prensa de 
Montevideo sus entusiasmos ardorosos y tiene su más 
alta expresión en las polémicas de Santiago de Chile. 

A fines de 1840 atravesaba la Cordillera, después 
de ser befado y torturado por la «Mazorca», un pró- 
fugo de San Juan, que había llevado allí la voz del 
patriciado culto y de la juventud inteligente en el 
movimiento suscitado por la repercusión de la pro- 
paganda de Echeverría, y trazaba en un descanso del 
camino, bajo las armas de la patria que abandonaba, 
estas palabras de Fortoul: On ne tue point les idees. 

Aquel proscripto, cuyo nombre debía en breve 
fulgurar al pie del Facundo, era el mensajero de una 
emigración que Chile vería pronto afluir á sus ciuda- 
des, donde los estremecimientos de la máquina de 
imprimir anunciaron ruidosamente su presencia; y 
aquel lema profético iba á tener la confirmación de la 
realidad en una propaganda de dos lustros, que hizo 
descender de lo alto de los Andes, sobre el suelo 
argentino, la voz de protesta de la cultura y la liber- 
tad vilipendiadas. 

Santiago y Valparaíso reflejan, desde el terror de 
1840, las luces proscriptas de su centro por la barba- 
rie vencedora, y al amparo de su hospitalidad se con- 
tinúa, en las múltiples manifestaciones de la prensa, 
el libro y la cátedra, la obra en que colaboran el pen- 
samiento de Alberdi, la crítica de López, los panfle- 
tos de Frías, la investigación erudita de Juan María 
Gutiérrez. 

Con el anatema incesantemente lanzado sobre la 
tiranía, comparte la actividad de esta emigración glo- 
riosa la revelación de la nueva idea literaria. El numen 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



del romanticismo llega envuelto en los pliegues de la 
bandera de Mayo al otro lado de la Cordillera, y lucha 
allí con la resistencia que personificaba aquel don 
Andrés Bello, en quien reconoce la cultura de Chile 
al primero de sus educadores, y cuyo espíritu, abierto 
á todas las luces del saber y favorecido con los dones 
del entendimiento más difícilmente conciliables, flexi- 
ble y múltiple como el de un humanista del Renaci- 
miento, era santuario de la tradición intelectual. En el 
brillante torneo que estas polémicas mantienen luce 
en todo su brío la gentileza literaria de los jóvenes 
desterrados que el romanticismo tuvo por justadores; 
el generoso entusiasmo con que llevaban á aquella 
lucha puramente ideal todo el ardor de las luchas 
reales y efectivas. Impulsada por ellos, una cuestión 
de arte llegó á agitar los espíritus con fuerza de pa- 
sión, y una de las sociedades hasta entonces menos 
espirituales de América fué acaso el escenario más 
movido que tuvo en el continente la gran querella 
literaria. La relativa incipiencia de la vida intelectual 
de aquella sociedad, un tanto encadenada á la tradi- 
ción de la colonia, un tanto adusta y espartana en sus 
lincamientos, sirvió de fondo opaco para que se des- 
tacase aún más el brillo de esa propaganda, en la que 
nuestros románticos solían poner cierta arrogancia 
candorosa, cierta conciencia de su superioridad, que 
le comunicaba á menudo los aires de un magisterio 
altanero. 

Pero hay todavía otra manifestación de la huella 
imborrable impresa por los desterrados en la vida del 
pueblo que les concedió generosa hospitalidad; y es 
su intervención en la política interna de ese pueblo, 
aun cuando sólo les era dado llevar á ella el concurso 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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platónico de su palabra, desnuda del influjo vehemen- 
te y prestigioso que adquieren las ideas del publicista 
y el tribuno del relieve de su personalidad en la 
acción. 

Bajo este aspecto, la figura juvenil de Juan Carlos 
Gómez se destaca quizás como la más activa y gallar- 
da. Llegado á Chile en las postrimerías del primer go- 
bierno de Bulnes, tomó de manos de Alberdi la redac- 
ción de El Mercurio, de Valparaíso, que era la repre- 
sentación más alta de la prensa, y la mantuvo durante 
los cinco años del renovado gobierno, ya para estimu- 
lar la obra de organización que llevaba éste adelante, 
ya para defender contra él la libertad de imprenta, ó 
para oponérsele en una campaña electoral que dió por 
resultado el primer triunfo que se obtuviera sobre el 
poder en los comicios. Por igual apartado de la dema- 
gogia turbulenta y de la oligarquía reaccionaria, sostu- 
vo en Chile la libertad vivificada por el orden, «la po- 
lítica que construye y educa», como la definía y predi- 
caba Sarmiento, y acompañó con su propaganda á 
preparar la solución que tuvo, en tal sentido, la lucha 
presidencial de 1851. 

Poco después, con el fracaso de la tiranía de Rozas, 
llega á su término esta brillante participación de nues- 
tros emigrados en la historia literaria y política de uno 
de los más interesantes períodos de la vida chilena. El 
renacimiento de la prensa libre y la tribuna reclama en 
Buenos Aires la presencia de los proscriptos argenti- 
nos, al par que un horizonte nuevo parece abrirse, di- 
sipada la humareda de la lucha, de este lado del Pla- 
ta; y Juan Carlos Gómez pasa entonces su pluma de 
El Mercurio á la mano de D. Ambrosio Montt, el Ara- 
mis de las voluptuosidades de la ironía sutil y refina- 

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JOSÉ ENRIQUE RODO 



da, tan singularmente opuesto, en el género de las ar- 
mas que traía á la panoplia del famoso diario, á aque- 
lla inflexibilidad de la palabra y la actitud, á aquella 
entonación vehemente y amplísima, que dieron contor- 
nos al «carácter de Athos», á quien venía á reemplazar 
en el concierto de las inteligencias. 

Vuelto á la patria, asume Juan Carlos Gómez la di- 
rección del elemento culto y pensador de uno de los 
dos partidos que entonces se reorganizaban para pro- 
seguir su duelo interminable; vibra su pluma de pole- 
mista en las columnas de El Orden, y luego en las de 
El Nacional; resuena su palabra en el Congreso de 
1853, el más ilustre y representativo que haya coope- 
rado á nuestros ensayos de organización, al par del 
que reunió en su seno, bajo los auspicios de una nue- 
va paz, veinte años más tarde, á los enviados de otra 
generación de noble y turbulenta historia; y termina, 
no sin un pasaje fugaz por las alturas del gobierno, la 
actividad de su civismo, con la definitiva proscripción 
que aun se prolonga en el sueño de la muerte. 

Incorporado desde entonces á la vida argentina, 
mantiene, sin embargo, su fidelidad de ciudadano so- 
bre la poderosa tentación de un escenario que le brin- 
da éxitos y honores. Su tribuna es, de nuevo y para 
siempre, la prensa. El alejamiento de la acción á 
que le condena el voluntario ostracismo veda otras 
formas de manifestación á su palabra y no consiente 
más alto pedestal á su figura; pero en aquel que las 
condiciones de su vida le depararon y donde las tem- 
pestades de medio siglo le vieron descollar sin que 
flaquearan sus viejos bríos un momento, fijó con ras- 
gos indelebles su parte de representación y de obra. 
Personifica, en los anales de nuestras democracias 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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del Plata, el periodista, el tribuno del pueblo cons- 
tantemente identificado con las palpitaciones de su 
corazón y atento al rumor de sus oleajes; á la ma- 
nera como personifica Juan María Gutiérrez el hom- 
bre de letras, Alberdi el pensador, Sarmiento el es- 
tadista. Hubo en la prensa quienes atesoraran más 
caudal de doctrina, más honda reflexión, mejor sentido 
de las oportunidades del presente; pero su palabra se 
impone sobre todas y llega, como la voz altiva de su 
época, al recuerdo de la posteridad, por el poder de 
transmitir la emoción y el entusiasmo; por la avasalla- 
dora energía de la afirmación, que imprime en ella la 
solemnidad de la del inspirado ó el apóstol; por esa 
fuerza de la sinceridad que no se remeda, porque es 
como el aliento del alma condensándose en la palabra 
del escritor. 

Además, todas las turbulencias de la lucha en que 
la palabra tiende á la acción inmediata y efectiva; 
todas las huellas que imprime el hábito de la produc- 
ción precipitada en el cauce áspero é instable de las 
pasiones del momento, no alcanzaron á empañar en su 
alma el culto innato de la forma. Su escuela de diaris- 
ta puede condensarse en las palabras, que él mismo 
invocaba, de Renán: «Todo es literatura cuando se 
habla con amor de las cosas buenas, bellas y verdade- 
ras». Llevó la pluma como un cincel destinado á fijar 
en el alma de la multitud inscripciones é imágenes, y 
supo mantener constantemente firme ese cincel, sin 
que los estremecimientos de la pasión enardecida lo- 
grasen apartarle de la esbelta limpidez del contorno. 

Así campea el señorío de la forma en su postrera 
campaña de El Nacional de 1879, sobre la qi¿e se 
tienden las melancolías de creciente nostalgia; y así se 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



le vió resplandecer en las cartas con que defendió su 
sueño último, su grande y generosa quimera, en la 
controversia levantada alrededor del monumento de 
La Florida; conmovedores arranques de su alma, ver- 
daderos modelos de literatura de polémica, páginas 
de las más poderosas, más vibrantes, más llenas de 
fluido nervioso, que hayan brotado, acaso, de la pluma 
de ningún escritor. 

Por este don del estilo prodigado en la labor ingra- 
ta de la prensa, puede representarse en él el espíritu 
literario sacrificado á la necesidad suprema de la ac- 
ción y la lucha, en la existencia de sociedades forzo- 
samente inhospitalarias para las manifestaciones des- 
interesadas del espíritu; así como puede representarse 
en su faz de ciudadano, dando expresión á sacrificio 
aún más doloroso, la injusta inutilidad frecuentemente 
prescrita por la desorganización de nuestras democra- 
cias á la indomable porfía de la convicción, á los 
rasgos firmes del carácter, á la inquebrantable tenaci- 
dad de la virtud. 

Junto á una apreciación más detenida de la varonil 
personalidad del escritor, habría interés en considerar 
la suave fisonomía del poeta. 

La escuela literaria á que puso sello el autor de La 
Cautiva tuvo un carácter esencialmente relacionado 
con los heroísmos de la época, y modelóse en el con- 
cepto, que el mismo Echeverría formuló, de una lite- 
ratura social y revolucionaria. La poesía cobraba nue- 
va inspiración, después de haber flotado sobre la epo- 
peya de la independencia y consagrado sus victorias, 
para ser otra vez, en medio de las luchas por la liber- 
tad, como la cincelada empuñadura del acero ó como 
el lampo que arrojaba de sí la misma espada estreme- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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cida. Pero la cuerda heroica partió entonces su impe- 
rio con las primeras manifestaciones del subjetivismo 
poético y de la melancolía romántica, y el verso ahon- 
dó en la intimidad de la conciencia, al mismo tiempo 
que continuaba siendo un medio de acción. 

No era en Juan Carlos Gómez la naturaleza del tribu- 
no la que se imponía con superior intensidad á la ento- 
nación del poeta. En el silencioso recogimiento de la 
inspiración tributaria de los ensueños y las lágrimas, que 
desata el aura del sentimiento individual, libre de la 
presión niveladora é imperiosa del ambiente colectivo, 
y no manifestándose este sentimiento en el arranque 
súbito de la emoción ni con la fuerza que estalla en 
el sollozo de Musset ó en la imprecación byroniana, 
sino cuando se ha tendido sobre él el velo de una sua- 
ve melancolía, y vagan sigilosas las sombras de la me- 
ditación ó del recuerdo, era cómo la íntima naturale- 
za de nuestro poeta desempeñaba su ley y acertaba 
con la nota pura, sencilla, la que llega al centro del 
alma, ya diese voz á las tristezas de la ausencia, ya 
espaciara el espíritu en los arrobos de la contempla- 
ción. 

Su poesía refleja así la exquisita suavidad de los 
sentimientos, que constituía el fondo velado de su 
personalidad. Nunca entregó á las pasiones de la vida 
pública sino una parte de su espíritu, y supo guardar 
constantemente intactas del polvo abrasador de la lu- 
cha todas las delicadezas del pensamiento y la sensi- 
bilidad, el cuito de las cosas íntimas, que constituye 
el más preciado de esos bienes del alma que el hom- 
bre, perpetuamente confundido en las tempestades de 
la acción, suele sacrificar á la devoradora intensidad de 
la idea que le absorbe ó de la pasión que le avasalla. 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



He de terminar, sobreponiéndome á la atracción de 
un tema gratísimo; pero no será sin antes insistir acer- 
ca de la alta oportunidad con que se autoriza, en este 
silencio del olvido que parece ser la postuma conde- 
nación de nuestras glorias más puras, toda palabra 
encaminada á una reparación. 

Lucio Vicente López, en una oración universitaria 
que merece eterno recuerdo, señalaba hace pocos 
años, como suprema inspiración regeneradora, en me- 
dio del eclipse moral que veía avanzar en el horizonte 
de América, la obra patriótica de fortalecer, en la 
mente y el corazón de las generaciones que se levan- 
tan, el amor á la contemplación de aquellas épocas en 
que el carácter, la personalidad nacional de nuestros 
pueblos y las fuerzas espontáneas de su intelectuali- 
dad, vibraban con la energía que hoy les falta (1) y 
con el sello propio de que les priva el cosmopolitismo 
enervador que impone su nota á la fisonomía de estos 
tiempos. 

El sentimiento de la tradición, el culto del pasado, 
es una fuerza insustituible en la conciencia de los pue- 
blos, y la veneración de las grandes personalidades 
en que se encarnan sus porfías, sus anhelos, sus glo- 
rias, es la forma suprema de ese culto. 

Entre nosotros, merecen ser honradas las generacio- 
nes que han precedido á las que tienen la represen- 
tación obscura del presente, no sólo á nombre de 
aquella solidaridad histórica inquebrantable, sino tam- 
bién por un claro derecho de superioridad. El interés 
del porvenir se une á la «sagrada voz de la historia» 
— siempre vibrante en el corazón de los pueblos, que 

(1) Esto se escribía en 1895. 



EL MIRADOR DE PROSPERÓ 



son algo más que muchedumbres — , para exigirnos, 
cuando se trate de esas generaciones, un homenaje de 
amor y de justicia, que sea, á la vez, inspiración de 
fecundas enseñanzas y nos lleve á familiarizarnos con 
los ejemplos de su acción y las confidencias de su es- 
píritu. 



LA VUELTA DE JUAN CARLOS GÓMEZ 



Discurso pronunciado en representación del «Ateneo> 
y la prensa de santiago de chile, en el cementerio 
de Montevideo, al ser traídos á la patria los res- 
tos de Juan Carlos Gómez, el 8 de Octubre de 1905. 



Señores: 

Hace sesenta años, cuando las sombras de una le- 
gendaria tiranía se levantaban á entenebrecer el ho- 
rizonte de los pueblos del Plata, doblaban las cum- 
bres de la Cordillera, toda vibrante todavía con los 
ecos triunfales de la epopeya de América, los pró- 
fugos y los proscriptos de una generación dispersada 
en la adolescencia por el trágico naufragio de la li" 
bertad. 

Templada el alma en precoces pruebas é infortu- 
nios; hechos á la costumbre de lo grande y de lo he- 
roico, como arrullados que fueron en la cuna por el 
estruendo de las armas emancipadoras; llenos de las 
inspiraciones del entusiasmo generoso que caldeaba 
entonces las corrientes del mundo en la más esplén- 
dida resurrección de idealidad y de arte que haya 
exaltado la mente humana desde los tiempos del Re- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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nacimiento, aquellos emigrados llevaban consigo á 
Santiago y Valparaíso esa singular virtud de casi 
todas las emigraciones históricas, que, como si acri- 
solasen las almas por el desamparo y el dolor, infun- 
den en ellas dobles bríos, así para el pensamiento 
como para la acción. 

Junto á Mitre, á Sarmiento, á Juan María Gutiérrez, 
á Alberdi, á López, iba también en aquella luminosa 
pléyade — que encontraría allí, para contender en los 
torneos de la inteligencia, rivales de la talla de Bello 
y de Lastarria, de Bilbao y de Montt — un hijo de 
Montevideo, salido de las filas de la juventud que des- 
plegaba entonces, tímidamente, las primeras fuerzas 
de nuestra embrionaria intelectualidad. Este joven de 
veinte años era Juan Carlos Gómez, y acaso era el 
primer ciudadano de su país que llevaba á extrañas 
tierras, para que irradiasen fuera del horizonte del te- 
rruño, las luces de su espíritu. 

De cómo irradiaron estas luces, de cómo se desta- 
có gallarda la figura del escritor de Montevideo, des- 
de que tomó de manos de Alberdi la pluma de El 
Mercurio, habla, señores, la ondulación de simpatía 
que, cruzando los Andes, viene á incorporar al home- 
naje que nos congrega los recuerdos y los saludos de 
un pueblo. 

interpretando esta adhesión, he de hablaros de 
Juan Carlos Gómez. Yo no puedo traer su nombre á 
mis labios, representarme su personalidad subyugado- 
ra, sin que vea surgir simultáneamente con ella y or- 
denarse á su alrededor, á ía manera de un imponente 
fresco histórico, un espectáculo en que se resume la 
febril y dramática actividad de una generación que 
nació destinada colectivamente á la gloria. Toda una 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



época me parece que despierta hoy y se reanima en 
presencia de este cadáver venerando, como por una 
evocación que transfigurase de súbito nuestro am- 
biente amortecido, llenándole de resplandores, músi- 
cas y aromas; toda una época, con sus ideas y sus 
pasiones, sus rudezas y sus ensueños, sus heroi- 
cidades y sus martirios. Y es que nadie tiene, respec- 
to del alma de sus contemporáneos, más nitidez y fuer- 
za representativas que Juan Carlos Gómez. De nadie 
con tal verdad puede decirse que quedó fiel, hasta 
morir, á los númenes de su juventud. Así, la tristeza 
nostálgica de sus últimos años no era sólo la del ex- 
patriado, sino también la del que se siente fuera de 
una época con la que se identificó absolutamente en 
espíritu. Medio siglo ha pasado ya desde que Juan 
Carlos Gómez partía para el destierro que debía pro- 
longarse hasta después de la tumba. Si volviese á la 
vida, vería cómo el vertiginoso movimiento que im- 
pulsa hacia adelante los hombres y las cosas, ha reno- 
vado la fisonomía moral y material de su pueblo, par- 
tícipe de las transformaciones del mundo. No es ya 
Montevideo la ciudad humilde, ceñida por los arreos 
de su guerrear interminable, que él dejara al partir. 
En vano sus ojos buscarían aquel viejo «Fuerte de 
Gobierno», que él recordaba una vez, en su apenada 
ancianidad, con las melancolías y ternuras del pros- 
cripto; el viejo Fuerte, que los hombres de mi genera- 
ción no hemos alcanzado á conocer, y entre cuyos mu- 
ros de piedra se asentó el sillón presidencial de don 
Joaquín Suárez y se dió la norma de tanto valor y ab- 
negación sublime. En la esfera de las ideas, si descen- 
diera al fondo de nuestro espíritu, no se sentiría, cier- 
tamente, menos desorientado. Derruidas ó desiertas 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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hallaría las aras de sus dioses. Esta selva que entrete- 
jen las almas se ha deshojado y ha brotado, desde su 
tiempo, muchas veces. Sólo como el son de una armo- 
nía lejana percibimos ya los ecos de aquella fulguran- 
te revolución de las ideas que, en el primer tercio del 
pasado siglo, hechizó al pensamiento humano. Otra es 
hoy nuestra filosofía, otra nuestra literatura, otra nues- 
tra concepción de infinitas cosas; otros son nuestros 
mentores y nuestros libros. 

Pero lo que perpetúa, al través de tantos cambios, 
la oportunidad de homenajes como éste; lo que pre- 
serva en el tiempo la continuidad solidaria de las ge- 
neraciones; lo que debe decirse, para honor de esta 
civilización cristiana, que mantiene, por encima de las 
mudanzas y los siglos, la enseña capitana del man- 
do, es que todas las escuelas, todos los criterio.", to- 
das las doctrinas, que con predominante y duradero 
influjo se han sucedido en su seno, arriban en definiti- 
va á una misma conclusión, cuando se trata de fijar 
merecimientos y sanciones, y se transmiten la misma 
insustituible consigna: sólo la voluntad que realiza el 
bien es sólido fundamento de gloria; sólo de la inteli- 
gencia, y nunca de la fuerza brutal, irradia luz y vida; 
sólo los hombres que han sido virtud, carácter, inteli- 
gencia, merecen el homenaje de los pueblos y el re- 
cuerdo de la posteridad. 

Esas tres superioridades eternas: inteligencia, carác- 
ter y virtud, honramos en la apoteosis que hoy nos 
reúne. Sobre esa base triangular no hay pedestal de 
estatua que no resista á todas las fuerzas de la tierra. 
No ignoráis, señores, cómo, á pesar de ello, se ha discu- 
tido y se ha negado la razón de esta apoteosis. Quien 
tantas tempestades desató en vida, no podía incorpo- 



28 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



rarse sobre su lecho de muerte sin provocar una vez 

más la tempestad. Entretanto, hemos oído la palabra 
de los acusadores, y no sólo la declaramos vana é irre- 
verente, sino contradictoria de imprescriptibles fueros 
de la conciencia humana. Jamás, jamás en un pueblo 
libre la profesión sincera de un modo personal de con- 
cebir la grandeza, el porvenir, los destinos de la pa- 
tria, puede justificar el ostracismo, ni el anatema, ni 
el olvido de los más altos títulos y las más legítimas su- 
perioridades que enaltezcan á los hombres. El fecun- 
do amor patrio es el que exige del ciudadano, no el 
sacrificio de ¡a libre profesión de su pensamiento, en 
cuanto á las conveniencias é intereses del patrimonio 
común, sino la sinceridad del amor, y el desinterés 
con que esa sinceridad se abona, y el cumplimiento 
del cívico deber. Toda otra concepción del amor pa- 
trio no será sino un estrecho é irracional fetichismo. 

Nuestro pueblo ha purgado su historia de leyendas 
falaces; hemos reivindicado memorias gloriosas que 
obscureciera el fallo ajeno, y los altares del culto na- 
cional están puestos sobre granito. Quien siga ei des- 
envolvimiento de esa empresa de reivindicación, en- 
contrará muy á menudo opuestos á sus reparadoras 
conclusiones los juicios históricos del escritor á quien 
hoy se glorifica. Pues bien: es cierto que Juan Carlos 
Gómez fulminó á personalidades á quienes el pueblo 
oriental ha decretado estatuas; pero no es menos cier- 
to que Juan Carlos Gómez tendrá estatuas sobre el 
suelo oriental; y cuando el execrador y los execrados 
se confunden en la fraternidad sublime de la gloria, 
nadie tiene derecho de recordar las impiedades que 
les separaron en vida Ni el uno ni los otros son ya 
míseras criaturas humanas, sino estatuas que perduran 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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sobre el paso de las generaciones; y las estatuas, se- 
ñores, no se odian entre sí, los mármoles y los bron- 
ces no se odian: en su serenidad olímpica, levantados 
sobre el nivel vulgar de los hombres, se miran y se 
comprenden. 

Una concepción unilateral, y, por !o tanto, falsa, de 
los hechos históricos, propagó un tiempo, en el Río 
de la Plata, que la obra de los grandes caudillos y la 
obra de los pensadores y organizadores civiles eran 
antinómicas é inconciliables. Del punto de vista de 
una de ellas se condenaba inexorablemente á la otra. 
Pero si en la perspectiva engañosa, ó, mejor, en la 
ausencia de perspectiva de los contemporáneos, no 
era posible hallar la oculta armonía que relacionaba 
para el porvenir aquellas fuerzas contrapuestas — y por 
igual necesarias — de nuestro génesis, en las rememo- 
raciones glorificadoras de la posteridad hay cabida 
para el esfuerzo heroico del caudillo y para la labor 
austera del pensador. Y si la desconfianza, y el odio 
acaso, los separó mientras vivían, pacifiquémoslos y 
reconciliémoslos en la muerte, para que así como la 
misma tierra los abraza y el mismo cielo extiende so- 
bre ellos la bendición de su serenidad infinita, la mia- 
ma gratitud los arraigue en el recuerdo de las genera- 
ciones y el mismo culto los levante sobre las aras de 
la inmortalidad. Esta es la filosofía del amor aplicada 
á la crítica de las cosas humanas, que es, en suma, 
también la filosofía de la equidad y la verdad; y cuan - 
do en cercanos pueblos ella ha triunfado definitiva- 
mente sobre la inercia de los odios; cuando los patri- 
cios de Buenos Aires y los caudillos de las épicas 
montoneras se han reconciliado para el historiador en 
la armoniosa síntesis de la revolución de Mayo, bien 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



podemos nosotros, al formar el trofeo de la patria, 
en esta hora de las postumas justicias, bien podemos 
nosotros cruzar, en el trofeo de la patria, con la es- 
pada de Las Piedras y con la espada del Rincón, la 
pluma gloriosa de Juan Carlos Gómez. 

Un día, la Convención francesa mandó que fueran 
quitados del Panteón Nacional los restos mortales de 
Mirabeau. Pasado cierto tiempo, dispuso que esos res- 
tos volvieran á ocupar su lugar entre los de los gran- 
des hombres de Francia. Y Michelet, comentando 
estos dos actos, aparentemente contradictorios, decla- 
ra que, si justa fué la Convención cuando expulsó de 
su pedestal de gloria al coloso de la tribuna, en casti- 
go de las culpas que le imputaba, aun fue más justa 
cuando ordenó reponerle, porque aquella proscripción 
transitoria bastaba para sanción penal de tales culpas, 
y cumplida la severa condena, el varón preclaro debía 
levantarse de nuevo y para siempre en los altares de 
la patria agradecida. Yo me atrevo á afirmar que, si 
en el alma de los detractores de Juan Carlos Gómez 
hay un fondo de piedad histórica, de esa piedad histó- 
rica, señores, sin la cual los juicios de la posteridad no 
serían más que una lapidación insensata de las gene- 
raciones muertas por las generaciones vivas, ellos han 
de convenir alguna vez, por mucho que agiganten los 
que consideran sus desvarios y que deformen las que 
llaman sus crueldades — ya que nadie ha podido ente- 
rarnos de sus culpas , ellos han de convenir alguna 
vez en que sus treinta años de destierro y abandono, 
no figurado, como el de Mirabeau, sino real y rebosante 
de amargura, son suficiente pena para que, desarmados 
ya todos los odios, creamos llegada la hora de traerle 
á reposar en el panteón de nuestros muertos ilustres! 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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Hay, por otra parte, un deber de reparación que 
nos obliga, con doble imperio, á la glorificación de 
nuestros hombres de pensamiento y de carácter civil. 
Ellos aún más que nuestros hombres de guerra — 
padecen hambre y sed de justicia! Porque el héroe de 
la acción, el caudillo de alta talla, el gran conductor 
de multitudes, si bien pudo merecer á veces campo 
más amplio para su intrepidez y su heroísmo, mayores 
empresas que aquellas que le deparó la condición del 
medio social y de la época en que tocóle actuar; si 
pudo ser que encontrase estrecho ante su mirada el 
horizonte, mezquino el pedestal bajo su planta, tuvo á 
lo menos la compensación del valor y la obediencia de 
la muchedumbre; la compensación de la actividad en- 
tusiasta, febril; del triunfo ruidoso; del perfume de 
gloria aspirado entre el olor de la pólvora y los vahos 
de la sangre; la compensación del que se siente com- 
prendido, estimulado, seguido, identificado con ese 
corazón gigante del pueblo, cuyo ritmo resuena en los 
vítores de la plaza pública y en el estrépito marcial de 
las batallas. Pero los hombres de pensamiento, seño- 
res, en aquellos tiempos rudos y apenas suficientes 
para la acción instintiva y tumultuosa, ¡cuántas veces 
hubieron de experimentar las angustias del inadapta- 
do y el incomprendido!... Teniendo fuerzas con que 
dominar desde las altas cumbres adonde converge la 
atención humana, sintieron sofocado su vuelo por la 
atmósfera estrecha de democracias semialdeanas, mal 
educadas y enfermizas; mereciendo el séquito alenta- 
dor y el coro inteligente, vieron con frecuencia nau- 
fragar su palabra, cuando no en las sirtes del descono- 
cimiento sañudo, en la desolación de la indiferencia 
silenciosa; palparon el desvalimiento de la idea inerme 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



frente á la pasión desenfrenada; pasaron por todas las 
torturas de la soledad moral, de la asfixia, del des- 
equilibrio entre la superioridad personal y la insufi- 
ciencia del ambiente; y por eso, señores, por lo que 
sufrieron, por lo que su tiempo les fué ingrato, la pos- 
teridad vindicadora debe traer al homenaje que tribu- 
te á estos hombres doble suma de amor, doble suma 
de piedad; y por eso venimos á esta apoteosis con el 
corazón conmovido, aquellos que, por sobre la admi- 
ración de glorias menos puras, profesamos el culto y 
la fe del pensamiento. 

Nadie como Juan Carlos Gómez personifica en 
nuestro pasado ese destino doloroso é injusto: en 
parte, por el estoicismo abstinente en que le enclaus- 
tró, desde antes de la madurez, una filosofía política 
más generosa que ceñida á las realidades del mundo; 
pero en mayor parte, ciertamente, por la cruel fa- 
talidad de las cosas. Pudo ser el jefe civil de un gran 
partido, y apenas si fué, primero, su timonel precario 
é infortunado, en raras horas de borrasca, y luego, 
desde lejos, su tribuno sin acción, su amonestador, 
y casi su heterodoxo. Pudo ser un gran escritor, do- 
tado de todas las seducciones y todos los prestigios 
con que la palabra que maneja el arte burila senti- 
mientos é ideas en el corazón y el pensamiento de 
los hombres; y lo fué, sin duda, pero de la manera 
esbozada y fragmentaria como cabe serlo en la ver- 
tiginosa improvisación del diarismo. Pudo gobernar; 
levantar sus ideas, de la tribuna al Capitolio; gozar la 
satisfacción legítima del encumbramiento anhelado 
para hacer el bien y dejar obra memorable; y se in- 
moló, con abnegación antigua, en voluntario destie- 
rro, hasta morir semiolvidado y pobre, procurando 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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en la labor obscura de una cátedra el pan escaso de 
sus últimos días, pero arerrado con fidelidad inque- 
brantable al amor del suelo natal, á pesar de los 
triunfos y los honores con que brindaba á sus dotes 
eminentes la escena cívica de un grande y próspero 
pueblo. 

Personificó, por la feliz armonía de sus dotes, su 
propio ideal de democracia culta, no reñida, sino 
connaturalizada, con el orden y la selección. En nues- 
tra historia no hallo figura que con tal brillo represen- 
te al gentilhombre, al patricio de una sociedad repu- 
blicana. Porque él lo tuvo todo: el pensamiento pene- 
trante y la palabra que lo esculpe en forma que no pe- 
rece; el corazón generoso y la voluntad que convierte 
sus palpitaciones en impulsos eficaces y enérgicos; la 
austeridad estoica y la delicadeza exquisita; el favor 
de las gracias y las armas del combate; soberbio ejem- 
plar de superioridad humana, que, en escenario más 
vasto, hubiera dejado esculpida su figura en el már- 
mol que contemplan con arrobamiento las naciones y 
los tiempos. 

Aun para aquellos que no acierten á ver la supe- 
rioridad del hombre de acción y del político, siempre 
se destacará avasalladora la faz del escritor. Su pa- 
labra de fuego es de las que parecen capaces de con- 
mover y entusiasmar á los mismos contra quienes 
van dirigidas. Yo no conozco publicista del Río de la 
Plata que haya tenido en más alto grado que Juan 
Carlos Gómez la unción del inspirado, del apóstol. 
Todo lo que salía de su pluma venía envuelto en ese 
poder magnético que se impone instantáneamente 
y por medios superiores á los de la reflexión y el aná- 
lisis; que subyuga, más que convence; que arrebata, 

3 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



más que adoctrina. Lo que en otros es convicción, en 
él era fe; lo que en otros es raciocinio, en él era ins- 
piración; lo que en otros es faena de crítico, en él era 
fervor de iluminado. Nadie más distante de aquella 
serenidad reflexiva, y aquella igualdad de ánimo, y 
aquella expresión sobria y desnuda, que caracterizaron 
á Florencio Várela, su precursor en la propaganda de 
la libertad. La polémica era el campo donde se agi- 
gantaba. En cuanto polemista, sólo Sarmiento, entre 
los escritores que fueron sus conmilitones ó sus ene- 
migos, podría disputarle el primer puesto. Pero en 
Sarmiento la fuerza rara vez se armoniza con la gra- 
cia y la medida escultural. Hay algo de abrupto, de 
desproporcionado, de inarmónico, en la formidable 
clava de ese Hércules debelador de monstruos v tira- 
nos. En Juan Carlos Gómez, el golpe, no menos irre- 
sistible y certero, guarda constantemente el ritmo de 
la elegancia gladiatoria. Así como, ni aun en las ma- 
yores vehemencias de su alma apasionada, pierde el 
sentido de una caballeresca dignidad, así, aun en el 
ímpetu de la contradicción y el encarnizamiento de la 
lucha, mantiene la nota escogida del buen gusto. Y 
cuando exhumamos sus escritos, por entre aquello 
que el tiempo ha inevitablemente marchitado, nos sor- 
prenden á menudo un pensamiento, una imagen, una 
frase, de inolvidable y escultórica belleza, como en las 
despedazadas ruinas atrae tal vez la mirada del via" 
jero una columna trunca ó el torso divino de una es- 
tatua. 

Tal fué el escritor; tal fué el luchador; tal fué el 
apóstol. 

Señores: Alta es la idea de la patria; pero en los 
pueblos de la América latina, en esta viva armonía de 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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naciones vinculadas por todos los lazos de la tradi- 
ción, de la raza, de las instituciones, del idioma, como 
nunca las presentó juntas y abarcando tan vasto espa- 
cio la historia del mundo, bien podemos decir que hay 
algo aún más alto que la idea de la patria, y es la idea 
de la América: la idea de la América, concebida como 
una grande é imperecedera unidad, como una excelsa 
y máxima patria, con sus héroes, sus educadores, sus 
tribunos; desde el golfo de Méjico hasta los hielos sem- 
piternos del Sur. 

Ni Sarmiento, ni Bilbao, ni Martí, ni Bello, ni Mon- 
talvo, son los escritores de una ú otra parte de Amé- 
rica, sino los ciudadanos de la intelectualidad ame- 
ricana. 

Significando, pues, esa íntima solidaridad, por la 
cual lo que enaltece y honra á alguno de nuestros 
pueblos los honra y enaltece á todos; significando 
también el afecto y la gratitud que perpetúan en la 
memoria de Chile los esfuerzos con que el proscripto 
de Montevideo contribuyó, desde su cátedra de El 
Mercurio, á dilucidar los problemas de la organización 
de aquella culta y poderosa República, que hoy se le- 
vanta tan alto en la civilización y la riqueza del Con- 
tinente, yo, honrado con la representación de la pren- 
sa y el Ateneo de Santiago, dejo las flores que me en- 
vían para la tumba de Juan Carlos Gómez, 



RUMBOS NUEVOS 



Con motivo de la publicación de "Idola 
Fori", de Carlos Arturo Torres. 

El fanático y el escéptico, personificaciones de dos 
puntos extremos, entre los que oscila con inseguro 
ritmo la razón humana, son caracteres que presentan 
notas peculiares de superioridad y de desmerecimien- 
to, de alteza y de ruindad. Caben en el fanático el 
prestigio avasallador del entusiasmo, la sublime capa- 
cidad de crear y aniquilar, de idolatrar y maldecir; la 
grandeza de la acción heroica; la suprema abnegación 
del martirio. Tiene, en cambio, la estrechez de juicio y 
sentimiento; la ceguera para cuanta no sea el punto 
único á que, con fatal impulso, gravita; la incompren- 
sión, la inflexibilidad, la brutalidad. Caben en el escép- 
tico superior la amplitud alta y generosa; la benevo- 
lencia fácil; el sentido de lo relativo y transitorio de 
toda fórmula de la verdad; la cultura varia y renova- 
ble; la gracia y movilidad del pensamiento. Deslácen- 
le, como reverso de estos dones, la ineptitud para la 
acción; la fría esterilidad de la duda; la limitación y 
pobreza de lo que exige de la realidad; la influencia 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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enervadora y corrosiva. Entre estos dos tipos opues- 
tos, y en su perfecta realización extraordinarios, halla 
su posición y carácter el espíritu de la mayoría de los 
hombres que, de uno ú otro modo, se interesan por las 
ideas; aproximándose á un extremo ó al otro, pero 
guardando casi siempre la correlación de superiorida- 
des y defectos propios de la naturaleza del tipo á que 
respectivamente se aproximan, y dejando graduar la 
intensidad con que adolecen de los defectos por la 
proporción en que participan de las superioridades. 
Caanta más energía de convicción, menos virtud de 
tolerancia; cuanta mayor disposición de hacer, menor 
profundidad de pensar; cuanta más sutil inteligencia 
crítica, menos dinámico y comunicativo poder de sen- 
timiento. 

¿Es ésta, sin embargo, ley fatal é inflexible? ¿No 
pueden conciliarse, en un plano superior, las excelen- 
cias de ambos caracteres y determinar uno nuevo y 
más alto?... Yo creo que sí. Yo creo que es posible, no 
sólo construir idealmente, sino también, aunque por 
raro caso, señalar en la realidad de la vida una estruc- 
tura de espíritu en que la más eficaz capacidad de en- 
tusiasmo vaya unida al don de una tolerancia genero- 
sa; en que la perseverante consagración á un ideal 
afirmativo y constructivo se abrace con la facultad 
inexhausta de modificarlo por la propia sincera refle - 
xión y por las luces de la enseñanza ajena, y de adap- 
tarlo á nuevos tiempos ó á nuevas circunstancias; en 
que eí enamorado sentimiento del propio ideal y de la 
prop ; a fe no sea obstáculo para que se reconozca con 
írnceridad, y aun con simpatía, la virtualidad de belle- 
za y amor de la fe extraña y los ideales ajenos; en que 
la clara percepción de los límites de la verdad que se 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



confiesa no reste fuerzas para servirla con abnegación 
y con brío, y en que el anhelo ferviente por ver encar- 
nada cierta concepción de la justicia y del derecho 
parta su campo con un seguro y cauteloso sentido de 
las oportunidades y condiciones de la realidad. 

Este es, sin duda, el más alto grado de perfección á 
que pueda llegarse en la obra de formar y emancipar 
la propia personalidad, bajo la doble relación de la in- 
teligencia y del carácter. De más está decir que si el 
fanático y el escéptico puros, en el sentido de la pu 
reza ó simplicidad psicológicas, son tipos de excep - 
ción, aun lo es más este tipo en que se resuelve la 
oposición de aquellos otros, no por neutralizado y vul- 
gar término medio, sino por participación activa y fe- 
cunda de las superioridades y capacidades de entram- 
bos. No sólo es extraordinaria esta superior manera 
de ser, sino que, á diferencia de aquellas de que la des- 
lindamos, escapa casi siempre á la comprensión y 
aplauso de! vulgo. La mayoría del vulgo compónese 
de los semzfanáticos y los serniescépticos, y cada una 
de estas especies desmedradas y borrosas siente la su- 
gestión magnética del tipo que realiza, con plenitud 
eficaz, los caracteres que sólo en parte y sin eficacia 
tiene ella. A ios semifanáticos les subyuga la bárbara 
energía del fanatismo personificado en un carácter uno, 
enterizo y presa de ímpetu ciego; á los escépticos á 
medias les fascina aquel como prestigio diabólico que 
naco, en el pleno escepticismo, de la resistencia inva- 
riable de la duda y del alarde impávido de la ironía. 
No queda séquito, ó queda muy limitado, para el es- 
píritu de libertad y selección, que afirma y niega, obra 
y se abstiene, con racional medida de cada una de sus 
determinaciones. Pero si su acción sobre el mayor nú- 



Kt MIRADOR DE PROSPERO 



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mero no es inmediata ni violenta, ni asume las formas 
triunfales del proselitismo, su influencia en esferas su- 
periores á la vulgaridad es la única de que nace posi- 
tivo progreso en las ideas y la que, en definitiva, fija 
el ritmo que prevalece sobre los desacordes impulsos 
de esas distintas ordenaciones del rebaño humano que 
llamamos escuelas, sectas y partidos. 

Creo que se acertaría con una de las notas funda- 
mentales del libro que me da ocasión para este estu- 
dio, si se dijera que es un poderoso esfuerzo en el sen- 
tido de propagar ese tipo superior de carácter que he 
procurado definir; y lo es porque la personalidad mis- 
ma del autor, tal como se estampa, con enérgico sello 
de verdad, en sus páginas, realiza en sí dicho tipo, por 
natural disposición, y también, sin duda, por perse- 
verante disciplina propia, y es uno de los más perfec- 
tos ejemplares de él que conozco dentro del actual 
pensamiento hispano-americano. 

Quien siga con atención el movimiento de ideas 
que orienta y rige, en el presente, la producción in- 
telectual de la América Española, percibirá, en par- 
te de esa producción por lo menos, ciertos rasgos 
característicos que parecen converger á una obra de 
conciliación, de armonía; de síntesis de enseñanzas 
adquiridas y adelantos realizados, con viejos sen- 
timientos que recobran su imperio é ideas generales 
que reaparecen, con nueva luz, tras prolongado eclip- 
se. Uno de estos sentimientos é ideas es la idea 
y el sentimiento de la raza. Aquel género de amor 
propio colectivo que, como el amor de patria en la 
comunidad de la tierra, toma su fundamento en la 
comunidad del origen, de la casta, del abolengo his- 
tórico, y que, como el mismo amor patrio, es natural 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



instinto y eficaz y noble energía, pasó durante largo 
tiempo, en los pueblos hispano-americanos, por un 
profundo abatimiento. Los agravios de la lucha por 
la emancipación y ei dolorido recuerdo de las limi- 
taciones y ruindades de la educación colonial, movie- 
ron en la conciencia de las primeras generaciones de 
la América independiente un impulso de desvío res- 
pecto de todo sentimiento de tradición y de raza. 
Parecía buscarse una absoluta desvinculación con el 
pasado y pretenderse que, con la independencia, sur- 
giese de improviso una nueva personalidad colectiva, 
sin el lazo de continuidad que mantienen, á través de 
todo proceso de regeneración ó reforma personal, la 
memoria y el fondo del carácter. En su impaciente y 
generoso anhelo por agregar el espíritu de estas so- 
ciedades ai movimiento progresivo del mundo, recu- 
perando el camino que perdieran á la zaga de la re- 
trasada metrópoli, aquellas generaciones creyeron que 
para emanciparse de los vínculos de la naturaleza y 
de la historia que estorbaban á la inmediata ejecución 
de tal anhelo, bastaba con desconocerlos y repudiar- 
los: ilusión comparable á la del que imaginara evitar 
al enemigo volviéndole la espalda para no verle. Este 
fundamental error privó de firmeza á la obra construc- 
tiva de aquellas colectividades de héroes, demasiado 
grandes é inspiradas en la guerra para que sea justo 
hacerles cargo de que no fuesen más sabias y cautas 
en la paz. Convirtieron en escisión violenta, que había 
de parar en forzosa desorientación y zozobra, lo que 
pudo ser tránsito ordenado, tenaz adaptación, enlace 
armonioso. Aun después que los rencores de la guerra 
se disiparon y que el instinto de simpatía por el pro- 
pio linaje y por ios hechos de los mayores recobró en 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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parte sus fueros, esta reconciliación se manifestó mu- 
cho más por protestas elocuentes y jaculatorias líricas 
que como inspiración de una labor encaminada á res- 
tablecer la unidad interna de la historia. Los partidos 
liberales, sucesores directos del espíritu de la Indepen- 
dencia en cuanto obra de fundación social y política, 
persistieron en el yerro original de tomar de afuera 
ideas y modelos sin tener más que olvido ó condena- 
ción para un pasado del que no era posible prescindir, 
porque estaba vivo, con la radical vitalidad de la 
naturaleza heredada y la costumbre. Los partidos 
conservadores se adhirieron á la tradición y á la he- 
rencia española, tomándolas, no como cimiento ni 
punto de partida, sino como fin y morada; con lo que, 
confirmándolas ea su estrechez, las sustrajeron al pro- 
gresivo impulso de la vida y cooperaron á su descré- 
dito. En aquellas partes de Hispano-América donde 
una continua y populosa inmigración, procedente de 
distintos pueblos de Europa, acumuló en poco tiem- 
po, sobre el fondo nativo, elementos extraños bas- 
tantes para sobreponerse á la fuerza asimiladora de 
una personalidad nacional que no se sostuviese con 
gran brío, fué éste un nuevo factor que conspiró á nu- 
blar la conciencia de la raza propia; y ninguna enér- 
gica acción social, ningún plan orgánico de gobierno, 
acudieron á levantar, por cima del aluvión cosmopo- 
lita, el principio de unidad que hubieran dado de sí 
los sentimientos de la tradición y de la raza, celosa • 
mente estimulados con los mil medios de educación y 
propaganda que el Estado es capaz de desenvolver. 

Pero no hubo sólo desviación relativa á las tradi- 
ciones de raza, tomando ésta en su directo y más con- 
creto sentido de la nación colonizadora. Momento He- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



gó en que el desapego tendió á más, si no en la con- 
ciencia del pueblo, en la de las clases directivas y cul- 
tas. Por influjo de corrientes de filosofía histórica que 
tuvieron umversalmente su auge y que convirtieron 
en desalentado pesimismo de raza la impresión de 
decaimientos y derrotas que coincidían con el en- 
cumbramiento intelectual, económico y político de 
pueblos á quienes parecía transmitirse por tal modo la 
hegemonía de la civilización, la desconfianza hacia lo 
castizo y heredado de España se extendió á ¡a grande 
unidad étnica é histórica de los pueblos latinos, cuya 
capacidad se juzgó herida de irremediable decaden- 
cia, y cuyo ejemplo y cuya norma, en todo orden de 
actividad, se tuvo por necesario desechar y sustituir 
para salvar de la fatal condena que virtualmente en- 
trañaban. No creo engañarme si afirmo que éste era, 
aun no hace muchos años, el criterio que prevalecía 
entre los hombres de pensamiento y de gobierno, en 
las naciones de la América latina; el criterio ortodoxo 
en universidades, parlamentos y ateneos; la superiori- 
dad absoluta del modelo anglo-sajón, así en materia 
de enseñanza, como de instituciones, como de aptitud 
para cualquier género de obra provechosa y útil, y la 
necesidad de inspirar la propia vida en la contempla- 
ción de ese arquetipo, á fin de aproximársele, me- 
diante leyes, planes de educación, viajes y lecturas, y 
otros instrumentos de imitación social. Los Estados 
Unidos de Norte-América aparecían como viviente 
encarnación del arquetipo; como la imagen en que to- 
maba forma sensible la idea soberana. Absurdo sería, 
desde luego, negar, ni la grandeza extraordinaria de 
este modelo real, ni las positivas ventajas y excelen- 
cias del modelo ideal: el genio de la raza que en aque 



EL MIRADOR DI PROSPERO 



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pueblo culmina; ni siquiera lo que de practicable y de 
fecundo había en el propósito de aprender las leccio- 
nes de su bien recompensado saber y seguir los ejem- 
plos de su voluntad victoriosa. Pero el radical des- 
acierto consistía, no tanto en la excesiva y candorosa 
idealización, ni en el ciego culto, que se tributaba por 
fe, por rendimiento de hipnotizado, más que por sere- 
no y reflexivo examen y prolija elección, - como en la 
vanidad de pensar que estas imitaciones absolutas, de 
pueblo á pueblo, de raza á raza, son cosa que cabe 
en lo natural y posible; que la estructura de espíritu 
de cada una de esas colectividades humanas no su- 
pone ciertos lincamientos y caracteres esenciales, á 
los que han de ajustarse las formas orgánicas de su 
cultura y de su vida política, de modo que lo que es 
eficaz y oportuno en una parte no lo es acaso en 
otras; que pueden emularse disposiciones heredadas y 
costumbres seculares, con planes y leyes; y finalmente, 
que, aun siendo esto realizable, no habría abdicación 
ilícita, mortal renunciamiento, en desprenderse de la 
personalidad original y autónoma, dueña siempre de 
reformarse, pero no de descaracterizarse* para embe- 
ber y desvanecer el propio espirita en el espíritu 
ajeno. 

Me he detenido, tal vez con demasía, á recordar es- 
tas tendencias divergentes del sentido de la tradición 
y la raza, á fin de que aparezca el carácter de reac- 
ción que tienen sentimientos é ideas dominantes ya, 
y que suben con creciente impulso, en la vida intelec- 
tual de la América Española. Diríase que del miste- 
rioso fondo sin conciencia donde se retraen y aguar- 
dan las cosas adormidas que parecen haber pasado 
para siempre en el alma de los hombres y los pueblos, 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



se levantan, á un conjuro, las voces ancestrales, 
los reclamos de la tradición, los alardes del orgu- 
llo de linaje, y preludian y conciertan un canto de 
alborada. Muchos son los libros hispano-americanos 
de estos últimos tiempos en que podrían señalar- 
se las huellas de ese despertar de la conciencia de la 
raza, no vinculada ya á una escuela de estrecha 
conservación en lo político y de pensar cautivo y re- 
celoso, sino abierta á todos los anhelos de libertad y á 
todas las capacidades de adelanto; henchida de espí- 
ritu moderno, de amplitud humana, de simpatía uni- 
versal, como gallarda manifestación característica de 
pueblos que aspiran á estampar su personalidad, dife- 
renciada y constante, en la extensión continental, cuya 
mitad ocupan, y en el inmenso porvenir donde halla- 
rán la plenitud de sus destinos, y que buscan para 
ello sentar el pie en el pasado histórico, donde están 
las raíces de su ser y los blasones de su civilización he- 
redada. Ni es sólo en una vaga idealidad como da 
muestra de sí este sentimiento. Cuestiones sociales y 
políticas se consideran por su incentivo y á su luz; y 
así, en reciente y notable libro, La Restauración na- 
cionalista, Ricardo Rojas, argentino, refiere el proble- 
ma de la educación á la necesidad de mantener los 
vínculos tradicionales, y lo estudia en la particularidad 
de la enseñanza de la historia, medio eficacísimo de 
simpatía y comunión en el culto de la patria. 

Pues bien: Mola Fori se relaciona, en mi sentir, por 
su más íntima tendencia, con ese movimiento de res- 
tauración, si usamos la palabra del autor argentino, y 
es como la expresión generosa del sentido político 
que debe adquirir tal movimiento, manifestándose en 
el espíritu y la obra de los partidos liberales, Porque 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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el mensaje que sus páginas llevan es mensaje de con- 
ciliación, de armonía, de evolución racional y orgáni- 
ca, tan ajena de yertas inmoviüdades como de vanos 
desasosiegos; de serenidad encumbrada sobre «los fa- 
natismos de la tradición y los fanatismos de la revolu- 
ción»; y quien quisiera reducir estas fórmulas á una la 
hallaría en el mandamiento de enlazar los impulsos de 
reforma, que modelan lo porvenir, con el respeto del 
pasado, en su persistente unidad característica. Conju- 
raremos los ídolos del Foro; lograremos, según las pa • 
labras de Torres, «el equilibrio hermoso y estable que 
resulta de las mutuas concesiones de los asociados», 
si cuidamos de adecuar las cosas nuevas que propo- 
nemos y adquirimos á la realidad de nuestra vida 
y nuestra historia, edificando sobre el propio solar 
y sembrando en el propio terrón. Y asi lo entiende y 
declara, en no pocos pasajes de su libro, el escritor 
colombiano. Contra el vulgar sentir de que la relación 
de lo pasado á lo presente es, por esencia, oposición 
y discordia, levanta, con Kidd, el principio de su soli- 
daridad y continuidad indestructibles; y contra el 
concepto biológico que sólo ve en la evolución las 
desviaciones del tipo originario, reivindica, con Qain- 
tón, la ley de fijeza, constancia y unidad «que rige la 
intimidad del fenómeno vital, inmutable en su esencia, 
mudable en su estructura». Realza la sagrada eterni- 
dad de la idea de la patria, como «vinculación ideal de 
tradición, sentimientos y aspiraciones»; y en él sintéti- 
co y hermoso capítulo final, Hacia el futuro, encarece 
el valor del tesoro que aportan al presente: «con sus 
acopios fisiológicos, la herencia; con sus acopios mo- 
rales, la tradición», representando la armonía perenne 
que integran las generaciones humanas por las tres 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



mujeres que, en el bajorrelieve de Frémieux, tripulan- 
tes de la misma barca, mira la una, con aire melancó- 
lico, á la playa que dejaron; sondea la otra, con impa- 
ciente anhelo, la opuesta lejanía, y rige la tercera, en 
medio de las dos, con firme y sereno pulso, los remos 
que las llevan adelante. 

Otro de los rasgos fisonómicos del pensamiento 
hispano-americano, en el momento presente, es la vi- 
gorosa manifestación del sentido idealista de la vida; 
la frecuente presencia, en lo que se piensa y escribe, 
de fines espirituales; el interés consagrado á la faz no 
material ni utilitaria de la civilización. Corresponde 
esta nota de nuestra vida mental al fondo común de 
sentimientos é ideas por que nuestro tiempo se carac- 
teriza en el mundo. No cabe dudar de que las más in- 
teresantes, enérgicas y originales direcciones del espí- 
ritu contemporáneo, en su labor de verdad y de be- 
lleza, convergen dentro de un carácter de idealismo, 
que progresivamente se define y propaga. Así lo re- 
conoce, en más de una ocasión, el escritor colombia- 
no; ya refiriéndose, al empezar, á la «sutil esencia de 
idealismo > que se evapora del conjunto dé la actividad 
filosófica y científica de nuestra época, ya finalizando 
con la afirmación de la existencia de un «renacimiento 
idealista» que aspira á producir una «superior con- 
ciencia de la humanidad», como resultado de una 
múltiple corriente de revaíuación de valores intelec- 
tuales y morales. 

Si retrocedemos á señalar el punto de donde esta 
universal revolución del pensamiento toma su impulso, 
en parte como reacción, en parte como ampliación, lo 
hallaremos en las postreras manifestaciones de la ten- 
fc/dencia netamente positivista que ejerció el imperio 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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de las ideas, desde que comenzaba hasta que se acer- 
caba á su término la segunda mitad del pasado siglo. 
Expone Taine que cuando, en determinado momento 
de la historia, surge una «forma de espíritu original >, 
esta forma produce, encadenadamente y por su radical 
virtud, «una filosofía, una literatura, un arte, una cien- 
cia», y agreguemos nosotros, una concepción de la 
vida práctica, una moral de hecho, una educación, una 
política. El positivismo del siglo xix tuvo esa multifor- 
me y sistemática reencarnación; y así como en el or- 
den de la ciencia condujo á corroborar y extender el 
método experimental, y en literatura y arte llevó al 
realismo naturalista, así, en lo que respecta á la reali- 
dad política y social, tendió á entronizar el criterio 
utilitario, la subordinación de todo propósito y activi- 
dad al único ó supremo objetivo del interés común. 
La oportunidad histórica con que tal «forma original 
de espíritu» se manifestaba, es evidente; ya en el te- 
rreno de la pura filosofía, donde vino á abatir idea- 
lismos agotados y estériles; ya en el de la imaginación 
artística, á la cual libertó, después de la orgía de los 
románticos, de fantasmas y quimeras; ya, finalmente, 
en el de la práctica y la acción, á las que trajo un con- 
tacto más íntimo con la realidad, contribuyendo, por 
ejemplo, á vencer el espacio que en Francia separa la 
vana agitación de la segunda República, de la sabia 
firmeza del oportunismo republicano que llegaba al 
poder confesándose, por labios de Gambetta, «libre y 
desinteresado servidor del positivismo». 
, Es indudable, además, que si el espíritu positi- 
vista se saborea en las fuentes, en las cumbres, un 
Comte ó un Spencer, un Taine ó un Renán, la sobe- 
rana calidad del pensamiento y la alteza constante 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



del punto de mira infunden un sentimiento de estoi- 
ca idealidad, exaltador, y en ningún caso depresivo, 
de las más nobles facultades y las más altas aspira- 
ciones. Pero sin detenernos á considerar de qué ma- 
nera y en qué grado pudo el positivismo degenerar 
ó estrecharse en la conciencia europea, como teoría 
y como aplicación, y volviendo la mirada á nuestros 
pueblos, necesario es reconocer que aquella revolu- 
ción de las ideas fué, por lo general, entre nosotros, 
tan pobremente interpretada en la doctrina como 
bastardeada en la práctica. El sentido idealista y ge- 
neroso que comtianos como Lagarrigue infundieron 
en su predicación, más noblemente inspirada que bien 
comprendida y eficaz, no caracteriza la índole del 
positivismo que llegó á propagarse, y aun á divulgar- 
se, en nuestra América. Fué éste un empirismo utilita- 
rista de muy bajo vuelo y de muy mezquina capaci • 
dad, como hecho de molde para halagar, con su apa- 
rente claridad de ideas y con la limitación de sus 
alcances morales y sociales, las más estrechas propen- 
siones del sentido común. Por lo que se refiere al co- 
nocimiento, se cifraba en una concepción supersticio- 
sa de la ciencia empírica, como potestad infalible é 
inmutable, dominadora del misterio del mundo y de la 
esfinge de la conciencia, y con virtud para lograr todo 
bien y dicha á los hombres. En lo tocante á la acción 
y al gobierno de la vida, llevaba á una exclusiva con- 
sideración de los intereses materiales; á un concepto 
rebajado y mísero del destino humano; al menospre- 
cio, ó la falsa comprensión, de toda actividad desinte- 
resada y libre; á la indiferencia por todo cuanto ul- 
trapasara los límites de la finalidad inmediata que se 
resume en los términos de lo práctico y lo útil. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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Estas dos nociones, tan interesantes y necesarias 
dentro del orden y trabazón de ideas en que se en- 
cuadra una voluntad bien regida, son ídolos groseros 
si se las observa campear, sueltas y emancipadas de 
todo principio superior, en la conciencia del vulgo. 
En general, nada debe temerse más que los efectos de 
la deformación de ciertas ideas arriesgadas y confun- 
dibles, ó ya originariamente viciosas, cuando se apo- 
deran de ellas la mediocridad de espíritu y la medio- 
cridad de corazón, para disfrazar de conceptos capa- 
ces de sostenerse y propagarse á plena luz las condi- 
ciones de su personal inferioridad. Esto, de que puede 
señalarse actualmente un ejemplo en ia deplorable 
boga del egoísmo aristocrático de Nietzscíie, converti- 
do en patente de corso para la franca expansión de la 
desatinada soberbia de los necios y de la miseria de 
alma de los viles, pasó también con la difusión entu- 
siástica de la idea de utilidad. Las medianías ineptas, 
por su pobreza de vida espiritual, para comprender 
aspiración más alta que las que circunscribe el interés 
positivo, acogieron con júbilo un criterio que interpre- 
taban como la confirmación de que, allí donde nada 
veían ellas, nada existía sino vanidad; y creyendo pre- 
dicar la filosofía que habían aprendido, predicaban la 
imitación de su propia naturaleza. Imaginaron que des- 
cubrían un mundo, y que este mundo era la tierra 
misma: el suelo firme y seguro de la realidad, de don- 
de las generaciones anteriores habían vivido ausentes, 
y que era menester rehabilitar como habitación de los 
hombres. La energía interior, la facultad dominante, 
que para ello preconizaban, era un sentido práctico 
abstraído de toda noción ideal que lo refiriese, como 
instrumento ó medio de hacer, á algún supremo tér- 

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JOSÉ ENRIQUE RODO 



mino de desinterés, de justicia ó de belleza; sentido 
práctico que orientándose, como el buen sentido de 
Sancho, en exclusiva persecución de lo útil, si alguna 
vez padecía quiebras y eclipses había de ser, como en 
el inmortal escudero, para desviarse en dirección de 
esos quijotismos de la utilidad que fingen ínsulas y te- 
soros donde el quijotismo de lo ideal finge Dulcineas, 
castillos y gigantes. 

Relativamente á la peculiar situación de nuestros 
pueblos, estas tendencias encerraban peligros que no 
era bastante á compensar el efecto de saludable eli- 
minación que, por otra parte, producirían (ya que no 
falta nunca alguna relación benéfica en lo fundamen- 
talmente pernicioso), sobre idealismos quiméricos y 
sueños impotentes y vagos. Desde luego, toda obse- 
sión utilitarista, todo desfallecimiento de las energías 
que mantienen el timón de la nave social en derechura 
á un objeto superior al interés del día que pasa, habían 
de ejercer tanto más fácil y avasallador influjo en el 
espíritu de democracias nuevas, donde la marea utili- 
taria no encontraría la resistencia de esas poderosas 
fuerzas de idealidad inmanente que tienen fijas, en los 
pueblos de civilización secular, la alta cultura científi- 
ca y artística, la selección de clases dirigentes y la 
nobleza con que obliga la tradición. A esto hay que 
agregar, todavía, circunstancias de época. Comenzaba 
en estas sociedades el impulso de engrandecimiento 
material y económico, y como sugestión de él, la pa- 
sión de bienestar y riqueza, con su cortejo de frivoli- 
dad sensual y de cinismo epicúreo; la avidez de oro, 
que, llevando primero á la forzada aceleración del 
ritmo del trabajo, concluía en el disgusto del trabajo, 
como harto lento prometedor, y lo sustituía por la 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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audacia de la especulación aventurera. Eran los años 
en que las líneas enérgicas y airosas de la tradicional 
personalidad colectiva empezaban á esfumarse, vela- 
das por un cosmopolitismo incoloro, y en que, en 
medio de la confusión de todo orden de prestigios y 
valores sociales, se apresuraba la formación de una 
burguesía adinerada y colecticia, sin sentimiento pa- 
trio, ni delicadeza moral, ni altivez, ni gusto. El gran 
Sarmiento, que alcanzó en su titánica vejez el des- 
puntar de esos tiempos, los llamó la época cartagine- 
sa. En semejante disposición de las conciencias y las 
cosas, una corriente de ideas que ya llevaba en sí 
misma cierta penuria de energías enaltecedoras, no 
podía menos de empobrecerse y de extremarse en sen- 
tido utilitario y terre á terre; y no fué otro, en efecto, 
el carácter de nuestro positivismo. 

Entretanto, generaciones nuevas llegaban. Educadas 
bajo el dominio de tales direcciones, se asomaban á 
avizorar fuera de ellas, con ese instinto que mueve á 
cada generación humana á separar de lo anterior y 
aceptado alguna parte de sus ideas. Ponían el oído á 
las primeras vagas manifestaciones de una transforma- 
ción del pensamiento en los pueblos maestros de la 
civilización; leían nuevos libros, y releían aquellos que 
habían dado fundamento á su criterio, para interpre- 
tarlos mejor y ver de ampliar su sentido y alcance. 
Hay en Idola Fori un capítulo donde se indican algu- 
nas de las fuentes de la transición que siguió á esto, 
comentándose el estudio que de la evolución de las 
ideas en la América Española hizo, no ha mucho, 
Francisco García Calderón, en trabajo digno de su 
firme y cultivado talento. La lontananza idealista y re- 
ligiosa del positivismo de Renán; la sugestión inefable, 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



de desinterés y simpatía, de la palabra de Guyau; el 
sentimiento heroico de Carlyle; el poderoso aliento de 
reconstrucción metafísica de Renouvier, Bergsón y 
Boutroux; los gérmenes flotantes en las opuestas rá- 
fagas de Tolstoy y de Nietzsche; y como superior com- 
plemento de estas influencias, y por acicate de ellas 
mismas, el renovado contacto con las viejas é inexhaus- 
tas fuentes de idealidad de la cultura clásica y cristia- 
na, fueron estímulo para que convergiéramos á la 
orientación que hoy prevalece en el mundo. El posi- 
tivismo, que es la piedra angular de nuestra forma- 
ción intelectual, no es ya la cúpula que la remata y 
corona; y así como, en la esfera de la especulación, 
reivindicamos, contra los muros insalvables de la in- 
dagación positivista, la permanencia indómita, la su- 
blime terquedad del anhelo que excita á la criatura 
humana á encararse con lo fundamental del misterio 
que la envuelve, así, en la esfera de la vida y en el 
criterio de sus actividades, tendemos á restituir á las 
ideas, como norma y objeto de los humanos propósi- 
tos, muchos de los fueros de la soberanía que les arre- 
batara el desbordado empuje de la utilidad. Sólo que 
nuestro idealismo no se parece al idealismo de nues- 
tros abuelos, los espiritualistas y románticos de 1830, 
los revolucionarios y utopistas de 1848. Se interpone, 
entre ambos caracteres de idealidad, el positivismo de 
nuestros padres. Ninguna enérgica dirección del pen- 
samiento pasa sin dilatarse de algún modo dentro de 
aquella que la sustituye. La iniciación positivista dejó 
en nosotros, para lo especulativo como para lo de la 
práctica y la acción, su potente sentido de relatividad; 
la justa consideración de las realidades terrenas; la 
vigilancia é insistencia del espíritu crítico; la descon- 



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fianza para las afirmaciones absolutas; el respeto de 
las condiciones de tiempo y de lugar; la cuidadosa 
adaptación de los medios á los fines; el reconoci- 
miento del valor del hecho mínimo y del esfuerzo len- 
to y paciente en cualquier género de obra; el desdén 
de la intención ilusa, del arrebato estéril, de la vana 
anticipación. Somos los neo Idealistas, ó procuramos 
ser, como el nauta, que yendo desplegadas las velas, 
mar adentro, tiene confiado el timón á brazos firmes, 
y muy á mano la carta de marear, y á su gente muy 
disciplinada y sobre aviso contra los engaños de 
la onda. 

También por esa parte se enlaza el libro que me da 
pie para estas observaciones con la fisonomía gene- 
ral que la literatura de su índole presenta en la actua- 
lidad americana. Es el libro de un idealista, y es el 
libro de un hombre que sabe de la realidad por la 
cultura y por la acción. El consorcio fecundo del sen- 
tido de lo ideal y el de lo real luce en la armonía y 
madurez de esta obra y es de las excelencias de espí- 
ritu de su autor. No le abandonan un punto ni la ins- 
piración de altas ideas ni el cuidado del modo como 
cabe arraigarlas en el polvo del mundo. Y asistido 
de ambas facultades, penetra á señalar en el carácter 
de la actividad política, principalmente tal como ella 
suele ser en nuestros pueblos, los ídolos del Foro, las 
supersticiones que persisten contra la sentencia de la 
razón ó que se adelantan á su examen sereno. 

¿Quién que alguna vez haya participado de esa 
actividad, en su habitual manifestación de los parti- 
dos políticos, no recuerda, si tiene alma un tanto 
levantada sobre el vulgo, las torturas de la adapta- 
ción; la resistencia de su personalidad á las unifor- 



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midades de la disciplina; aquella angustia intelectual 
que produce la imposibilidad de graduar y depurar 
las ideas en la expresión grosera de las fórmulas in- 
teligibles para los más; las repugnancias del contac- 
to forzoso con lo bajo, con lo torpe, con lo servil; la 
sensación vivísima de las profundas diferencias de 
sentir y pensar que cautelaba la unidad falaz de un 
programa y un nombre?... Y, sin embargo, esas or- 
ganizaciones colectivas, á las que no en vano se 
tiene por nervio de las democracias, son fatales ne- 
cesidades de la acción. No pudiendo pensar en supri- 
mirlas, aspiremos, en lo posible, á educarlas. 

Denuncia Torres la sinrazón de los impulsos fanáti- 
cos y la vanidad de las convicciones absolutas; enseña 
cómo la constancia y unidad de una vida enderezada 
á un fin ideal puede avenirse con las racionales modi- 
ficaciones de la inteligencia, y cómo los partidos, con- 
formándose con esta misma ley de variedad, se re- 
adaptan y transforman, á menos de disolverse ó des- 
virtuarse; protesta contra repulsivas glorificaciones del 
egoísmo y de la fuerza; discierne el genuino concepto 
de la democracia de los sofismas de la falsa igualdad; 
flagela la ilusión aciaga de la guerra civil corno medio 
de arribar á algún orden; y con franco optimismo y 
fundada altivez, que yo aplaudo y comparto, sostiene 
que, fuera de las superioridades individuales de excep- 
ción, «el nivel medio intelectual y moral de la humani- 
dad civilizada en nuestros jóvenes Estados no es, ni 
con mucho, inferior al de las viejas sociedades euro- 
peas >. En todo esto muestra el autor de Idola Fori ad- 
mirable acierto, penetración y equilibrio. Sólo me pa- 
rece á mí que, al impugnar la superstición aristocráti- 
ca, no reconoce todo su valor de oportunidad á la 



EL MIRADOR DE PROSPERO 55 

obra de instituir, en el alma de estos pueblos, el senti- 
miento de la autoridad vinculada á las legítimas aris- 
tocracias del espíritu, para la orientación y el gobierno 
de la conciencia colectiva. Yo entiendo que ésta no es 
tarea de mañana, sino de hoy; porque si en unas par- 
tes de América el desenvolvimiento material, que es el 
carácter del presente y del inmediato porvenir, trae 
en sí los declives de una igualdad utilitaria contra la 
que urge reaccionar, en otras partes, y en las mismas 
quizá, urge desarraigar y sustituir tanto prestigio men- 
guado y tanta vergonzosa autoridad como han recogi- 
do de botín, en los saqueos del desorden, la energía 
brutal, la medianía insolente ó la caprichosa fortuna. 

Atinadísima observación apunta el escritor colom- 
biano en el capítulo Corrientes políticas de la América 
Española, cuando, al hablar de pasiones que subsisten 
sólo por el poder de la costumbre, encarece la necesi- 
dad de que fijemos el centro de las fuerzas políticas 
en el terreno de «los nuevos problemas que surgen, de 
las nuevas necesidades que apremian, de los nuevos 
peligros que amenazan», es decir: de aquellos motivos 
de atención que, en nuestras tierras y en nuestro tiem- 
po, guardan correspondencia con la realidad. Los 
más funestos ídolos del Foro (si bajo este nombre 
comprendemos toda superstición política) no son los 
ídolos cuya falsedad es más patente porque consiste 
en grosera ilusión ó bastardo interés, sino aquellos 
otros que se refieren á ideas y objetivos que alguna 
vez tuvieron real fundamento y oportunidad imperio- 
sa, y que los conservan hoy mismo en ciertas partes, 
pero que en otras, donde se les mantiene, han perdi- 
do, por ya resueltos y logrados ó por desviados del 
sentido que lleva el desenvolvimiento de la vida, toda 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



razón de ser, lo que no es obstáculo para que una 
maquinal inercia ó una galvanización artificiosa los 
represente con el carácter de lo actual, y motiven pro- 
selitismos, y susciten pasiones, y defrauden de esta 
manera energías que se sustraen á la aplicación eficien- 
te y fecunda de los problemas de la realidad. Muchos 
podrían ser ejemplos; yo no citaré sino uno. 

En algún pueblo hispano-americano, la libertad y 
la tolerancia religiosas han culminado hasta un pun- 
to que, seguramente, ningún otro pueblo supera, den- 
tro de la civilización contemporánea; no sólo porque, 
en el terreno de la ley, ha tiempo que se han reivindi- 
cado ampliamente, y con arraigo inconmovible, todas 
las libertades de ese orden que pueden ser objeto de 
limitación por la intolerancia ó la parcialidad del 
Estado, sino porque en la sociedad, en las costumbres, 
en la vida doméstica, el sentimiento religioso no incide 
sino por raro caso en pasión perturbadora y fanática, 
y tiende á contenerse en su inviolable santuario de la 
conciencia individual. A pesar de ello, la sugestión de 
campañas anticlericales, que, en los pueblos de Europa 
de donde se las reflejaba, tenían acaso natural impulso 
en las peculiares condiciones de la realidad, fué bas- 
tante (y no escribo historia antigua) para traer al pri- 
mer plano de la atención y el apasionamiento político 
un género de propaganda que estaba lejos de ocupar 
el mismo rango en el orden real de las necesidades 
sociales; retrocediéndose, sin ventaja visible, á la con- 
mixtión abominable y anacrónica de las más delicadas 
cuestiones de conciencia con las pasiones violentas de 
los bandos. Y apenas me parece necesario advertir 
que si abomino de esa conmixtión, allí no la haga for- 
zosa el desequilibrio de un régimen de intolerancia, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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sólo quiero negar la oportunidad del debate religioso 
en los estrechos límites de la vida política, en las dispu- 
tas de la plaza pública; de ningún modo en el inter- 
cambio espiritual, en la verdadera comunicación del 
pensamiento, donde la controversia de esa índole 
responde á un perdurable interés humano y donde 
siempre será oportuno y siempre será noble propen- 
der, por los medios de la razón y de la simpatía, á 
emancipar las conciencias capaces de libertad del 
yugo de los dogmas que tenemos por falsos y tirá- 
nicos. 

Pero sería tarea interminable la de indicar todas las 
particularidades y todos los problemas de la vida ac- 
tual de nuestros pueblos á que puede tener aplicación 
el profundo sentido de esta obra, destinada, sin duda, 
á realzar la ya justa fama de su autor. 

Por la índole de sus facultades y la orientación de 
sus tendencias, Carlos Arturo Torres es de los escri- 
tores hispano-americanos que mejor responden á las 
necesidades actuales de nuestra sociedad y de nuestra 
cultura, en lo intelectual como en lo moral; de los que 
están en condiciones de hacer mayor bien con la plu" 
ma; de los que en más alto grado merecen ejercer 
cura de almas. Es, además, de los que, por sus cuali- 
dades de forma y de gusto, y por la variedad y elec- 
ción de sus lecturas, manifiestan una personalidad 
literaria más emancipada de las sugestiones capricho- 
sas de la novedad. El equilibrio superior, la amplitud 
simpática y benévola, la alta y noble equidad de su 
pensamiento, encuentran adecuado medio de expre- 
sión en la severa elegancia de un estilo inmune de 
toda vana retórica. Como escritor y como pensador 
tiene por carácter la selección desdeñosa del vulgar 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



efecto; la elevada sinceridad, que, en el pensar, es 
justicia fundada sobre propia y personal reflexión, y 
en el escribir, es sencillez escogida. Y este espíritu tan 
encumbrado sobre la vulgaridad no participa de las 
limitaciones de caridad ideal que suelen venir juntas 
con las excelencias y ventajas de los espíritus de se- 
lección: el desprecio por la muchedumbre, la soberbia 
egoística, la tendencia al atesoramiento de la verdad 
como patrimonio de pocos. Siente la mayor obligación 
de amor humano que toda superioridad espiritual 
determina, y aspira á que la parte de verdad que no 
alcance á ser comprendida por los más, sirva, á lo me- 
nos, para aplicarse al bien de todos. 

Hay libros de bien como hay hombres de bien. El 
libro de que hablo es uno de aquéllos. Y cuando á la 
viva voluntad del bien se une, en el hombre ó en el 
libro, el sentimiento delicado y el superior discernimien- 
to de él y la facultad de expresarle con las palabras de 
belleza y simpatía que le abren fácil paso en el cora- 
zón de los otros, entonces la superioridad moral ad- 
quiere sus más nobles complementos. Hola Fori ofre- 
ce ejemplo de esa cumplida superioridad. ¿De cuántos 
libros hispano-americanos podrá decirse otro tanto?... 



LA GESTA DE LA FORMA 



¡Qué prodigiosa transformación la de las palabras, 
mansas, inertes, en el rebaño del estilo vulgar, cuando 
las convoca y las manda el genio del artista!... Desde 
el momento en que queréis hacer un arte, un arte plás- 
tico y musical, de la expresión, hundís en ella un aci- 
cate que subleva todos sus ímpetus rebeldes. La pala- 
bra, ser vivo y voluntarioso, os mira entonces desde 
los puntos de la pluma, que la muerde para sujetarla; 
disputa con vosotros, os obliga á que ia afrontéis; tie- 
ne un alma y una fisonomía. Descubriéndoos en su re- 
belión todo su contenido íntimo, os impone á menudo 
que le devolváis la libertad que habéis querido arreba- 
tarla, para que convoquéis á otra, que llega, huraña y 
esquiva, al yugo de acero. Y hay veces en que la pe- 
lea con esos monstruos minúsculos os exalta y fatiga 
como una desesperada contienda por la fortuna y el 
honor. Todas las voluptuosidades heroicas caben en 
esa lucha ignorada. Sentís alternativamente la embria- 
guez del vencedor, las ansias del medroso, la exalta- 
ción iracunda del herido. Comprendéis, ante la docili- 
dad de una fras~ que cae subyugada á vuestros pies, 
el clamoreo salvaje del triunfo. Sabéis, cuando la for- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ma apenas asida se os escapa, cómo es que la angus- 
tia del desfallecimiento invade el corazón. Vibra todo 
vuestro organismo, como la tierra estremecida por la 
fragorosa palpitación de la batalla. Como en el campo 
donde la lucha fué, quedan después las señales del fue- 
go que ha pasado, en vuestra imaginación y en vues- 
tros nervios. Dejáis en las ennegrecidas páginas algo 
de vuestras entrañas y de vuestra vida. —¿Qué vale, al 
lado de esto, la contentadiza espontaneidad del que 
no opone á la afluencia de la frase incolora, inexpresi- 
va, ninguna resistencia propia, ninguna altiva terque- 
dad á la rebelión de la palabra que se niega á dar de 
sí el alma y el color?... Porque la lucha del estilo no 
ha de confundirse con la pertinacia fría del retórico , 
que ajusta penosamente, en el mosaico de su correc- 
ción convencional, palabras que no ha humedecido el 
tibio aliento del alma. Eso sería comparar una partida 
de ajedrez con un combate en que corre la sangre y se 
disputa un imperio. La lucha del estilo es una epope- 
ya que tiene por campo de acción nuestra naturaleza 
íntima, las más hondas profundidades de nuestro ser. 
Los poemas de la guerra no os hablan de más sober- 
bias energías, ni de más crueles encarnizamientos, ni, 
en la victoria, de más altos y divinos júbilos... ¡Oh Ufa- 
da formidable y hermosa; Iiíada del corazón de los ar- 
tistas, de cuyos ignorados combates nacen al mundo 
la alegría, el entusiasmo y la luz, como del heroísmo y 
la sangre de las epopeyas verdaderas! Alguna vez has 
debido ser escrita, para que, narrada por uno de los 
que te llevaron en sí mismos, durara en ti el testimo- 
nio de alguna de las más conmovedoras emociones 
humanas. Y tu Homero pudo ser Gustavo Flaubert. 



EL RAT-PICK 



Una vez, en tiempo que, como todos los pasados, 
«fué mejor»; cuando estrenaba mis armas literarias, se 
requirió mi parecer en nna encuesta relativa á si debía 
ó no levantarse la prohibición de las corridas de toros. 
Pasaba yo entonces por esa crisis de dilettantismo, 
desdeñoso de la acción y de las ideas, ebrio del arte 
puro, que suele ser como el prurito de la dentición en 
los espíritus de naturaleza literaria (aunque en mí 
nunca caló muy hondo). Por aquel tiempo había des- 
cubierto á Gautier, y este sol me tenía deslumhrado. 
Con tales antecedentes, no será difícil comprender 
que hiciese, hasta cierto punto, la defensa de la pinto- 
resca barbaridad, en nombre de la belleza, del color y 
de la originalidad característica de tradiciones y cos- 
tumbres. No necesito decir que hoy mi respuesta sería 
otra. 

Recordaba esto, ha pocos días, volviendo de satis- 
facer mi curiosidad en cuanto al espectáculo que, con 
el nombre de rat-pick, anuncian los carteles y que ya 
goza de cierta popularidad. ¿En qué consiste el rat- 
pick? 

El rat-pick no es sino la caza de la rata por los gri- 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



fos rateros que llaman fox-terriers. Esta caza da pre- 
texto á un juego de sport. Frente á las gradas de los 
espectadores, un recuadro, cercado de madera, sirve 
de palenque. Tres fox-terriers aguardan encerrados en 
otras tantas casillas, cuyos colores distintivos corres- 
ponden á los de las boletas del juego. Ábrense las 
casillas, simultáneamente con la trampa en que traen 
á la rata, la cual, despavorida, busca huir, mientras 
los perros se lanzan en competencia sobre ella; el que 
primero la atrapa es el ganador. Veces hay en que la 
rata se resiste y muerde; pero claro está que no llega 
el caso de que escape á las mandíbulas de sus perse- 
guidores. Pronto los canes, disputándosela, arrancán- 
dosela uno á otro, la truecan en piltrafas sangrientas; 
dase, con esto, por terminada una tanda, y á los bre- 
ves minutos se entra á otra. 

El rat-pick t como casi todo espectáculo de sport, es 
invención de ingleses y ocasión frecuentemente ele- 
gida entre ellos para despuntar el vicio de la apuesta, 
por la gente del vulgo y también por la ociosa juven- 
tud aristocrática. Excluiré desde luego de mi comen- 
tario lo que se refiere á esta intervención del juego 
de azar; no sólo porque nos llevaría á moralidades 
muy triviales, sino porque confieso que no es la nota 
reprobable que más subleva mi espíritu en esta baja 
diversión. Mis soliloquios de espectador repugnado 
fueron de distinto género, y voy á ponerlos ahora por 
escrito. Razonemos acerca de las cosas pequeñas, 
puesto que no nos favorecen con su presencia las 
grandes. 

Inútil me parece advertir que si ya va tiempo que 
me despedí del dilettantismo indiferente, dispuesto á 
perdonar y consagrar de lícita toda apariencia ama- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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ble, no he renegado de la religión de la belleza, ni he 
dejado de comprender las inmunidades y exenciones 
que ésta regiamente instituye para los seres y las co- 
sas que señala con su favor. Y en su relación con la 
moral, no sólo en los dominios del arte propendo á 
conceder á cuanto es bello una irresponsabilidad 
olímpica, sino que, dentro de la misma realidad y de 
la misma acción, concedo que allí donde lo bello es el 
fin ó la forma de lo malo, lo malo no se cohonesta, 
pero sí se atenúa. Si esto es resabio de dilettantismo, 
yo me declaro impenitente. El sentimiento que nos 
dominaría ante la Bacante en furor, inspirada y bella, 
que desgarraba entre sus manos convulsas las entra- 
ñas crudas de las víctimas, no se confundirá jamás 
con el que experimentaríamos en presencia de un acto 
semejante realizado sin el encrespamiento orgiástico 
y de modo vulgar. La apariencia bella es hechizo que, 
aun en la contemplación de la maldad y del odio, 
brinda gratas mieles; como, en las representaciones 
plásticas ó poéticas de la sensualidad, la belleza es la 
sal que evita la maloliente podredumbre y separa una 
página de Lucio ó de Petronio del fangal de las vul- 
garidades obscenas. La perversidad pagana, que ima- 
ginó las crueldades del Coliseo, nunca olvidó reves- 
tirlas de belleza; y esta preocupación no falta, aun- 
que depravada y retorcida, ni aun en las más atroces 
demencias de Nerón. Una pasión de lo bello, de lo 
magnífico y lo raro, que, como la que concurrió á ins- 
pirar las invenciones satánicas del circo, pasa por en- 
cima de toda valla de moral y de todo instinto de hu- 
manidad y simpatía para realizar su inaudito sueño de 
arte, es cosa que impone un asombro rayano de la ad- 
miración, y aun cierto sentimiento de respeto, como 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



toda energía avasalladora y soberbia que corre arre- 
batada en dirección á un fin único. Las escenas que 
el velárium de púrpura cobijó en la pista enorme, en- 
rojecida por oleadas de sangre; las hecatombes, los 
suplicios, las cacerías monstruosas, los encuentros de 
gladiadores, constituían un espectáculo perverso, pero 
no mezquino. Y cuando los seiscientos leones quePom- 
peyo echó una vez á la arena hacían temblar, de un 
trueno espantable, los cimientos del circo, se com- 
prende que este trueno tuviese fuerza para ensordecer 
la protesta del sentido moral. 

Algo semejante cabe decir, guardando distancias, 
de algunos de los espectáculos de crueldad que toda- 
vía duran. Las corridas de toros son fiestas de brutal 
barbarie; pero el sentimiento artístico encuentra en 
ellas dónde detenerse. Prescindo de que exista un arte 
de torear, que tiene su técnica y sus entendidos. Quie- 
ro sólo ver en la lidia de toros la fiesta circense, el 
espectáculo de decoración grandiosa y ruda, pintores- 
ca epifanía de un ambiente y de una imaginación y 
una sensibilidad colectivas; el espectáculo en que natu- 
raleza y público entran por tanta parte como lo que 
ocurre en la arena; en que el prestigio fluye, en suma 
sinfónica, del sol y el cielo abierto; de los colores y 
marchas de la cuadrilla; de la alegre música y el cla- 
mor popular; del valor temerario, la agilidad y la des- 
treza; de los ojos negros, las mantillas y las rosas; y 
acaso también de la relación dionisiaca, si recordamos 
á Nietzsche, entre el desborde de tanta sensualidad y 
tanta vida y el vaho embriagador de la sangre. Y digo 
que, para quien no tenga alma de cuákero ó anabap- 
tista, esto encierra un interés estético, y que no hay 
que extrañar que, vencidas las primeras repugnancias, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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la sugestión del espectáculo llegue, si no á sobrepo- 
nerse absolutamente al recto juicio, sí á producir una 
escisión de la personalidad, en que la conciencia mo- 
ral, que reprueba, quede de una parte, y de la otra la 
imaginación fascinada se incorpore al himno triunfal, 
al coro estrepitoso y ardiente, qne estalla, en música 
de Bizet, como la sangre que salta de la arteria rota: 
«La voici, la voici la cuadrille!» 

En las riñas de gallos no falta su migaja de estética, 
y ello se concibe con sólo recordar a! gallardísimo 
animal, como modelado plásticamente para el alarde 
y el combate. El aspecto armado y soberbio; la relu- 
ciente pluma; el ojo centelleante; la cola que se alza 
en arco pomposo; la pata toda nervio con que dar 
empuje al espolón, y en la altanera cabeza la roja in- 
signia heráldica, vuelta más roja por la ira: todo esto 
compone un admirable conjunto, al que la actividad 
del combate agrega, en actitudes, ímpetus y acometi- 
mientos, un arte gladiatorio capaz de interesar á la 
mirada que atesora belleza. Cuando Temístocles, en 
vísperas de batalla, quiere excitar la bravura de la ju- 
ventud, en aquel mundo donde el sentido de la belle- 
za plástica no se apartó jamás de ninguna manera de 
pensamiento ó acción, la imagen que pone ante sus 
ojos es la del gallo de pelea, apercibido y vibrante. 

En cambio, este abominable rat-pick no se ilumina 
con el más tenue rayo de gracia ó hermosura. En tan 
bajo espectáculo, todo es feo, todo es desagradable, 
todo es ruin. Fea es la víctima, feo el victimario, feo 
el aspecto de la lucha, ó, más exactamente, de la caza. 
Y la inferioridad estética no está compensada por nin- 
guna ventaja de orden moral. En las lidias de toros no 
es posible negar que la barbarie tiene cierta atenua- 

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JOSÉ ENRIQUE RODO 



ción de nobleza, que consiste en la exposición que el 
hombre hace de su vida. Cualesquiera que sean la vul- 
garidad y el insufrible amaneramiento del lidiador de 
toros, considerado fuera de la arena, como arquetipo 
chulesco, como modelo que polariza, con sugestiones 
de gustos y costumbres, la admiración popular, es in- 
dudable que el desafío oficioso del peligro, la volun- 
taria vecindad con la muerte, reflejan sobre él alguna 
luz de simpatía, cierto prestigio marcial, cierta ele- 
gancia heroica, que en antiguos tiempos tentó á que 
se probasen en el hoy plebeyo ejercicio los brazos más 
capaces de sublimes empresas, desde Rodrigo de Vi 
var, si hemos de creer á la fama, hasta el propio César 
Carlos V. Y con un poco de imaginación, cabe perci- 
bir en el arte del toreo un valor significativo ó repre- 
sentativo de ese triunfo de la destreza humana sobre 
la fuerza bestial, que inspira, cuando el despertar de 
las energías y potencias del hombre, las leyendas de 
las victo^as de Herakles sobre el jabalí de Enmanto y 
el león de Nemea. En iás riñas de gallos el hombre es 
pasivo espectador, sanguinario á mansalva, y esto con- 
tribuye á envilecerlas; pero, cuando menos, la com- 
petencia se entabla allí entre fuerzas proporcionadas 
por naturaleza y por ley del juego. A! espolón se opo- 
ne el espolón; al pico, el pico; y el mismo interés venal 
del deporte interviene para que, antes de la riña, se 
comparen cuidadosamente las fuerzas de los comba- 
tientes y se depure, en lo posible, la decisiva superiori- 
dad de mérito ó fortuna. 

Pero en la lucha entre los dientes ratoniles y la 
mandíbula del fox-terrier, la víctima está indicada de 
aatemano. Es la inmolación del débil por el fuerte; 
del condenado, por el verdugo; es decir: lo más ant 



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pático que cabe como objetivo del sentido moral. Y 
quien arguya que en este caso el débil es una alimaña 
repulsiva y dañosa, demostrará no darse cuenta del 
carácter de la inmoralidad, la cual procede, no del ex- 
terminio en si mismo, que puede ser necesario ó útil, 
sino del exterminio abstraído de la utilidad y conver- 
tido en juego; de la indignidad del goce que se obtie- 
ne en la contemplación del exterminio. Aun atenién- 
donos á la pura consideración de gusto con que nos 
autorizamos á tildar de repulsiva á la rata, más repul- 
sivo y de perverso gusto es el espectáculo de su sacri- 
ficio. Por lo demás, en esto de distribuir repugnancias 
y reprobaciones entre los seres que tripulan, junto con 
nuestra aristocrática especie, la nave del mundo, ha 
de andarse con tiento. La víbora, que nos repugna, 
era el animal mimado de Goethe; el escarabajo pelote- 
ro tuvo en Egipto adoradores; las orejas de asno fue- 
ron, durante siglos, en Oriente, el venerando emble- 
ma de la sabiduría- 
Hay una forma ó especie de la imaginación creado- 
ra, que bien merecería ser estudiada por Ribot, y mejor 
aún por quien reuniese la potencia analítica y los cáli- 
dos colores de un Taine. Es la imaginación aguijonea- 
da é inspirada por el sentimiento de crueldad, para 
desarrollar la fuerza inventiva que crea castigos, su- 
plicios, máquinas de tormento y de muerte; y también 
juegos, fiestas y deportes en que el dolor ajeno es 
motivo de deleite. ¡Qué interesante historia sería ésta! 
Cuando se piensa que en la Roma de ios Antoninos, 
dentro de uno de los más espléndidos florecimientos 
de la cultura de espíritu y las ideas liberales que pre- 
sente la historia de la humanidad, la arena del circo 
se teñía, ante un concurso en gran parte aristocrático, 



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con la sangre de los gladiadores y las fieras, y por fin 
del espectáculo, algunos de los espectadores, para 
mostrar su archicorazón, como diría Gracián, solían ba- 
jar á la arena, y metían la mano en las heridas de las 
víctimas, y les arrancaban las entrañas palpitantes, no 
puede menos de conceder el más optimista que las ex- 
terioridades de benevolencia y pulcritud con que la 
civilización decora la naturaleza del hombre, son una 
corteza muy liviana, y que por bajo de ellas, pronta á 
incorporarse al más leve rasguño, la fiera duerme ó 
dormita... ¿La fiera? No. ¿Por qué hemos de calum- 
niar á las fieras? Esto de la crueldad como espec- 
táculo, como deleite inútil, como «finalidad sin fin», 
según la célebre fórmula del arte, es privilegio huma- 
no; y toca á la materna Roma el triste honor de ha- 
berlo asimilado á las costumbres y embellecido con 
las pompas de la civilización, comunicando á la mal- 
dad un carácter de dilettantismo que no tuvo en los 
más sangrientos delirios del Oriente. El animal es 
cruel. La fatalidad universal de la lucha no admite 
exención ni tregua, y la eterna dualidad de la víctima 
y el victimario se manifiesta en la naturaleza con ri- 
gores á menudo atroces; por más que sea justo agre- 
gar que la observación humana se ha detenido hasta 
ahora, casi exclusivamente, en este aspecto de las re- 
laciones entre los seres vivos, y no en los rasgos de 
mutua cooperación y mutuo auxilio entre aquellos se- 
res: rasgos que atenúan la crudeza de la guerra natu- 
ral con toques de piedad y simpatía. Pero en las ma- 
yores crueldades de la bestia el acicate es la necesi- 
dad individual, ó bien el estímulo de las necesidades 
de la especie, cuya sugestión se acumula y asienta en 
odios instintivos. Cuanto puede acontecer de más es 



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EL MIRADOR DE PROSPERO 



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que, en el ejercicio de la caza de que se alimenta, el 
animal á quien la obtención de su presa cuesta menos 
gasto de energías que Jas que es capaz de desplegar, 
emplee el exceso dinámico en prolongar y complicar la 
caza como diversión ó juego, ocasionando así la an- 
gustia y padecimiento de la víctima. 

De observación común es el juego del gato, cuando, 
ya atrapado el ratón, lo revuelve mañosamente entre 
las uñas, y le concede escapatorias precarias y fuga- 
ces alientos, solazándose en atraparlo cien veces an- 
tes de comérselo. Pero si el animal llega á cultivar la 
crueldad como activo juego, no llega, como el hom- 
bre, á hacer de ella objeto de contemplación morosa, 
objeto de ese juego inactivo ó contemplativo que de- 
nominamos espectáculo. Esta maldad pasiva y cobar- 
de, esta maldad de contemplación, es, lo repito, pro- 
pia del fuero humano. Acaso tan innoble placer ger- 
mina ya en emociones que aparentemente se confun- 
den con las que proporciona el arte, como las que el 
vulgo incapaz de poesía experimenta en la lectura de 
truculentos novelones y crónicas de criminalidad. 
Cuando se ha dicho que entre el placer del especta- 
dor de una tragedia y el del criminal por tempera- 
mento, en el instante de ensangrentarse con su cri- 
men, no hay más que diferencia de grado, se ha dicho 
verdad, pero á condición de que en el ánimo del es- 
pectador no asista el sentimiento de lo bello, que todo 
lo purifica y ennoblece. Siendo axiomático en psicolo- 
gía que toda imagen trae consigo una fuerza elemen- 
tal de ejecución, un cierto impulso á realizarse, se si- 
gue que, si apartamos de las imágenes del crimen y la 
sangre el timón con que las guía, al través de nuestra 
sensibilidad, la emoción realmente artística, desvián- 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



doias de toda innoble excitación — á la manera como, 
conducido por el pararrayos, ei fluido eléctrico atra- 
viesa sin peligro la pólvora — , aquellas representacio- 
nes tenderán á ejercer un influjo desmoralizador; por 
lo menos, cuando no las inhiben la natural delicadeza 
de alma y la cultura de que el vulgo carece. Y si el 
conjuro de la ficción teatral y de la simple lectura es 
suficiente para provocar, en las almas no muy desbas- 
tadas, el hormigueo de la afición sanguinaria, ¿cuánto 
más no lo serán aquellos espectáculos en que la muer- 
te no se representa, sino que se consuma de verdad?... 
Cuando la penúltima Exposición de París, en uno de 
los simulacros de lidias taurinas que se realizaban, con 
toros y diestros verdaderos, llegada la ocasión en que 
el espada señalaba la acción de matar, se vió que 
doña Isabel II salía á la barandilla de su palco para 
gritarle, ardiendo de impaciencia: «¡Mátalo, mátalo!» 
Y «¡mátalo!», coreó la alborotada muchedumbre, y el 
lidiador no se hizo de rogar, y las cañas se volvieron 
lanzas, á despecho de la ley Grammont y de las con- 
veniencias de la oportunidad y del ambiente. No es 
dudoso que hay en estas cosas una manifestación de- 
generada de ese extraño placer de la crueldad, de esa 
terrible sensualidad del derramamiento de sangre ó 
del sufrimiento impuesto á otro, que nos repugna en 
las demencias feroces de las degollaciones de venci- 
dos, en el frenesí de los tiranos sanguinarios, en el 
encarnizamiento de los capataces de esclavos y de los 
carreteros y arrieros, y que monstruosamente se com- 
plica con la misma voluptuosidad de amor, en aque- 
llas perversiones del instinto genésico á que el mar- 
qués de Sade vincula su cantaridada memoria . Y des- 
pués de todo, entre estos impulsos de excitación bru- 



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tal, pero venida del fondo ic consciente ó irrefrenable 
de la sensibilidad, y la frialdad repugnante de los que 
en los circos de gallos, ya terminada la riña, traban 
nuevas apuestas, según he oído referir, sobre el nú- 
mero de convulsiones que tendrá el gallo moribundo 
antes de rendir el último aliento, me quedo cien y 
cien veces con aquellas palpitaciones de franca y viril 
ferocidad. He hablado con quien, en los eombates de 
gallos, confesaba participar de la excitación, de la ca- 
lentura de la pelea, hasta el punto de retirarse ebrio y 
extenuado y de atribuir á la frecuencia de este linaje 
de emociones el origen de un mal cardíaco. Lo com- 
prendo. Sin perjuicio de comprender también que hu- 
biese quien, con un látigo en la mano, llegase á las 
gradas del reñidero ó á la mosquetería del rat-pick, y 
atropellase, azotase y desparramase á latigazos al con- 
curso que goza de su día ó su noche de honesta di- 
versión. Esto seria quijotesco, admirablemente quijo- 
tesco; y no tengo duda de que, presenciando Don 
Quijote escena tal como la de los últimos pasos de 
una riña, cuando el gallo vencido clava el pico, y el 
vencedor, con gran complacencia de la muchedum- 
bre, se obstina en humillarlo y rematarlo, él, que des- 
barató los títeres de Maese Pedro por socorrer á Don 
Gaiferos, promovería la más sonada y ejemplar de las 
suyas. ¿Por qué el Maestro de la buena locura no 
hará de vez en cuando alguna providencial aparición 
en nuestro mundo de gentes cuerdas y chiquitas?... 

Por lo que toca á las relaciones con el irracional, 
bien puede decirse que la torpeza y la crueldad huma- 
nas son cosa más característica de la civilización y la 
cultura que del estado de naturaleza. Es posible que, 
según aquel verso de Ovidio parafraseado por Mon- 



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taigne en su capítulo «De la crueldad», la primera 
hoja de hierro que salió forjada de mano de los hom- 
bres haya servido para teñirse en la sangre de la bes- 
tia; pero, sin embargo de ello, en el hombre aún no 
apartado de las sugestiones leales del instinto, el re- 
conocimiento de su vinculación fraterna) con los seres 
vivos que halló á su lado al despertar del sueño 
misterioso que precede á ía vida ha debido impo- 
nerse por sobre la fiereza de su condición, y la idea 
ó el sentimiento de ese vínculo se manifiesta efectiva- 
mente en hechos tales como las zoolatrías, la creencia 
en las metamorfosis y transmigraciones, el vegetaria- 
nismo, de que hay huella en los Vedas, y la efusión de 
piedad por los sufrimientos de los animales, de que 
aun dura testimonio en el célebre hospital de Surata. 
Si, por una parte, la necesidad de la caza ó de la in- 
molación del animal domesticado, y, por la otra, los 
artificios de la vida de civilización, que aleja al hom- 
bre del seno de la Naturaleza, han podido relajar aquel 
lazo de hermandad, la civilización, en su más alto pun- 
to, por obra del conocimiento científico, lo restablece, 
teóricamente por lo menos; y en esto, como en otras 
muchas cosas, las conclusiones de la sabiduría vienen 
en confirmación de los vislumbres del primitivo can- 
dor. La investigación científica, reduciendo considera- 
blemente la distancia que el orgullo humano imagina- 
ra entre nuestra especie y las inferiores; patentizando 
entre una y otra las similitudes de organización y el 
parentesco probable, tiende á rehabilitar aquellas sim- 
patías, nacidas del natural instinto, por cuanto ofrece, 
como ellas, fundamento para la piedad y compasión 
respecto de seres que reconocemos dotados de todas 
las capacidades elementales de nuestra sensibilidad, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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muy ajenos del automatismo sin alma que en un tiem- 
po se atribuía al animal, identificado casi por los carte- 
sianos con los muñecos de resorte. 

En esta parte del mundo hay razón para conceder 
á las cosas de que conversamos especial interés. Como 
descendientes de pastores, y pastores hoy mismo, 
adaptados á la labor cruenta en que la bestia perece, 
nuestra sensibilidad para con el irracional está embo- 
tada por la herencia y la costumbre. Cuando las inva- 
siones inglesas, un viajero europeo hacía resaltar, en 
página que se transcribe en la Historia de Belgrano, 
el contraste entre la lenidad con que el criollo de Bue- 
nos Aires trataba á sus esclavos y la crueldad de que 
hacía gala con el animal. Es la huella de la ferocidad 
del matadero; el sedimento de los usos brutales que 
fomenta esta industria de impiedad y matanza, á dife- 
rencia de los suaves hábitos que maduran, con la do- 
rada mies y el dulce fruto, en la vida del agricultor. 

No en balde aquel manso y sedentario pueblo de 
Egipto, donde el respeto por el animal llegó á los ex 
tremos de la superstición zoolátrica, profesaba á los 
ganaderos y pastores el odio que conocieron duramen- 
te las espaldas del israelita. De las faenas pastoriles 
vino Rozas á la ciudad, y es circunstancia de que supo 
sacar razones el autor del Facundo. La puñalada que 
parte la garganta de la res se transporta al modas 
operandi de la Mazorca } y los excesos de la guerra ci- 
vil, que han alimentado las leyendas trágicas de medio 
siglo, se iluminan de un relámpago revelador cuándo 
consideramos, en una estancia al uso antiguo, los pro- 
cedimientos, los hábitos y el ambiente afectivo que 
ellos crean. El valor de estas relaciones sólo será du- 
doso para eí que ignore que el pueblo, como el niño, 



74 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



son sonámbulos naturales en cuanto á su docilidad 
para la sugestión que, mediante un acto imitado y re- 
petido, funda la ciega fatalidad de la costumbre. 

En suma: la prohibición que pesa sobre las riñas de 
gallos y las lidias de toros, no hay razón para que no 
se extienda á este repulsivo deporte del rat-pick: 
á todas las condiciones de inmoralidad propias de 
aquellos espectáculos, une su inferioridad estética, su 
exhibición de lo feo, la cual no deja de ser, si se des- 
menuzan las cosas, otro género de inmoralidad. Por 
mucho que teóricamente y como ideal propendamos á 
un libérrimo individualismo, sería insensato que en la 
práctica quitásemos de manos del Estado estos resor- 
tes de higiene moral, que, como las demás aplicacio- 
nes de su atribución educadora, se justifican é impo- 
nen doblemente en pueblos nuevos, necesitados de 
consolidar sus cimientos de civilización. Tratándose 
de sociedades tales, las insignias de la autoridad han 
de tener mucho de la férula del magisterio; y bien lo 
conoció y aplicó aquel enorme argentino que después 
de haber empuñado en su mocedad la palmeta del 
maestro de párvulos, supo hacer — maestro de muche- 
dumbres—de su bastón presidencial algo así como 
una palmeta hercúlea y gloriosa. Y este magisterio lo 
mismo comprende la faz afirmativa de fomentar lo que 
educa, lo que civiliza, lo que dignifica la sensibilidad y 
forma el gusto, que la faz negativa de proscribir ó di- 
ficultar lo que embrutece, desmoraliza y deprava. 



LA ENSEÑANZA DE LA LITERATURA 



Uno de los intentos meritorios en que podrían pro- 
barse el desinterés y la abnegación de un espíritu de 
alta cultura literaria sería el de escribir para los estu- 
diantes un texto elemental de teoría de la literatura. 
Extiendo la observación á todos los idiomas, á todos 
los pueblos cultos, hasta donde yo alcanzo á saber de 
ellos: en par te alguna ese humilde libro que sueño se 
ha hecho tal como lo imagino y como sólo podría rea- 
lizarlo quien, teniendo el criterio, el sentimiento y el 
gusto de un verdadero entendedor de la belleza lite- 
raria, tuviese al propio tiempo la vocación evangeliza 
de hacer á las almas nuevas é ignorantes esa obra de 
misericordia, que consiste en abrir los ojos ajenos á la 
luz de lo bello. Y no en vano he hablado del desinte- 
rés y abnegación que tal empresa importaría, á lo me- 
nos en cuanto á la ambición de nombre y fama. No 
sólo la producción de obras didácticas se considera, 
en general, tarea subalterna y adaptada á un mero 
íin de utilidad, sino que suele ocurrir que el género de 
popularidad que alcanza el autor de ellas por el hecho 
de que su libro corra, año tras año, en manos de pre- 
ceptores y estudiantes, tiende á sobreponerse á la re- 



76 



JOSE ENRIQUE RODO 



putación que merece por obras más altas y fundamen- 
tales, cuando, además de un autor didáctico, hay en él 
un verdadero hombre de ciencia ó un verdadero escri- 
tor. El concepto común: que se tiene formado en Amé- 
rica de Víctor Duruy es el de juzgarle un meritorio 
ordenador de textos de historia para los párvulos de 
las escuelas y los jóvenes de los liceos. La fama de su 
obra de investigador y crítico de la historia permane- 
ce ensordecida por el estrépito de su formidable po- 
pularidad escolar, y alguna vez me ha pasado que se 
me objetase la autoridad de un juicio de Duruy con la 
displicencia irónica que provocaría la apelación á una 
cita de los beneméritos compendios de Drioux. 

Tratándose de textos de literatura, la diminutio 
capitis que, en el criterio vulgar, apareja el oficio de 
autor didáctico, se manifiesta aún más patentemente. 
El nombre de cualquier preceptista de retórica susci- 
ta, por inevitable asociación, en nuestro espíritu, la 
figura de don Hermógenes, ó por lo menos la figura 
de Hermosilla... Esta particular prevención tiene su 
fundamento, y es que no existe género de obras di- 
dácticas donde la pobreza, la insipidez, la frialdad, 
la inmovilidad rutinaria, que suelen desvalorizar los 
libros de esa índole, aparezcan con tan desconsolado- 
ra plenitud como en los textos de retórica y teoría de 
la literatura. 

Hay en esto uno de los casos más curiosos que pue- 
dan señalarse de la inercia de ideas y costumbres que, 
proscritas de todas partes donde circulan libremente 
el aire y el sol, permanecen adheridas, sin embargo, 
á ciertos rincones de la vida intelectual ó social, de 
donde nadie se cuida de desterrarlas. Para los trata- 
distas de retórica, el arte literario no se ha modificado 



* 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



77 



esencialmente desde Boileau, Luzán y La Harpe. Ce 
derán, no lo dudo, á la influencia de una crítica me- 
nos estrecha y mezquina, en muchos juicios, en mu- 
chas particularidades; pero, en general, el tipo de lite- 
ratura de que nos hablan es el que prevalecía hace 
más de un siglo (y que ya entonces era convencional 
y artificioso), y tiene muy pocas correspondencias con 
la literatura que cultivamos y sentimos. El escritor 
vive en un mundo; el retórico vive en otro distinto. El 
escritor aprende, se rectifica, se transforma. El retóri- 
co es impenetrable é inmutable. Víctor Hugo se jacta- 
ba, en algún verso de Las Contemplaciones, de haber 
puesto al diccionario de la lengua francesa el gorro 
frigio. Nadie puede jactarse de haber puesto á un 
tratado de retórica, no ya el gorro simbólico de la 
libertad, pero nada que sustituya al bonete del dó- 
mine. 

Ningún retórico se ha detenido á pensar, por ejem- 
plo, que, variando la importancia relativa de ios géne- 
ros literarios según las condiciones de las diferentes 
épocas, caducando ó decayendo unos, suscitándose ó 
realzándose otros, las clasificaciones de las retóricas 
clásicas deben ser revisadas y adaptadas al orden de 
la realidad literaria actual. Graduará el retórico la im- 
portancia de cada género, no por lo que representa 
para nuestro espíritu, sino por el lugar que tiene en 
la «Poética» aristotélica ó en la «Epístola á los Pi- 
sones». 

La epopeya es un género muerto, á lo menos en su 
forma clásica; las actuales condiciones de la sociedad 
lo repudian; nadie lo cultiva; nadie puede soñar en 
cultivarlo,..; pero el retórico consagrará largas y nu- 
tridas páginas á estudiar la construcción orgánica de 



78 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



la epopeya, el desenvolvimiento de su acción, los ca- 
racteres de sus personajes, las condiciones de su esti- 
lo y de su forma métrica; como si en todo esto pudie- 
ra haber algo más que un interés de erudición ó de ar- 
queología literaria. La épica inexhausta y proteiforme 
de nuestro tiempo es la novela, orbe maravilloso don- 
de caben todo el infinito de la imaginación y todo el 
infinito de la realidad, - con su abreviada imagen: el 
cuento, que es una novela menor, más alada, más leve, 
más primorosa...; pero para el retórico la novela y el 
cuento seguirán siendo especies secundarias, porque 
lo son dentro de la jerarquía que tiene por tipo supre- 
mo á la epopeya; y para legislar sobre aquellas dos 
especies prescindirá, ó poco menos, de la experiencia 
inagotable en originalidades y rectificaciones, que 
^ ofrecen la evolución romántica y la evolución natura- 
lista, aun sin contar las tendencias que han venido 
después. 

La magnífica explosión de subjetivismo poético que 
es uno de los grandes caracteres literarios de la pasa 
da centuria, desde Leopardi y Musset hasta Verlaine, 
ha dado á la lírica una extensión y una variedad que 
nunca tuvo, en formas y en sentimientos, y las clasifi 
caciones de la lírica clásica resultan notoriamente 
mezquinas para encauzar esa caudalosísima corriente; 
pero el retórico no ensayará una clasificación nueva y 
tan fiel como lo consienta la multiplicidad incoercible 
de las modificaciones líricas, sino que se atendrá á 
ías divisiones que bastaron paya la homogeneidad y 
sencillez de la lírica del Renacimiento ó del siglo xvni, 
y nos hablará de la oda, de la anecreóntica y del 
madrigal como de formas típicas y florecientes to- 
davía. 



* 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



79 



El convencionalismo pastoril y bucólico está tan 
muerto y sepultado como las novelas de caballería; pero 
para el retórico existe, sólo porque alguna vez existió. 
En cambio, en esas dilatadas fronteras de la ciencia y 
el arte, donde se entrelazan de mil modos distintos 
verdad y belleza, el pensamiento moderno ha suscita- 
do riquísimos modelos de obras intermedias, singular- 
mente adecuadas á nuestro gusto y á nuestras necesi- 
dades espirituales; obras que, como las de Quinet, 
como las de Guyau, como los Diálogos de Renán, 
como cien otras, anticipan acaso las formas que ten- 
drán preferencia en la literatura del porvenir...; pero 
el retórico no se sentirá tentado á penetrar en este 
campo inmenso y florentísimo, y se excusará de ello 
señalando el obscuro rincón que dedicará en su trata- 
do á hablar de ias obras didácticas y doctrinales con- 
cebidas á la antigua manera. 

Abatir esa armazón vetusta de clasificaciones y 
jerarquías; probar á distribuir el variadísimo conteni- 
do de la actividad literaria propia de la civilización y 
la cultura modernas, según un orden fundado en las 
formas que realmente viven y en la subordinación que 
les señala su grado de importancia actual, su mayor ó 
menor adaptación á las condiciones de nuestro espíri- 
tu y de nuestro medio; podar la parte convencional y 
estrechamente retórica de la preceptiva, y vigorizar la 
que reposa sobre alguno de los dos seguros funda- 
meatos de la ciencia estética y de la historia de las 
literaturas; adaptar á la exposición didáctica los princi- 
pales resultados y adquisiciones de esa labor inmensa 
y prolija que la crítica del pasado siglo ha realizado 
en el estudio de la obra literaria y de sus vinculacio- 
nes con el ambiente social y físico en que S2 producé: 



80 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



tales serían los lincamientos generales de un texto de 
teoría literaria que hablase al estudiante, no, como 
los textos actuales, del concepto clásico de las le- 
tras, sino del tipo de literatura que el natural desenvol- 
vimiento de la vida ha modelado para nosotros. 

Pero inútil parece añadir que todo eso no consti- 
tuiría sino el molde ó el esqueleto de la obra; porque 
siendo tal corno yo la concibo, libro de verdadera ini- 
ciación literaria: libro no sólo de instrucción, sino tam- 
bién de educación de la sensibilidad estética y del gus- 
to, habría que infundir en él el espíritu, vale decir: la 
virtud sugestiva, el don de interesar, la simpatía peda- 
gógica; y cuando así fuese realizado, su campo de 
acción podría traspasar los límites de la cátedra y ser- 
vir de lectura popular que difundiese la buena nueva 
de lo bello y preparase el espíritu de la generalidad 
para recibir la influencia civilizadora y dignificadora 
de las buenas letras. 

Agregaré que la perfecta realización de tal obra 
implicaría la de otras dos que la complementasen: una 
"Antología" compuesta con objeto y plan esencial- 
mente didácticos y ajustada al ordenado desenvolvi- 
miento del libro de teoría, para corroborarlo con la 
eficacia irreemplazable de los ejemplos; y un texto de 
historia literaria, parco en nombres y en juicios biblio- 
gráficos, y en el que se atendiese debidamente á la re- 
lación de la actividad literaria con los caracteres de 
raza, de país, de sociabilidad, de instituciones, que 
concurren á imprimir el sello en la literatura de cada 
nación y cada época. 

Pero tratar de esas obras complementarias excede 
del propósito de este artículo.' Sólo he querido en él 
indicar una vez m as la deplorable insuficiencia y petri- 



s 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



81 



ficación de los textos usuales de literatura, y apuntar 
ligeramente la idea de esc libro humilde y benéfico 
con que sueño y que se escribirá cuando alguno de 
los que son capaces de escribirlo tenga la abnegación 
de quererlo escribir. 



ó 



GARIBALDI 



Prólogo á la obra "La Bandera d* 
San Antonio", de don Héctor Vollo. 

Un trabajo de investigación sobre la autenticidad 
de una reliquia histórica: reliquia de una historia que 
parece un mito; de un hombre que parece un numen... 

¿Para contribuir, acaso, á reducir ía leyenda á los 
términos de la realidad? ¿Para quitar á aquélla alguna 
parte de su hechizo? ¿Es la obra implacable del aná- 
lisis que reivindica los fueros de la razón, pasado el 
poder fascinador de la leyenda? 

No; la crítica que se hace en estas páginas se con- 
creta á la realidad del objeto material. La substancia 
del glorioso episodio queda intacta. 

Intacta é inconmovible, la leyenda garibaldina, en 
la que está engarzado, como una piedra fulgurante, 
ese episodio, desafía los embates de la negación y de 
la duda. Afortunado caso, en que la investigación, 
trocando su oficioso papel propicio al desencanto, no 
hace sino confirmar y acrisolar las maravillas de la rea- 
lidad, transfigurada esta vez, no por resplandores aje- 
nos, sino por su luz propia é infusa. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



83 



Cuando el héroe legendario, dominador de la ima- 
ginación popular, se pierde en la esfumada vaguedad 
de remotos tiempos, este maligno crítico que se com- 
place, dentro de cada uno de nosotros, en destejer la 
tela de nuestra fe y nuestro entusiasmo, nos argumen- 
ta con la idealización de la realidad en la mente can- 
dorosa del pueblo; con la obra lenta é instintiva que 
libra al personaje real de las escorias de lo insignifi- 
cante y de las sombras de lo impuro, y lo levanta á la 
esfera de lo ideal y semidivino, como en las alas que 
nacen con la transfiguración de la larva en mariposa. 
De esta manera, el Cid de la leyenda se convierte, por 
la impiedad del análisis, en el caudillo que lidiaba por 
su yantar; quizá cruel y perjuro; quizá aliado alternati- 
vamente de moros y cristianos. Aquiles, el de los pies 
ligeros, no es sino el reyezuelo semibárbaro que arras- 
tra el cadáver del vencido Héctor é injuria soezmente 
á Agamenón. Guillermo Tell tal vez no existió nunca. 

Pero en el héroe de ta Italia nueva la legendaria 
realidad triunfa de la contradicción por su proximidad 
en el tiempo y por la lucidez de una vida franqueada, 
del uno al otro extremo, á las miradas pertinaces. 

Es la verdad y es la leyenda, que concurren en un 
mismo punto; es la leyenda que aparece delante de 
nosotros, viva, cortando la realidad como un claro 
que se abre entre dos rocas, en la travesía de la mon- 
taña, sobre el cielo luminoso é inmenso; es la alucina- 
ción dotada de la consistencia del bronce, del latido y 
el calor de las entrañas humanas, verificable por la ex- 
periencia de todos, á plena luz del mediodía. 

¡Admirable leyenda real! una de las últimas y más 
radiantes apariciones de lo heroico en la historia. Nos 
asombra aún más, en el tiempo en que vivimos, por lo 



84 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



que se aparta y disuena de las condiciones de la rea- 
lidad circunstante. El pasado siglo, que empezó entre 
los fuegos de la epopeya napoleónica, es rico de esos 
formidables nombres en que Carlyle y Emerson cifra- 
ron su filosofía de la historia. El nuestro empieza 
como en un vago estupor, como en una fría reserva; 
apáganse los luminares que orientaron la marcha de 
otras generaciones, y no se ve encenderse los que los 
sustituyan. ¿Estará cercano el día en que podamos 
decir con más exactitud que Rémusat: «Nuestro tiem- 
po carece de grandes hombres»?... 

Así como sobre la tumba de Hugo pudo inscribirse: 
«Aquí yace el último Poeta», si este nombre de poeta 
ha de tomarse en sentido homérico ó dantesco: de algo 
hierofántico, épico, secular; así sobre la tumba del 
libertador de Italia yo inscribiría: «Aquí yace el último 
Héroe.» Pero entiéndase la acepción que yo doy á 
tal palabra. Mi concepto del Héroe no se identifica 
con el de hombre superior por su voluntad y su brazo; 
no porque exprese siempre, dentro de este género, 
una mayor intensidad y grandeza, sino en razón de 
una calidad distinta. El Héroe es, para mí, el ilumi- 
nado de la acción. La acción heroica es la que toma su 
impulso en aquellos abismos insondables del alma, de 
donde vinieron el demonio de Sócrates, la convulsión 
de la sibila, la visión del extático; en donde se engen- 
dra todo lo que obra de un modo superior á la razón: 
la palabra que avasalla, el gesto que electriza, el golpe 
que abate ó levanta por instantánea y portentosa 
fuerza. Bolívar es Héroe; San Martín no es Héroe. San 
Martín es grande hombre, gran soldado, gran capitán, 
ilustre y hermosísima figura. Pero no es Héroe. Falta 
para que lo sea, á su alrededor, la aureola deslumhra- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



85 



dora, el relámpago, la vibración magnética, el miste- 
rioso soplo que, ya se le tome en sentido sobrenatu- 
ral, ya en sentido puramente humano, pero Instintivo 
é inconsciente, es, de todas maneras, algo que viene 
de lo desconocido. 

Garibaldi: tipo de héroes; personificación, la más 
cumplida y fiel, del quid heroico. 

Después que pasa nuestro entusiasmo de los quince 
años por las teatralidades de la acción y de las garru - 
lerías de la libertad vociferante y callejera, ¡cuántos 
ídolos de barro vemos casr de lés altares de nuestra 
devoción! ¡cuántas glorias efímeras pierden la fuerza 
con que nos atrajeron y el brillo coa que nos deslum- 
hraron! La solidez del fondo heroico se reconoce en 
que el hechizo del héroe y su leyenda sobreviva, fuera 
de nosotros, á los acontecimientos en cuya esfera se 
circunscribieron; y dentro de nosotros, á la obra del 
tiempo, que nos alivia el alma de ese sobrante de entu- 
siasmo que, no encontrando objeto propio, lo crea fue- 
ra de la realidad: el tiempo, que nos enseña á sepaiar el 
oro de la alquimia. Así, si dejáis á la intemperie la ima- 
gen vestida de trapos de colores y ornada de abalorios, 
pronto el viento y la lluvia la desnudarán, y bajo las 
galas destrozadas descubrirán un pedazo de madera. 
Pero la estatua de desnudo y firme mármol mantiene 
imperturbable, al aire libre, su gesto augusto; el sol la 
bruñe, el agua del cielo la lava ; y después de cada 
tempestad la estatua aparece más resplandeciente y 
más hermosa. 

Tal pasa con la épica figura del más universal de 
los modernos héroes. A pesar del abuso de su efigie 
y de su nombre en litografías coloreadas y en invoca- 
ciones liberalescas á lo Homais, entero y fascinante 



86 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



dura su prestigio. Yo lo comparo con la virtud de esa 
sublime «Marsellesa», que, profanada de mil maneras 
por la vulgaridad, torturada en las músicas de los fes- 
tejos, humillada en el cieno de las calles, guarda intac- 
ta la frescura de su estupenda melodía, y aun nos 
estremece, y nos levanta, y nos arranca lágrimas, como 
cuando surgió de la copa desbordante de Rouget de 
Lisie para inflamar al mundo en la embriaguez de la 
libertad y de la gloria. 

Pero además del Garibaldi universal, de aquel que 
está tan alto que de todas partes se divisa su sombra 
veneranda, erguida, como un genio benéfico, sobre 
la esperanza de los oprimidos y el miedo de los opre- 
sores, hay el que los hijos de esta parte de América 
conocemos y sentimos; el evocado gloriosamente en 
nuestra memoria por el nombre de este opúsculo; el 
Garibaldi conciudadano nuestro y general de nuestro 
ejército; el soldado de la inmortal Defensa; el que 
peleó contra Rozas; aquel á quien recordamos como 
á un gran viejo de la casa y nombramos con orgullo. 

Yo nunca fui chauvinista. No ha mucho tuve oca- 
sión de indignarme, á solas, leyendo la noticia de que 
un gran diario parisiense había propuesto á los más 
altos y escogidos espíritus de Francia una enquéte 
que formulaba en estos términos: Entre la humanidad 
y la patria ¿d cuál preferís? Me indignaba por el solo 
hecho de que se hubiera propuesto tal cuestión. Me 
parecía increíble que, en el centro del mundo, en la 
capital del orbe civilizado, pudieran aún plantearse, 
dirigiéndose á los grandes espíritus, problemas de esa 
especie. Pasados pocos días, leí la crónica de una en- 
trevista de Tolstoy con un periodista que fué á verle 
para saber lo que pensaba de la guerra de Oriente. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



87 



El gran antipatriota, después de maldecir los odios y 
egoísmos nacionales que hacen posible la ignominia 
de la guerra, confesaba que, á pesar de sus esfuerzos, 
no lograba arrancar del todo, de su espíritu, el senti- 
miento que le llevaba á considerar, dentro de la hu- 
manidad, á su tierra y su pueblo como cosas sayas. 
Y esto me sirvió después de justificación, de defensa 
de mí mismo ante aquella odiosa parte de nuestro ser 
que, según Benjamín Constant, hace de espectadora 
de la otra; porque un día tomé de mi biblioteca las 
Memorias de Garibaldi, y al llegar á cierta página me 
descubrí experimentando ese cosquilleo de la espina 
dorsal y ese relámpago que pasa tras la frente — cosas 
que todos habréis experimentado, leyendo, alguna 
vez — , cuando leí de nuevo lo que el Héroe decía de 
la ciudad en que nací... ¿Alcanzará algún día nuestro 
humanitarismo á suprimir estas vejeces, estas preocu- 
paciones, estos estigmas atávicos de nuestra naturale- 
za?... Glorifiquemos en buen hora, y en primer térmi- 
no, al Garibaldi de la humanidad; pero comprenda- 
mos que los que ven en el Héroe la personificación 
de su Italia resucitada y redimida, se extasíen ante 
esta faz de su gloria; y déjeseme á mí entusiasmarme 
con el Garibaldi que vistió á la usanza del gaucho. 

Una vez que se me encomendó escribir una convo- 
catoria con objeto de que el pueblo de Montevideo 
adhiriese á la conmemoración anual de la unidad 
italiana, recordé ya, no sólo lo que Garibaldi represen- 
taba para ese pueblo, sino lo que él había representa- 
do para Garibaldi. Recordé que con tai conmemora- 
ción se glorificaba la memoria del que, hablando con 
orgullo del compañerismo que le unió á los nuestros, 
llamó al Montevideo de la Defensa "la ciudad de los 



88 



JOSE ENRIQUE RODÓ 



milagros", "asombro y admiración del mundo": ó el que 
afirmó que su resistencia heroica "servirla de norte en 
las generaciones venideras á todos los pueblos que no 
quisieran rendirse á la voluntad de los poderosos" , y 
del que dirigiéndose á la juventud italiana, en días de 
amarga incertidumbre, cuando aun faltaba consumar 
la obra emancipadora, instábala á inspirarse en la en- 
señanza y el ejemplo del pueblo oriental "en su valor 
sublime", para saber al precio de qué sacrificios so- 
brehumanos conquistan los pueblos dignos de mejo- 
rar de suerte los bienes de la libertad. 

Y partiendo de esta indeleble impresión que la 
grandeza guerrera y moral de la Defensa dejó, como 
un sello de fuego, en el espíritu del Héroe, y teniendo 
en cuenta además la inmensa parte que á su prestigio 
personalísimo hay que atribuir en los sucesos prepa- 
ratorios de la unidad y la libertad italianas, no se for- 
zaría ciertamente el alcance de las relaciones históri- 
cas si se afirmara que hubo influencias de la Defensa 
de Montevideo en el movimiento liberal de 1848, que 
hizo levantarse á Italia de su tumba; que hubo recuer- 
dos de la Defensa de Montevideo en cada página de 
la leyenda garibaldina y en las abnegaciones esparta- 
nas de Caprera; que hubo plomo de la Defensa de 
Montevideo en los fuegos de los mil de Marsala, en 
la campaña homérica de las Sicüias, en Volturno, en 
Aspromonte, en Mentana; en todo lo que abrió cami- 
no al episodio que consagró definitivamente la reali- 
dad de la utopía secular, con la reivindicación de 
Roma intangible para la Italia una. 

Gracias sean dadas al libro que nos da oportunidad 
de remover tan gloriosísimos recuerdos; ó mejor, sin 
traslación retórica, gracias sean dadas al autor de 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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ese libro. Bien está la bandera de San Antonio (aque - 
lla que existió sin duda: la de tela inmaterial é invisi- 
bles colores) en manos del que la sustenta en las pági - 
ñas que van á leerse. 

Es seguramente Héctor Vollo uno de los espíritus 
más cultos y mejor dotados entre aquellos con que su 
país ha contribuido á las fuerzas activas de nuestra 
sociedad, en lo que se refiere á la labor del pensa- 
miento. Por el entusiasmo de sus convicciones libera- 
les y la pasión generosa con que adhiere á cuanto sig- 
nifique adelanto, cultura, mejora moral ó material, es 
un valioso obrero de toda noble propaganda. Consa- 
gra además a esta segunda patria suya hondo y since- 
ro afecto: afecto en que intervienen, sin duda, no sólo 
los vínculos formados en la larga y amigable estadía, 
sino también un sentimiento que debe estar, que acaso 
está, en el corazón de todos los liberales italianos; un 
sentimiento de cariñosa predilección por el pueblo 
donde el Héroe recogió tan altos ejemplos, y los pagó 
con tantos heroísmos, y dejó para la historia las más 
bellas páginas de cuantas trazó fuera de su patria 
concreta. 

Ha encauzado Vollo su actividad en la única forma 
que el ejercicio de la pluma tiene de profesional en 
nuestro ambiente: el diario. Más de uno de los nues- 
tros guarda en sus columnas la huella de su produc- 
ción, abundante, ágil, fácil siempre de reconocer, aun- 
que el anónimo ó el pseudónimo velen su origen. No 
importa que esta producción sea aquella que concibe 
la mente mientras hay que hacer trotar la pluma, usan- 
do un decir de Mad. de Sévigné. Con frecuencia en 
Vollo el periodista deja paso, sin quererlo, quizá sin 
saberlo, al hombre de real preparación y al escritor 



90 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



de forma artística. Hace lo que suele hacer el tran- 
seúnte en su Venecia, donde — como las casas tienen 
indistintamente acceso por tierra y por agua, por la 
calle y por el canal — , para dondequiera que el tran- 
seúnte vaya y en el momento en que quiera, puede to- 
mar, en el canal cercano, la góndola, y continuar, ro- 
mancescamente embarcado, su camino, que empezó 
vulgarmente á pie. Vollo, á mitad de un artículo de 
ocasión, de una crónica efímera, de una reseña trivial 
por su objeto, toma de improviso su góndola, y con- 
cluye en disertación espiritual y primorosa literatura el 
tema que empezó en prosa pedestre. 

¿Cómo es que este verdadero escritor, este inicia- 
do de la escogida minoría á que fueron concedidas las 
gracias del estilo, este temperamento de artista y de 
estudioso, no se ha arrimado al yunque y ha cuidado 
de dar plena razón, de su valer, en obras que vivan? 
Culpad de ello á muchas causas. Quizá á su natural 
modestia. Quizá á esa non curanza de la notoriedad y 
de la fama, que es una de las influencias con que el 
ambiente poco propicio á cosas de arte embarga al es- 
píritu que en él se sumerge, á la manera como la pers- 
pectiva desolante del desierto lleva en sí el germen 
del fatalismo musulmán... Pero atribuid la mayor res- 
ponsabilidad á la labor en que el diario le ha tenido 
secuestrado y sometido á la necesidad de ganar el pan 
de cada día, si no con el sudor de su frente, con el 
sudor, al menos, de la pluma... ¡Ah periodismo, perio- 
dismo! ¡De cuántos secuestros de esa especie tendrías 
que dar cuenta si se te llamara á juicio ante el tribunal 
donde se examinasen, para distribuir responsabilidades 
y penas, las vocaciones perdidas y las aptitudes ma- 
logradas!... 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



91 



Pero no se perderán ni malograrán la vocación y 
las facultades de Vollo. Desde luego, éste es un libro 
que lo comprueba. No aparece en él plenamente la faz 
del estilista, pero aparece sí la del investigador con- 
cienzudo, y, lo que vale más que la aptitud investiga- 
dora, aparece también el sentido crítico que realza y 
fecunda los resultados de la investigación. Quien sin 
prejuicio lea este trabajo, no podrá menos de consi- 
derar definitivamente resuelto ei interesante punto 
histórico sobre que versa. 

La obra futura sobre Garibaldi, que Vollo prepara 
con amor y dedicación dignos de tan magno tema, 
manifestará de cuerpo entero la personalidad literaria 
del autor, y será un título más que le vinculará á la 
ciudad de que es ciudadano, más que huésped. 

Hemos decretado á Garibaldi una estatua. Pero para 
completar el homenaje que la ciudad de la Defensa, la 
ciudad de Suárez y Pacheco, debía al genera! de sus 
tiempos heroicos; al que le dio una Legión, levantan- 
do sobre ella — porque la Italia estaba muerta— una 
enseña de luto; al que venció en San Antonio; al que 
peleó en Europa con el poncho oriental y la camiseta 
de los Legionarios — era preciso que un libro sobre 
Garibaldi se escribiese en Montevideo. 

Se escribirá ese libro, y será la extensa leyenda de la 
estatua de mármol. 

Cuando murió Horacio Gree!y,los publicistas norte- 
americanos resolvieron erigirle una estatua, y dese- 
chando el mármol y el bronce, determinaron que ella 
fuera de plomo y que, para fundirla, cada diario de 
Nueva York contribuyese con tipos de su imprenta, 
Funda el autor de este opúsculo la estatua de su Hé- 
roe, de nuestro Héroe, en el mismo noble material. 



EL CRISTO A LA JINETA 



Después del Cristo de paz, hubo menester la hu- 
mana historia del Cristo guerrero, y entonces naciste 
tú, Don Quijote. Cristo militante, Cristo con armas, 
implica contradicción, de donde nace, en parte, lo có- 
mico de tu figura, y también lo que de sublime hay 
en ella. 

Atribuyeron á Cristo casta real, dijeron que era de 
la sangre de David; y tú conjeturaste que había de 
pasar igual cosa contigo: «Podría ser, ¡oh Sancho! 
— dijiste — que el sabio que escribiese mi historia des- 
lindase de tal manera mi parentela y descendencia, 
que me hallase quinto ó sexto nieto de rey.> Nació 
Cristo en aldea humilde, á la que para siempre levan- 
tó de la obscuridad su cuna. Lugareño fuiste también 
tú, y sólo por ti vive en la memoria del mundo tu Ar- 
gamasilla. Cuando se aludía á él por su nacimiento, 
no se vinculaba á su nombre el de su pueblo, sino el 
de su región: el Galileo se le llamaba; como tú tomas- 
te para añadir á tu nombre el de la comarca de que 
eras, el del viejo Campo Esportuario: la Mancha de 
los moros. El, antes de poner por obra nuestra reden- 
ción, quiso ser consagrado por manos del Bautista; 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



93 



como tú, antes de arrojarte á no muy menores empre- 
sas, quisiste recibir, del castellano de tu castillo, la 
pescozada y el espaldarazo. Cuarenta días y cuarenta 
noches pasó él en el retiro del desierto; y tú, en tu pe- 
nitencia de Sierra Morena, pasaras otros tantos, á no 
sacarte de allí maquinaciones de los hombres. Rame- 
ras hubo á su lado y las purificó su caridad; como á tu 
lado, y transfiguradas por tu gentileza, maritornes y 
mozas del partido. El dijo: «Bienaventurados los que 
padecen persecución de la justicia»; y tú, pasando del 
dicho inaudito al hecho temerario, trozaste la cadena 
de los galeotes. El atraía y retenía á su cohorte con la 
promesa del reino de los cielos; como tú á la cohorte 
tuya, — unipersonal, pero representativa del pululante 
coro humano,-— con la promesa del gobierno de la ín- 
sula. Si enfermos sanó él, tú valiste á agraviados y me- 
nesterosos. Si él conjuró los espíritus de los endemo- 
niados, á ti te procuró el remediar encantamientos. Ni 
á él quiso reconocerle el sentido común como Mesías, 
ni á ti como andante caballero. Burla y escarnio hicie- 
ron de su mesianismo como de tu caballería; y si la 
madre y los hermanos del Maestro le buscaban para 
disuadirle y él hubo de decir: «No tengo madre ni 
hermanos», bien se te opusieron y te obstaculizaron 
en tu casa, tu ama y tu sobrina. Cuando desbaratas el 
retablo del titiritero, donde lo heroico se rebajaba á 
charlatanería de juglar, haces como el que echó por 
tierra las mesas de los mercaderes y las sillas de los 
vendedores de palomas. Indígnanse los sacerdotes 
de Jerusalén, porque ven que festeja la multitud á 
Cristo; y porque á ti te festejan en casa de los Duques, 
se indigna un ensoberbecido y necio clérigo... Y es tu 
Jerusalén la casa de los Duques: allí, después de feste- 



94 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



jársete, padeces persecución; allí te befan, allí te lle- 
nan de ignominia. Como Pedro al Maestro, Sancho, 
hechura tuya, te niega, cuando con cobarde sigilo llega 
á confesar á la Duquesa lo que el vulgo llama tu locu- 
ra. El letrero que en Barcelona cosen á tu espalda es 
el <Este es Rey de los Judíos», con que se te expone 
á la irrisión. Sansón Carrasco es el Judas que te entre- 
ga. Un publicano, San Mateo, escribió el Evangelio de 
Cristo; y otro publicano, Miguel de Cervantes, tu 
Evangelio. Dos naturalezas había en ti, como en el Re- 
dentor: la humana y la divina; la divina de Don Qui- 
jote, la humana de Alonso Quijano el Bueno. Murió 
Alonso Quijano, y para otros quedaron su hacienda y 
las armas tuyas, y el rocín flaco y el galgo corredor; 
pero tú, Don Quijote, tú, si moriste, resucitaste al ter- 
cer día: no para subir al cielo, sino para proseguir y 
consumar tus aventuras gloriosas; y aun andas por el 
mundo, aunque invisible y ubicuo, y aun deshaces 
agravios, y enderezas entuertos, y tienes guerra con 
encantadores, y favoreces á los débiles, los necesitados 
y los humildes, ¡oh sublime Don Quijote, Cristo ejecu- 
tivo, Cristo-León, Cristo á la jineta! 



IMPRESIONES DE UN DRAMA 



Dejé de las manos el drama de Payró, y mirando á 
través de los cristales, el aire, en que una lluvia triste 
se destejía en trémulos hilos, me pareció como si el 
agua lenta y menuda dijera el alma musical, el lírico 
acompañamiento, de aquel poema de dolor y miseria. 

Se llama El triunfo de los otros, y es el cuadro con- 
movedor de los sufrimientos de una vida en que la vo- 
cación, desamparada por el medio, el pensar y soñar 
por oficio, es castigo que hiere como las negras elec- 
ciones de la Moyra trágica. Es la historia de un alma 
escogida, generosa, ingenua, que pasa en el trabajo á 
que la estimulan sus sueños los años de la juventud; 
que llega á la madurez sin fama ni fortuna, y que, tras 
de gastar lo mejor de su espíritu en avalorar con su 
ayuda la obra de otros, siente apagarse su razón, ven- 
cida por la constante tensión del pensamiento y por 
las angustias de la lucha en que el enemigo es el 
hambre. 

Se trata, pues, del interés dramático contenido en 
el precario vivir que suelen llevar las gentes que, con- 
traviniendo ó sofisticando el precepto de Dios, ganan 
el pan, no con el sudor de su frente, sino con el sudor 



96 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



negro de la pluma... El tema, umversalmente intere- 
sante, lo ¿s en doble grado si se le concreta á ia rela- 
ción de nuestro ambiente con las cosas del ^espíritu y 
con los devotos de estas cosas, á quienes llamamos 
escritores y artistas. Excelente ocasión para filosofar. 
Filosofemos. Filosofemos ahuyentando la elegía sen- 
timental que se nos entraba en el alma bajo el ala gris 
de la lluvia, y guardando, mientras podamos, la sere- 
nidad olímpica, que no descompone las líneas del es- 
tilo. Imaginemos que el mismo Alcibíades y el propio 
Chármidas nos escuchan. 

En pasados tiempos, ¡oh atenienses que oís!, cuentan 
que el problema económico del escritor se resolvía 
merced á la generosidad del Mecenas individual y aris- 
tocrático. El príncipe ó magnate dado á letras, ya por 
sincera vocación, ya por amigo de lisonjear su vanidad 
con el cortejo del ingenio famoso, pagaba la vida, 
cuando no el decoro de la vida, al hombre herido de 
la divina invalidez de ser poeta. A la sombra de esta 
protección palatina, más ó menos frondosa, dieron su 
flor muchos de los más gloriosos espíritus que han 
contribuido al tesoro de verdad y belleza de la huma- 
nidad; y si el Mecenas vive en versos de Horacio, y 
Carlos Augusto de Weimar se ilumina del reflejo de 
Goethe, el Ingenioso hidalgo sirve de zócalo á la me- 
moria del conde de Lemos y el Morgante de Pulci 
perpetúa un eco de los convites de Lorenzo de Médi- 
cis. Desde que los príncipes de la sangre han dejado 
de presidir en muchas de las cosas del mundo, los 
príncipes del ingenio se enorgullecen de haber dejado 
de ser sus vasallos, y la afirmación de que los Mece- 
nas han pasado á la historia suele vibrar con entona- 
ción de libertad, y aun de regocijo, no sé si un tanto 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



97 



retórico, no sé si otro tanto irónico, en labios de los 
pobres artistas. Sobre esta emancipación de la pluma 
respecto del protector encumbrado se ha escrito y 
filosofado mucho, y el adusto Alfieri tiene páginas en 
que se desentraña la moralidad de tan preciosa libe- 
ración, y en que, á la luz de la dignidad humana, se 
manifiesta la vergüenza de la condición del áulico poe 
ta, pájaro enjaulado al que se alimenta con cañamo- 
nes de oro para que regale el oído de los grandes. 

Sin negar yo lo que tan generosas declamaciones 
tienen de justo y oportuno, me doy á sospechar, re- 
memorando una página de don Juan Valera, y lo diré 
aunque sólo sea de paso, que los inconvenientes de 
los Mecenas de antaño se han exagerado no poco, y 
que el sacrificio de libertad en el pensar ó de auda- 
cia en gusto y estilo, que la protección aristocrática 
haya impuesto al espíritu del poeta, es cosa más apa- 
rente que real. La obligación del protegido por Mece- 
nas solía saldarse con la dedicatoria pomposa é ino- 
cente, tanto más inocente cuanto más pomposa, des- 
pués de la cual Pegaso soltaba el vuelo á su albedrío, 
y, si la ocasión era propicia, la vengadora ironía que- 
daba en libertad de urdir sus telas sutiles. Pero sea de 
esto lo que quiera, pasó el Mecenas individual y aris- 
tocrático y vino á sustituirlo el colectivo y plebeyo. 
A la pensión que se cobraba en la mayordomía del 
palacio ha sucedido el manuscrito descontable en el 
mostrador del librero. La multitud lectora alimenta á 
sus elegidos. Fama y dinero llegan juntos. Si las co- 
sas pasaran absolutamente así, ¿podría llamarse á 
esto una emancipación? Ciertamente, en el sentido en 
que puede ser una emancipación política pasar de la 
tiranía autocrática ú oligárquica á la tiranía de los 

7 



98 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



muchos. Así como la democracia pura, la democracia 
del Agora y el Foro, significa en realidad la más bru- 
tal tiranía, el discrecional dominio del gusto vulgar en 
la esfera del arte sería, para el artista, una tiranía tan 
dura, por lo menos, como la del ^magnate protector, 
con la diferencia, en desventaja de la primera, de la 
natural inferioridad de cultura y gusto en el amo de 
múltiples cabezas. Sólo que, del mismo modo que á la 
democracia política hémosle puesto modernamente el 
límite ó contrapeso del sistema representativo, ten- 
diendo á que el gobierno de la voluntad popular pase 
por tamiz que garantice cierta selección de capacidad 
y decoro, así la democracia literaria tiene, en los pue- 
blos cultos, el contrapeso de la autoridad de la críti- 
ca, cuyo ministerio de censura y dirección respecto de 
las predilecciones literarias del público, es, si no tan 
eficaz como fuera de desear, suficiente, por lo menos, 
para mantener cierto relativo orden, cuando no en 
la proporción de las ganancias de dinero, en la pro- 
porción del crédito y la fama. Si Ohnet levanta millo- 
nes, también los levantan Zola y Víctor Hugo; y los 
millones de Ohnet no tienen magia con que forzar el 
«¡sésamo, ábrete!» de la gloria, ni siquiera de la glo- 
rióla del momento. 

El problema económico de las letras no se diferen- 
cia, pues, modernamente, del relativo á cualquiera in- 
dustria ó trabajo que se apoye en la demanda común. 
Bien es verdad que ni la gloria ni el provecho llaman 
al reparto de sus recompensas sino después de un 
proceso de selección que puede considerarse como 
una de las más terribles formas sociales de la struggle 
for Ufe. Por cada nombre que se alza á la luz, caen á 
la urna opaca del anónimo cientos de ellos con las alas 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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quebradas; y aquel mismo nombre electo que surge, 
deja acaso tras sí una juventud amargada por la lucha 
cruel, una salud perdida en el esfuerzo, un tejido de 
afectos desgarrado por la envidia... ¡Cuán á menudo 
se ofrece ocasión de recordar la enérgica imagen con 
que Southey deploró la arrebatada muerte de Kirk 
White: «El caballo ganó, pero murió después de la 
carrera»! A pesar de todo: oficio, aunque duro, es el 
de escribir, allí donde se escribe para ser leído; y entre 
el tugurio en que muere de frío y hambre Imberto Gal- 
loix y el palacio resplandeciente que hace de marco á 
la ancianidad de Víctor Hugo, queda ancho campo 
donde dedicarse á parafrasear el áurea mediocritas de 
Horacio. 

Pero todo esto pasa en un mundo apartado de nos- 
otros; todo esto pasa en un mundo que nuestra gente 
de letras puede contemplar, océano por medio, un 
poco á la manera como, calle por medio, contemplará 
el pobre diablo de la buhardilla el baile que reluce 
tras los balcones del señor... Desde el momento en 
que el problema se transporta á tierra americana; 
desde que se le considera en relación con nuestro 
ambiente y nuestras cosas, sus condiciones se modifi- 
can fundamentalmente, y su solución favorable se ale- 
ja en términos que va á ocupar la región de los sueños 
de color de rosa. Como la producción literaria no 
responde, entre nosotros, á una necesidad espiritual 
de la mayoría, ni siquiera de una clase poco numerosa, 
pero de arraigada cultura y con medios para sostener, 
á modo de las viejas aristocracias, su clientela de ar - 
tistas, aquel género de producción carece casi por 
completo de valor económico. No hay lugar á temer 
que la codicia de dinero lleve á nuestros autores á un 



100 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



aplebeyamiento reprensible; no es el caso de recordar 
que «el vulgo es necio, y pues lo paga...», etc. No por- 
que se trate de un vulgo que haya dejado de ser necio, 
sino porque se trata de un vulgo que no paga. Libre 
queda el escritor, de manera que pueda gustar la vo- 
luptuosidad aristocrática de escribir para sí y de sen- 
tir que su altivo y remontado espíritu vive emancipado 
del espíritu vulgar, contentándose con esto, mientras 
resuelve cómo podría consumarse también su emanci- 
pación respecto de aquellas imposiciones de la natu- 
raleza que obligan á poner la olla al fuego, y de aque- 
llas imposiciones de la sociedad que excluyen de la 
realidad de la vida el desnudo estatuario. 

Cierto es que los que triunfan con el triunfo ideal 
de la reputación ad honorem — suelen hallar la solu- 
ción, si no dentro de las letras, por el camino de las 
letras, mediante la adaptación á la política, la cual 
tiene cómo recompensar á los espíritus que le hacen 
don de su belleza. Pero, ¡son tan pocos los que triun- 
fan! La perseverancia de la vocación ¡tan difícilmente 
subsiste, sobre obstáculos é indiferencias, hasta obte- 
ner la madurez del renombre!... Y lo que importa 
más: la política, mujer celosa, rara vez deja de exigir 
el absoluto olvido de la novia que se tuvo antes que 
ella. ¿Diréis que queda el periodismo? En sus rangos 
de retribución alentadora, el periodismo no es más 
que una manifestación de la política. En inferiores 
rangos, no constituye solución. Cuando se habla de la 
vida difícil, de la necesidad que ronda con su gesto de 
angustia, la imagen que acude á nuestro pensamiento 
es la del obrero de blusa y manos callosas. Justo es 
este recuerdo, aun tratándose de tierras donde el me- 
nestral no vive precisamente en círculos del Dante; 



EL MIIRADOR DE PROSPERO 



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pero ¡ay! (y ya sospecho que bajé de mi Olimpo): ¿y 
los obreros que no llevan blusa: el pequeño empleado, 
el periodista subalterno?... El pequeño empleado, 
sostén quizá de su casa, que con la palanca de su 
sueldo humildísimo ha de levantar la carga, ajena al 
obrero, de una dignidad social que le obliga en el 
modo de vestir y en el modo de alojarse; y el perio- 
dista subalterno, en quien la pluma no es más que la 
herramienta de un trabajo obscuro y precario, tras del 
cual no es infrecuente que se oculte un alma de escri- 
tor malograda y nostálgica... 

El Julián de Payró sabe de estas tristezas. Ha derra- 
mado en la corriente de tinta de imprimir que huye 
con el paso de cada día la savia de sus años mejores: 
los de entusiasmo, los de empuje, al cabo de los cuales 
sólo tiene la obscuridad y la pobreza. Y cuando sacu- 
de el yugo de esta esclavitud, harto desencantado para 
poner su esperanza en el libro, que no se vende; harto 
desconocido é inexperto para llevar á los altares de la 
política su pluma, Julián recurre á este arbitrio de sui- 
cida: renunciar á su personalidad, escribir para otros, 
convertirse en el proveedor de la "mediocridad y la am- 
bición necesitadas de palabras, en el memorialista de 
la ignorancia presuntuosa, de la ineptitud que busca 
toga de guardarropía con que representar en la come- 
dia del mundo... Y la veta de oro mental, de que el 
poseedor inocente no ha sabido sacar provecho, en- 
cuentra cateadores que la olfateen y utilicen . Porque 
esta facultad del estilo, esta potestad de domeñar la 
palabra, que en el verdadero escritor es vocación 
ideal, amor entrañable, la codicia el ambicioso embau- 
cador por lo que ella puede tener de instrumento con 
que captar voluntades y esgrimir mentiras, y la env¡- 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



dia el inficionado de falsa vocación literaria, por el 
halago de la vanidad. Ambos móviles de parasitismo 
esquilmador del talento llaman á las puertas del escri- 
tor miserable, con Bermúdez, que es el aspirante po- 
lítico, y con Cienfuegos, que es el falso literato. Ber- 
múdez apela á la pluma de Julián por manifiestos y 
discursos. Cienfuegos, por un poco de alma para las 
marionetas de sus dramas. Que la ayuda los ponga en 
buen camino no es razón para que la paguen de otro 
modo que con míseras dádivas y amistosas protestas : 
conducta que, por lo demás, no arguye un grado de 
maldad que exceda en mucho del vulgar egoísmo. En 
Bermúdez no ha querido caracterizarse á un malvado • 
No es seguro que lo sea el mismo Cienfuegos. Ni si- 
quiera es forzoso suponer que una ilusión de vanidad 
contribuya á que no reconozcan su valer legítimo al 
favor que reciben. Bien puede mediar sólo para ellos 
la creencia sincera del ningún sacrificio que el favor 
importa, lo que encuadra muy bien en el modo de ver 
de la generalidad. El criterio común rara vez atribuye 
su verdadero equivalente de tiempo y energía á la obra 
de la inteligencia. ¿Qué puede costarle el escribir y 
pensar al que lo profesa por oficio? ¿No ha nacido con 
el don de estas cosas? ¿No lleva dentro de sí mismo 
la mina? Si escribe para otro, ¿hará más que dar algo 
de lo que le sobra?... 

Quien no debe de opinar así es la inflexible natura- 
leza, que castiga con la enfermedad todo esfuerzo sin 
medida prudente. Porque Julián, extenuado, se enfer- 
ma..., y he aquí otro interesante sesgo para nuestras 
filosofías. Nadie niega, en tesis general, que el abuso 
en el esfuerzo del escritor implique una laceración or- 
gánica; de donde vienen pérdidas de salud tan califi- 



EL, ¡MIRADOR DE PROSPERO 



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cables de profesionales, como las que determina el 
exceso del obrero en el género de trabajo que acos- 
tumbramos á llamar material. Pero el hecho es que, 
cuando el pobre trabajador de la pluma se rinde á la 
enfermedad que lo acecha, la índole de su mal no apa- 
rece, á los ojos comunes, tan clara y patentemente 
vinculada al resultado de la dura labor, como los ma- 
les profesionales del obrero, ni obliga, por lo tanto, á 
igual conmiseración é igual piedad. No hay quien des- 
conozca, por ejemplo, que la tuberculosis de los tejedo- 
res á brazo tenga por causa la posición forzada de su 
cuerpo; que la caquexia de los cigarreros sea debida á 
la acción lenta del tabaco; que la inflamación de los 
ojos de los fogoneros proceda del fuego de la máqui- 
na; que el esputo negro de los que trabajan en la hulla 
venga del polvo del carbón; que el cólico de los mo- 
lenderos de colores y los fabricantes de objetos de 
plomo se deba á la intoxicación saturnina; que los pi- 
capedreros se vuelvan tísicos por la inhalación de las 
partículas de piedra, y las lavanderas reumáticas por 
el contacto con el frío del agua. En cambio, el jorna- 
lero del pensamiento que, tras el exceso de labor 
mental y la tortura implacable del espíritu en busca 
del señuelo con que interesar la sensibilidad ajena, 
cae herido de mal que lo mismo puede ser la neuras- 
tenia de su vecino el ocioso burgués, que la locura de 
Maupassant ó la parálisis de Heine, ése no suele lo- 
grar siquiera que su infortunio se dignifique, en la con- 
ciencia de los demás, con el reconocimiento de que es 
realmente la herida noble adquirida en lides del traba- 
jo. ¡Cabe atribuir tantas otras causas á las neuropatías 
del pobre artista; á la locura del mísero escritor, ex- 
primido y lacerado! Por ejemplo: el vivir bohemio, los 



104 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



paraísos artificiales, ios vampiros del vicio, ó, simple- 
mente, la negra elección de la fatalidad, que sumerge 
en las mismas aciagas sombras á tantos que no son 
artistas... Y luego, el argumento que está á menudo 
en labios de Mr. Bouvard y de Mr. Pécuchet: — «¿Se 
volvió loco á fuerza de forjar quimeras, ó será más 
bien que se dió á forjar quimeras porque ya era me- 
dio loco?» 

Pero Payró no se ha propuesto hacer de su Julián 
un puritano: Julián aparece, por ráfagas, desordenado 
y bohemio; el círculo que le rodea suele precipitarle 
consigo, de modo que la noche de borrascoso placer 
alterna á veces con la de sus nobles insomnios; y éste 
es rasgo de verosimilitud y de lógica humana que con- 
curre á acentuar el carácter genérico del tipo. La vida 
del artista miserable, amargado, abandonado, no es 
ni puede ser, por regla común, un ejemplo de auste- 
ridad. La bohemia sigue prevaleciendo en la real exis- 
tencia de los vencidos del arte y de ios perturbados 
por la perfidia de este divino y capitoso licor; por 
más que esté ya despoetizada y marchita como mo- 
tivo de figuración poética. Sabido es que ella tuvo su 
edad de oro, cuya vibración aun suena en los más 
finos cristales de poesía con la amargara trágica del 
Chátterton y con la gracia melancólica de Mürger. La 
disipación era admitida y justificada entonces, casi 
como una necesidad, en aquel que teniendo por man- 
dato exprimir, en la copa de la forma bella, la quinta 
esencia de la vida, precisaba conocer la vida en sus 
más intrincados laberintos y gustarla en sus más que- 
mantes sabores. Por otra parte, una concepción aris- 
tocrática de la jerarquía humana de la gente de letras, 
llevaba á facilitar su emarjei pación respecto de la ley 



EL MI & ADOR DE PROSPERO 



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moral. «Todo le es permitido al genio», se decía. Y 
así como en los primitivos tiempos cristianos hubo 
sectas heréticas que predicaron la ascensión á la supre- 
ma virtud por el camino del vicio cínico y perverso, 
porque del extremo del vicio se pasa al arrepenti- 
miento, padre de la santidad, y al hastío de los goces, 
fiador de la perseverancia, así la gloria literaria era, 
para los bohemios románticos, presea que sólo se 
alcanzaba al costo de una existencia aventurera, or- 
giástica y rebelde. Esto pasó, y ya el bohemio no se 
nos aparece consagrado por una elección fatídica, ya 
no es el «personaje reinante»; y la fe en la virtud viril 
del trabajo, la confianza en la virtud rítmica y fuerte, 
en la eficacia de la disciplina de la vida para todo gé- 
nero de aplicación mental, han recuperado sus fueros. 
Pero librémonos de extremar esta reacción, que con- 
fina con las más antipáticas limitaciones del sentimien- 
to y el juicio. Librémonos de negarnos, con rigidez 
fría y necia, á la comprensión de lo que la bohemia 
tiene de interesante, de conmovedor y de humano. 
Y esta comprensión estriba en reconocer las fuerzas 
que atraen al artista, con superior intensidad que al 
hombre común, fuera de la órbita regular de la vida. 
En primer término, la profesional hipertrofia de la sen- 
sibilidad y la imaginación, con sus excitaciones, con 
sus desequilibrios, con sus hiperestesias, y con la co- 
rrelativa reducción de toda aptitud de gobierno prác- 
tico y de orden, ya que es ley de economía orgánica 
que nuestras facultades se desenvuelvan á expensas 
las unas de las otras. Luego, el anhelo de exceder en 
la competencia de originalidad y verdad, mediante la 
aplicación de un experimentalismo artístico que opere, 
con el corazón y los sentidos propios, en los hornillos 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



del sentimiento y en los alambiques de la sensación. 
Y además, las mismas condiciones precarias del oficio, 
que, si por una parte niegan á la vida el eje consisten- 
te á cuyo alrededor ordenarla, por otra parte tien- 
tan á la angustiosa busca del olvido y al apresa- 
miento de la hora de forzada, violenta y fugitiva 
dicha. 

Salpicado de barro, nos interesa más el mártir que 
Payró nos presenta con cruda y bella realidad... Y á 
medida que la acción avanza, vemos cómo la miseria 
estrecha su cerco, cómo la usura aprieta sus anillos, 
cómo la enfermedad madura su ponzoña. El drama 
que Julián envía al empresario; la obra compuesta, al 
fin, por cuenta propia, para la reputación, para la 
vida, escolla en la repulsa. Y es la hora en que los pa- 
rásitos, los otros, triunfan, en el parlamento y en el 
teatro, con la savia quitada al ingenio inhábil y con- 
vertida en fruto por su habilidad sin ingenio. De los 
parásitos sólo llega, en esta hora, para el árbol caído, 
la ingratitud procaz ó la compasión tardía y vana. La 
expresión dramática luce á menudo, en el drama de 
Payró, toques de real inspiración y energía. «¡Sober- 
bio gusano devorador de cadáveres! >, dice Julián al 
pseudo escritor que, tras de alimentar sus falsos triun- 
fos con el auxilio obtenido de las últimas fuerzas que 
quedan al escritor verdadero, se yergue ante él, en 
actitud de orgullo. Cuando Julián, ya en los umbrales 
de la imbecilidad, habla con Ernesto, el débauché 
imbécil sin mal del cerebro, imbécil como el cualquie- 
ra que pasa, Inés prorrumpe en este grito de angustia: 
«¡Qué horror! ¡Ahora se parecen!» 

El desenlace liega. En el abandono que culmina, se 
aceleran los pasos de la vesania: lo de Maupassant, lo 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



107 



de Feval: la pluma que se inmoviliza en la mano, la 
atención que se esfuerza y se disipa, y en pos del 
escape de excitación falaz, la indiferencia, el estupor, 
y luego el aniquilamiento, la abolición casi absoluta 
de la inteligencia y la sensibilidad. « — ¿Es para siem- 
pre?— preguntan al médico. — Para siempre, sí... — 
—¿Podrá siquiera desempeñar un empleo? - Muy mo- 
desto, casi mecánico, nada intelectual. —Murió, 
pues, el artista; murió de la más negra muerte... Pero 
vive Inés, el amor, la voluntad, la discreción que le 
sostuvieron en la lucha, que recogerán ahora su ideal 
abatido; y en manos de Inés queda el inédito drama 
en que él cifraba sus anhelos de rescatar su persona- 
lidad usurpada por la vanidad y ambición de los me- 
diocres. < — ¡Oh! -dice ella, dirigiéndose al pobre en 
fermo — . Tu pensamiento vivirá, yo te lo juro. Tu 
«Anónimo» rasgará la noche, será luz. ¡El triunfo de 
los otros es el tuyo, Julián!» — Así termina el drama, 
como entreabriendo un horizonte de reparación y es- 
peranza. Sí; no dudemos de ello: merced á Inés, el 
«Anónimo» tendrá nombre y se llamará Inmortalidad. 
Pero, ¿y los que caen vencidos como él, sin dejar el 
hada benéfica que vele por su nombre y sus sueños? 
¿Y los que sucumben después de dispersar sus fuerzas, 
sin haber alcanzado á concretar la obra que, descono- 
cida ó desdeñada hoy, pueda revelarse un día como la 
«botella del náufrago» en ei poema de Vigny: la bote- 
lla en que el náufrago encierra, antes de hundirse con 
su nave, la revelación de los secretos que ha arranca- 
do á lo desconocido, arrojándola á las olas que acaso 
*a depositarán en playa habitada?... ¡Encarna, encarna, 
alma encantadora de Inés, en infinitos avatares, para 
animar el divino fuego de la esperanza en el alma del 



108 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



artista que duda; para alentar ía apelación que envía 
á la justicia del porvenir el trabajador que se rinde sin 
gloria! 

Todas estas cosas pasaron por mi mente, mientras 
la lluvia triste caía en hilos menudos, después que 
admiré el pedazo palpitante de vida que ha desen- 
trañado, en su última obra dramática, ese fuerte y no- 
ble espíritu que honra á la intelectualidad argentina y 
se llama Roberto Payró. 



DIVINA LIBERTAD 



Al margen de "Bajorrelie- 
ves", de Leopoldo Díaz. 

«¡Culto del verso por el verso; adoración estéril de 
la forma! > — siento clamar, condensándose las voces de 
reprobación y de desvío que he oído levantarse ai 
paso de este libro nuevo. — «¿Dónde está la palabra 
que nos adoctrine en nuestras dudas, que nos consue- 
le en nuestras penas, que nos estimule con sus espe- 
ranzas, en esta poesía de contornos perfectos, que sólo 
deja en nuestros labios, ansiosos del licor refrigerante, 
el contacto glacial del vaso cincelado y vacío?... Et 
poeta, abanderado en nuestras luchas, pertenece á la 
idea, pertenece á la acción, y la poesía que merece los 
triunfos y la gloria es aquella que aspira á representar, 
como algún día, en la vida de las sociedades humanas, 
una fuerza fecunda, una fuerza civilizadora.» Yo, 
que he participado, y aun participo, de esta fe en el 
sublime magisterio de la palabra de los poetas, creo, 
antes que en ninguna otra cosa, en la libertad, que 
Heme proclamó irresponsable, de su genio y de su ins- 
piración. Cuando veo que se les exige, con amenazas 



110 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



de destierro, interesarse en lo que llama la Escritura 

las disputas de los hombres, recuerdo á Schiller na- 
rrando la historia de Pegaso bajo el yugo. El generoso 
alazán, vendido por el poeta indigente, es uncido por 
groseras y mercenarias manos á las faenas rústicas, 
símbolo de la inmediata utilidad y del orden prosaico 
de la vida. El se revuelve primero para sacudir el yugo 
que desconoce, y desmaya después de humillación y 
de dolor. En vano se fatigan sus amos: le desuncen, 
convencidos de la imposibilidad de domeñarle, y le 
arrojan con desprecio como cosa inútil. Pero el anti- 
guo dueño, que vagaba triste como él, lo encuentra un 
día en su camino; sube, lleno de júbilo, entre sus alas 
desmayadas, y entonces un estremecimiento nervioso 
hace hervir el pecho del corcel rebelde á la labor; se 
despliegan sus alas, sus pupilas flamean, y tiende el 
vuelo hacia la altura con el soberbio brío, con la infi- 
nita libertad de la inspiración levantada sobre las co- 
sas de la tierra... 

¡Hermoso símbolo de la soberana independencia del 
artel Comprendiéndolo en su sentido profundo, deje- 
mos al corcel alado la voluntariedad de sus vuelos, á 
la poesía la fuerza de su libertad, y seamos siempre 
gratos al beneficio de sus dones divinos, ya se nos apa- 
rezca, como deidad armada y luminosa, en nuestras 
luchas; ya se retraiga en la dulce intimidad del senti- 
miento; ya extinga en sí la llama de la vida, como 
adurmiéndose sobre lecho de mármol, y deje sólo en 
nuestro espíritu la caricia helada de la forma! 



BOLÍVAR 



Grande en el pensamiento, grande en la acción, 
grande en la gloria, grande en el infortunio; grande 
para magnificar la parte impura que cabe en el alma 
de los grandes, y grande para sobrellevar, en el aban- 
dono y en la muerte, la trágica expiación de la gran- 
deza. Muchas vidas humanas hay que componen más 
perfecta armonía, orden moral ó estético más puro; 
pocas ofrecen tan constante carácter de grandeza y 
de fuerza; pocas subyugan con tan violento imperio 
las simpatías de la imaginación heroica. 

Cuando se considera esa soberbia personificación 
de original energía, en el medio y la hora en que apa- 
rece, se piensa que toda la espontaneidad reprimida, 
toda la luz y el color escatimados en la existencia iner- 
te de las diez generaciones sujetas al yugo colonial, se 
concentraron, por instantáneo desquite, en una vida 
individual y una conciencia única. Virtualidad infinita, 
el genio está perennemente á la espera en el fondo de 
la sociedad humana, como el rayo en las entrañas de 
la nube. Para pasar al acto, ha menester de la oca- 
sión. Su sola dependencia es la del estímulo inicial 
que lo desata y abandona á su libertad incoercible; 



112 



JOSÉ ENRIQUE RODO * 



pero ese estímulo es la condición que se reserva el 
hado, porque la trae á su hora el orden de la socie- 
dad que tienta y solicita el arranque innovador. Larga 
sucesión de generaciones pasa, acaso, sin que la ex- 
traordinaria facultad que duerme velada en formas co- 
munes tenga obra digna en que emplearse; y cuando, 
en la generación predestinada, el rebosar de una as- 
piración, ía madurez de una necesidad, traen la oca- 
sión propicia, suele suceder que !a respuesta al silen- 
cioso llamamiento parta de una vida que ha empeza- 
do á correr, ignorante de su oculta riqueza, en un sen- 
tido extraño á aquel que ha de transfigurarla por la 
gloria. 

Algo de esta súbita exaltación hay en el heroísmo 
de Bolívar. Desde que su conciencia se abrió al mun- 
do, vió acercarse el momento de la Revolución, par- 
ticipando de los anhelos que la preparaban en la se- 
creta agitación de los espíritus; pero ese vago hervor 
de su mente no imprimió carácter á una juventud que, 
en su parte expresiva y plástica, tuvo un sello distinto 
del que se buscaría como anuncio de las supremas 
energías de la acción. Su primer sueño fué de belleza, 
de magnificencia y de deleite. Si las fatalidades de la 
historia hubieran puesto fuera de su época la hora de 
la emancipación, habría llevado la vida de gran señor, 
refinado é inquieto, que prometía mientras repartió su 
tiempo entre sus viajes, el retiro de su hacienda de 
San Mateo y la sociedad de la Caracas palaciana y 
académica de los últimos días de la colonia. Algún 
destello del alma de Alcibíades parece reflejarse en el 
bronce de esa figura de patricio mozo y sensual, po- 
seedor inconsciente de la llama del genio, en quien la 
atmósfera de la Europa inflamada en el fuego de las 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



113 



primeras guerras napoleónicas excitó el sentimiento de 
la libertad política, como una inclinación de superio- 
ridad y de nobleza, llena del tono clásico, y hostil, 
por su más íntima substancia, á toda afición demagó- 
gica y vulgar. Aun no anunciaba en aquel momento la 
gloria, pero sí el brillo que la remeda allí donde no 
hay espacio para más. Uníanse en la aureola de su ju- 
ventud el lustre de la cuna, los medios del pingüe pa- 
trimonio, todos los dones de la inteligencia y de la cor- 
tesanía, realzados por el fino gusto literario y la pa- 
sión del bello vivir. Y esta primera corteza de su per- 
sonalidad no desapareció enteramente con la revela- 
ción de su profunda alma ignorada. «Varón estético», 
como se dijo de Platón y como puede extenderse á 
toda una casta de espíritus, continuó siéndolo cuando 
el genio lo llevó á sus alturas; y héroe, tuvo la elegan- 
cia heroica: la preocupación del gesto estatuario, del 
noble ademán, de la actitud gallarda é imponente, que 
puede parecer histriónica á los que no hayan llegado 
á una cabal comprensión de su personalidad, pero que 
es rasgo que complementa de manera espontánea y 
concorde la figura de estos hombres de acción en 
quienes el genio de la guerra, por la finalidad visiona- 
ria y creadora que lo mueve, confina con la naturaleza 
del artista y participa de la índole de sus pasiones. — 
¿No ha asimilado Taine, en riguroso anáfisis de psico- 
logía, la espada de Napoleón al cincel escultórico de 
Miguel Angel, como instrumentos de una misma fa- 
cultad soberana, que ejercita el uno en las entrañas in- 
sensibles del mármol y el otro en las animadas y do- 
lientes de la realidad...? 

Así aparece desde el día en que selló sus esponsa- 
les con la vocación, que ya le enamoraba é inquietaba, 

8 



114 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



cuando, de paso para Roma, sube, como arrebatado 
de un numen, á la soledad del Aventino, á cuyos pies 
mira extenderse el vasto mar de recuerdos de libertad 
y de grandeza; y como hablando á la conciencia de 
esta antigüedad, jura libertar un mundo. Así aparece 
luego, en Caracas, cuando, entre el espanto del terre- 
moto que despedaza la ciudad en vísperas de la Revo- 
lución, levanta, sobre las ruinas convulsas de la iglesia 
de San jacinto, su figura nerviosa y altanera, y allí, en 
presencia de un español despavorido, prorrumpe en 
las soberbias palabras, á cuyo lado palidece la impre- 
cación famosa de Ayax de Telamón: «¡Si la naturaleza 
se opone, lucharemos contra ella y la someteremos!» — 
En la batalla, en el triunfo, en la entrada á las ciuda- 
des, en el ejercicio del poder ó entre las galas de la 
fiesta, siempre luce en él el mismo instintivo senti- 
miento de esa que podemos llamar la forma plástica 
del heroísroo y de la gloria. Concertando la febril ac- 
tividad de una guerra implacable, aun queda huelgo 
en su imaginación para honrar, por estilo solemne, la 
memoria y el ejemplo de los suyos, en pompas como 
aquella procesión, semejante á una ceremonia pagana, 
que llevó triunfalmente el corazón de Girardot, en 
urna custodiada por las armas del Ejército, desde el 
Bárbula, donde fué la muerte del héroe, hasta Cara- 
cas. En la memoria de sus contemporáneos quedó im- 
presa la majestad antigua del gesto y el porte con 
que, constituida Colombia, penetró al recinto de la 
primera asamblea, á resignar en ella el mando de los 
pueblos. Ante las cosas soberanas y magníficas del 
mundo material experimenta una suerte de emulación, 
que le impulsa á hacer de modo que éntre él mismo á 
formar parte del espectáculo imponente y á señorear- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



115 



lo como protagonista. En su ascensión del Chimbora- 
zo, que interpreta la retórica violenta, pero sincera, en 
su énfasis, del «Delirio», se percibe, sobre todo otro 
sentimiento, el orgullo de subir, de pisar la frente del 
coloso, de llegar más arriba que La Condamine, más 
arriba que Húmboldt, adonde no haya huella antes de 
la suya. Otra vez, se acerca á admirar la sublimidad 
del Tequendama. Allí su espíritu y la naturaleza com- 
ponen un acorde que lo exalta como una influencia de 
Dionysos. Cruzando la corriente de las aguas, y en el 
preciso punto en que ellas van á desplomarse, hay una 
piedra distante de la orilla el justo trecho que abarca 
el salto de un hombre. Bolívar, sin quitarse sus botas 
de tacón herrado, se lanza de un ímpetu á aquella 
piedra bruñida por la espuma, y tomándola de pedes- 
tal, yergue la cabeza, incapaz de vértigo, sobre el vo- 
raz horror del abismo. 

Era la continuación, transfigurada según conviene á 
la grandeza heroica, de aquel mismo carácter de su 
juventud que le hizo escribir, mientras deshojaba en 
las cortes europeas las rosas de sus veinte años, esta 
confesión de una carta á la Baronesa de Trobriand: 
«Yo amo menos los placeres que el fausto, porque me 
parece que el fausto tiene un falso aire de gloria». Y 
esto venía tan del fondo de su naturaleza que, en 
rigor, nunca hubo carácter más inmune de todo ama- 
ño y remedo de afectación. Nunca le hubo, en gene- 
ral, más espontáneo é inspirado. Todo es iluminación 
en sus propósitos; todo es arrebato en su obra. Su es- 
píritu es de los que manifiestan la presencia de esa 
misteriosa manera de pensamiento y de acción, que 
escapa á la conciencia del que la posee, y que, subli- 
mando sus efectos muy por arriba del alcance de la 



116 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



intención deliberada y prudente, vincula las más altas 
obras del hombre á esa ciega fuerza del instinto, que 
labra la arquitectura del panal, orienta el ímpetu del 
vuelo, y asegura el golpe de la garra. Así, para sus 
victorias le valen el repentino concebir y el fulminan- 
te y certero ejecutar. Y en la derrota, una especie de 
dón anteico, como no se ve en tal grado en ningún 
otro héroe; una extraña virtud de agigantarse más 
cuanto más recia fué y más abajo la caída; una como 
asimilación tonificante de los jugos de la adversidad y 
del oprobio: no en virtud del aleccionamiento de la 
experiencia, sino por la reacción inconsciente é inme- 
diata de una naturaleza que desempeña en ello su ley. 
Su fisonomía guerrera tiene en este rasgo el sello que 
la individualiza. Bien lo significó el español Morillo en 
pocas palabras. «Más temible vencido que vencedora 
Sus campañas no son el desenvolvimiento gradual y 
sistemático de un plan de sabiduría y reflexión, que 
proceda por partes, reteniendo y asegurando lo ya 
dejado atrás, y proporcionando las miras del arrojo á 
la juiciosa medida de las fuerzas. Son como enormes 
embestidas, como gigantescas oleadas, que alternan, 
en ritmo desigual, con tumbos y rechazos no menos 
violentos y espantables, desplomándose de súbito el 
esfuerzo que culminaba avasallador, para resurgir muy 
luego, en otra parte, y de otro modo, y con más brío, 
hasta que un impulso más pujante ó certero que los 
otros sobrepasa el punto de donde ya no puede tomar 
pendiente el retroceso, y entonces la victoria persiste, 
y crece, y se propaga, como las aguas de la inunda- 
ción, y de nudo en nudo de los Andes cada montaña 
es un jalón de victoria. Nadie ha experimentado más 
veces, ni en menos tiempo, la alternativa del triunfo 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



117 



con visos y honores de final, y el anonadamiento y el 
desprestigio sin esperanzas— para los otros — de le- 
vante. Revolucionario fracasado y proscrito, falto de 
superior renombre y de medios materiales de acción, 
se alza de un vuelo al pináculo de la fama militar y de 
la autoridad caudillesca con aquella asombrosa cam- 
paña de 1813, que inicia á la cabeza de medio millar 
de hombres, y que le lleva, en ciento y tantos días de 
arrebato triunfal, desde las vertientes neogranadinas 
de los Andes hasta el palacio de los capitanes de Ca- 
racas, donde sobre lo transitorio de honores y pode- 
res, vincula para siempre á su nombre su título de 
Libertador. Aun no ha transcurrido un año de esto, y 
las costas del mar Caribe le miran fugitivo, abando- 
nado y negado por los suyos; vuelta en humo, al pare- 
cer, toda aquella gloria, que ni aun le defiende de la ira 
con que le acusany de la ingratitud con que le afrentan. 
Y cuando se busca adonde ha ido á abismar su humi- 
llación, vésele de nuevo en lo alto, empuñando el timón 
de la Nueva Granada, que desfallecía, entrando con la 
libertad á Bogotá, como antes á Caracas...; y apenas se 
ha doblado esta página, aparece otra vez desobedecido 
y forzado á abandonar en manos de un rival obscuro 
las armas con que se aprestaba á entrar en Venezuela; 
y entonces su reaparición es en Haití, de donde, con 
el mismo propósito, sale acaudillando una expedición 
que por dos veces toma tierra cerca de Caracas y las 
dos veces acaba en rechazo, y la última, en nueva 
ruina de su poder y de su crédito, entre denuestos de 
la plebe y altanerías de la emulación ambiciosa. 

Pero la natural autoridad que emana de él es una 
fuerza irresistible, como toda voluntad de la Natura- 
leza, y poco tiempo pasa sin que aquella grita se 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



acalle, sin que sus émulos le reconozcan y obedezcan, 
sin que los destinos de la Revolución estén de nuevo 
en sus manos, desde la Guayan i, donde Piar ha ase- 
gurado el respaldar de las futuras campañas, hasta los 
llanos del Apure, donde hierven las montoneras de 
Páez. Funda gobierno, guerrea, sofoca todavía rebe- 
liones de los suyos; la adversidad le persigue implaca- 
ble en La Puerta, en Ortiz, en el Rincón de los Toros; 
y una noche, después de la última derrota, un hombre, 
sin compañero ni caballo, huye escondiéndose en la 
espesura de los bosques, hasta que, á la luz de la 
aurora, reúne una escolta de jinetes dispersos, con los 
que orienta su camino. Es Bolívar, que, perdidos su 
ejército y su autoridad, marcha — ¿qué mucho, siendo 
él? — á forjarse nueva autoridad y nuevo ejército. No 
tardará en conseguir lo uno y lo otro: la autoridad, 
robustecida por la sanción de una asamblea que le da 
el sello constitucional; el ejército, más regular y orga- 
nizado que cuantos tuvo hasta entonces. 

Este es el momento en que su constancia inquebran- 
table va á subyugar y volver en adhesión firmísima las 
desigualdades de la suerte. La iluminación de su genio 
le muestra asegurados los destinos de la Revolución 
con la reconquista de la Nueva Granada. Para recon- 
quistar la Nueva Granada es menester escalar los An- 
des, luego de pasar ciéiagas extensas, ríos caudalosos; 
y es la estación de invierno, y tamaña empresa se aco- 
mete con un ejército punto menos que desnudo. Otros 
pasos de montaña puede haber más hábiles y de más 
ejemplar estrategia; ninguno tan audaz, ninguno tan 
heroico y legendario. Dos mil quinientos hombres su- 
ben por las pendientes orientales de la Cordillera, y 
bajan por las dé Occidente menor número de espec- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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tros, y estos espectros son de los que eran fuertes del 
cuerpo y del ánimo, porque los débiles quedaron en 
la nieve, en los torrentes, en la altura donde falta el 
aire para el pecho. Y con los espectros de los fuertes 
se gana Boyacá, que abre el camino de la altiplanicie 
donde Colombia ha de fijar su centro, y de vuelta de 
la altiplanicie se gana Carabobo, que franquea hacia 
Oriente el paso de Caracas, y desde ese instante el 
dominio español ha perecido en cuanto va de las bo- 
cas del Orinoco hasta el istmo de Panamá. Desde ese 
instante, á los altibajos de aquella guerra de angustio- 
sa incertidumbre sucede como un declive irresistible 
que la victoria, rendida y hechizada, hace con sus bra- 
zos, inclinados al Sur, para que el torrente de las ar- 
mas emancipadoras corra á confundirse con aquel otro 
que avanza, desde los Andes argentinos, anunciando 
su avenida por los ecos de las dianas triunfales de Cha- 
cabuco y de Maipo. Colombia ha completado sus fron- 
teras, después que ha puesto bajo «el manto del iris» 
los volcanes del Ecuador, y es libre para siempre. Pero 
aun queda para Bolívar lidiar por América, que es más 
su patria que Colombia. San Martín está frente á él, 
lauro para lauro. La gloria de lo que falta por hacer 
no es ambición compartible. Cuando se trata de de- 
terminar cuál ha de gozarla de los dos, bastan, de una 
parte, la conciencia de la superioridad, y de otra par- 
te, el leal y noble acatamiento de ella. Bolívar será 
quien corone, como las campañas del Norte, las del 
Sur. Y como en Bogotá, como en Caracas, como en 
Quito, entra en Lima, en ei Cuzco, en La Paz, el liber- 
tador de América; y mientras el último ejército espa- 
ñol, numeroso y fuerte, se apresta á esperarle, y él se 
consagra á apercibir el suyo, enferma, y doliente toda- 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



vía oye que le preguntan: — «¿Qué piensa usted hacer 
ahora?» — «Triunfar», contesta con sencillez de espar- 
ciata. Y triunfa; triunfa después de cruzar las gargan- 
tas de los Andes, á la altura del cóndor, como en las 
vísperas de Boyacá, que ahora reproduce junín; y con 
el impulso de Junín triunfa, por el brazo de Sucre, en 
Ayacucho, donde catorce generales de España entre- 
gan, al alargar la empuñadura de sus espadas rendi- 
das, los títulos de aquella fabulosa propiedad que 
Colón pusiera, trescientos años antes, en manos de 
Isabel y Fernando. Cumplida está la obra de Bolívar; 
pero aun rebosan sobre ella la aspiración y los heroicos 
alientos. Aun sueña el héroe con más; aun querría lle- 
gar á las márgenes del Plata, donde padece bajo la 
conquista un pueblo arrancado á la comunidad triun- 
fante en Ayacucho; ser, también para él, el Libertador; 
arrollar hasta la misma corte del Brasil las huestes im- 
periales, fundar allí la república, y remontando la co- 
rriente del Amazonas, como Alejandro los ríos miste- 
riosos de Oriente, cerrar la inmensa elipse de gloria 
en suelo colombiano, é ir á acordar y presidir la armo- 
nía perenne de su obra, en la asamblea anfictiónica de 
Panamá. 

El conjunto de este tempestuoso heroísmo es de un 
carácter singular é inconfundible en la historia. Lo es 
por el enérgico sello personal del propio héroe, y lo 
es también por la vinculación estrecha é indisoluble de 
su acción con cien íntimas peculiaridades del ambien- 
te en que se genera y desenvuelve. Y ésta constituye 
una de las desemejanzas que abren tan ancho abismo 
entre Bolívar y el que con él comparte, en América, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



121 



la gloría del libertador. San Martín podría salir de su 
escenario sin descaracterizarse, ni desentonar dentro de 
otros pueblos y otras epopeyas. Su severa figura cam- 
biaría, sin disconveniencia, el pedestal de los Andes 
por el de los Pirineos, los Alpes ó los Rocallosos. 
Imaginémoslo al lado de Turena: valdría para herede- 
ro de su espada previsora y segura y de su noble y 
sencilla gravedad. Transportémosle junto á Washing- 
ton: podría ser el más ilustre de sus conmilitones y el 
más ejemplar de sus discípulos. Pongámosle en las 
guerras de la Revolución y del Imperio: llenaría el lu- 
gar del abnegado Hoche, cuando se malogra, ó del 
prudente Moreau, cuando sale proscrito. Es, conside- 
rado aparte del gran designio á que obedece, el tipo 
de abstracción militar que encuentra marco propio en 
todo tiempo de guerra organizada, porque requiere, 
no la originalidad del color, sino el firme y simple di- 
bujo de ciertas superiores condiciones de inteligencia 
y voluntad, que el carácter humano reproduce sobre 
las diferencias de razas y de siglos. En cambio, la figu- 
ra de Bolívar no sufre otra adaptación que la real. 
Fuera de la América nuestra y lidiando por otra liber- 
tad que la nuestra, quedaría desvirtuada ó trunca. Bo- 
lívar, el revolucionario, el montonero, el general, el 
caudillo, el tribuno, el legislador, el presidente..., todo 
á una y todo á su manera, es una originalidad irredu 
cible, que supone é incluye la de la tierra de que se 
nutrió y los medios de que dispuso. Ni guerrea como 
estratégico europeo, ni toma, para sus sueños de fun- 
dador, más que los elementos dispersos de las institu- 
ciones basadas en la experiencia ó la razón universal, 
ni deja, en su conjunto, una imagen que se parezca á 
cosa de antes. Por eso nos apasiona y nos subyuga, y 



122 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



será siempre el héroe por excelencia representativo 
de la eterna unidad hispano-americana. Más en grande 
y más por lo alto que los caudillos regionales, en quie- 
nes se individualizó la originalidad semibárbara, per- 
sonifica lo que hay de característico y peculiar en 
nuestra historia. Es el barro de América atravesado 
por el soplo del genio, que transmuta su aroma y su 
sabor en propiedades del espíritu, y hace exhalarse de 
él, en viva llama, una distinta y original heroicidad. 

La revolución déla independencia sur-americana, 
en los dos centros donde estalla y de donde se di- 
funde: el Orinoco y el Plata, manifiesta una misma 
dualidad de carácter y de formas. Comprende, en 
ambos centros, la iniciativa de las ciudades, que es 
una revolución de ideas, y el levantamiento de los 
campos, que es una rebelión de instintos. En el es- 
píritu de las ciudades, la madurez del desenvolvimien- 
to propio y las influencias reflejadas del mundo, tra- 
jeron la idea de la patria como asociación política, 
y el concepto de la libertad practicable dentro de 
instituciones regulares. Deliberación de asambleas, 
propaganda oratoria, milicias organizadas, fueron los 
medios de acción. Pero en los dilatados llanos que se 
abren desde cerca del valle de Caracas hasta las már- 
genes del Orinoco, y en las anchurosas pampas inter- 
puestas entre los Andes argentinos y las orillas del 
Paraná y el Paraguay, así como en las cuchillas que 
ondulan, al oriente del Uruguay, hacia el Océano, la 
civilización colonial, esforzándose en calar la entraña 
del desierto, el cual le oponía por escudo su extensión 
infinita, sólo había alcanzado á infundir una población 
rala y casi nómade, que vivía en semibarbarie pastoril, 
no muy diferentemente del árabe beduino ó del he- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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breo de tiempos de Abraham y Jacob; asentándose, 
más que sobre la tierra, sobre el lomo de sus caballos, 
con los que señoreaba las vastas soledades tendidas en- 
tre uno y otro de los hatos del Norte y una y otra de 
las estancias del Sur. El varón de esta sociedad, apenas 
solidaria ni coherente, es el llanero de Venezuela, el 
gaucho del Plata, el centauro indómito esculpido por 
los vientos y soles del desierto en la arcilla amasada 
con sangre del conquistador y del indígena; hermosí- 
simo tipo de desnuda entereza humana, de heroísmo 
natural y espontáneo, cuya genialidad bravia estaba 
destinada á dar una fuerza de acción avasalladora, y 
de carácter plástico y color, á la epopeya de cuyo 
seno se alzarían triunfales los destinos de América. 
En realidad, esta fuerza era extraña, originariamente, 
á toda aspiración de patria constituida y toda noción 
de derechos políticos, con que pudiera adelantarse, 
de manera consciente, á tomar su puesto en la lucha 
provocada por los hombres de las ciudades. Artigas, 
al Sur, la vinculó desde un principio á las banderas 
de la Revolución; Boves y Yáñez, al Norte, la desata- 
ron á favor de la resistencia española, y luego Páez, 
allí mismo, la ganó definitivamente para la causa ame- 
ricana. Porque el sentimiento vivísimo de libertad que 
constituía la eficacia inconjurable de aquella fuerza 
desencadenada por la tentación de la guerra, era el 
de una libertad anterior á cualquier género de senti- 
miento político y aun patriótico: la libertad primitiva, 
bárbara, crudamente individualista, que no sabe de 
otros fueros que los de la naturaleza, ni se satisface 
sino con su desate incoercible en el espacio abier- 
to, sobre toda valla de leyes y toda coparticipación 
de orden social; la libertad de la banda y de la horda; 



124 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



esa que, en la más crítica ocasión de la historia hu- 
mana, acudió á destrozar un mundo caduco y á mecer 
sobre las ruinas la cuna de uno nuevo, con sus ráfagas 
de candor y energía. La sola especie de autoridad 
conciliable con esle instinto libérrimo era la autoridad 
personal capaz de guiarlo á su expansión más franca 
y domeñadora por los prestigios del más fuerte, del 
más bravo ó del más hábil; y así se levantó, sobre las 
multitudes inquietas de los campos, la soberanía del 
caudillo, como la del primitivo jefe germano que con- 
gregaba en torno de sí su vasta familia guerrera sin 
otra comunidad de propósitos y estímulos que la ad- 
hesión filial á su persona. Conducida por la autoridad 
de los caudillos, aquella democracia bárbara vino á 
engrosar el torrente de la Revolución, adquirió el 
sentimiento y la conciencia de ella, y arrojó en su 
seno el áspero fermento popular que contrastase las 
propensiones oligárquicas de la aristocracia de las 
ciudades, al mismo tiempo que imprimía en las for- 
mas de la guerra el sello de originalidad y pintoresco 
americanismo que las determinase y diferenciara en la 
historia. Frente al ejército regular, ó en alianza con 
él, aparecieron la táctica y la estrategia instintivas de 
la montonera, que suple los efectos del cálculo y la 
disciplina con la crudeza del valor y con la agilidad 
heroica; el guerrear para que son únicos medios esen- 
ciales el vivo relámpago del potro, apenas domado y 
unimismándose casi con el hombre en un solo orga- 
nismo de centauro, y la firmeza de la lanza esgrimida 
con pulso de titán en las formidables cargas que de- 
voran la extensión de la sumisa llanura. 

Bolívar subordinó á su autoridad y su prestigio esta 
fuerza, que complementaba la que él traía originaria- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



125 



mente en ideas, en espíritu de ciudad, en ejército 
organizado. Abarcó dentro de su representación he- 
roica la de esa mitad original é instintiva de la Revo- 
lución americana, porque se envolvió en su ambiente 
y tuvo por vasallos á sus inmediatas personificaciones. 
Páez, el intrépido jefe de llaneros, le reconoce y pone 
sobre sí desde su primera entrevista, cuando él viene 
de rehacer su prestigio perdido con la infausta expe- 
dición de los Cayos; y en adelante las dos riendas de 
la Revolución están en manos de Bolívar; y la azarosa 
campaña de 1817 á 1818 muestra, concertados, los 
recursos del instinto dueños del terreno y los de la 
aptitud guerrera superior y educada. En los extensos 
llanos del Apure, el Libertador convive y conmilita 
con aquella soldadesca primitiva y genial, que luego 
ha de darle soldados que le sigan en la travesía de los 
Andes y formen ía vanguardia con que vencerá en 
Carabobo. Tenía, para gallardearse en ese medio, la 
condición suprema, cuya posesión es título de supe- 
rioridad y de dominio, como es su ausencia nota de 
extranjería y de flaqueza: la condición de maestrísimo 
jinete, de insaciable bebedor de los vientos sobre el 
caballo suelto á escape, tras el venado fugitivo, ó por 
la pura voluptuosidad del arrebato, tras la fuga ideal 
del horizonte. El Alcibíades, el escritor, el diplomá- 
tico de Caracas era, cuando cuadraba la ocasión, el 
gaucho de las pampas del Norte: el llanero*. 

Este contacto íntimo con lo original americano no 
se dió nunca en San Martín. El capitán del Sur, apar- 
tado de América en sus primeros años y vuelto á 
edad ya madura, sin otra relación con el ambiente, 
durante tan dilatado tiempo, que la imagen lejana, 
bastante para mantener y acrisolar la constancia del 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



amor, pero incapaz para aquel adobo sutil con que se 
infunde en la más honda naturaleza del hombre el aire 
de la patria, realizó su obra de organizador y de es- 
tratégico sin necesidad de sumergirse en las fuentes 
vivas del sentimiento popular, donde la pasión de 
libertad se desataba con impulso turbulento é indómi- 
to, al que nunca hubiera podido adaptarse tan rígido 
temple de soldado. La accidental cooperación con las 
montoneras de Güemes no acortó estas distancias. En 
el Sur, la Revolución tiene una órbita para el militar, 
otra para el caudillo. El militar es San Martín, Bel- 
grano ó Rondeau. El caudillo es Artigas, Güemes ó 
Lópe2. Uno es el que levanta multitudes y las vincula 
á su prestigio personal y prof ético, y otro el que 
mueve ejércitos de línea y se pone con ellos al servi- 
cio de una autoridad civil . 

En Bolívar ambas naturalezas se entrelazan, ambos 
ministerios se confunden. Artigas más San Martín: 
eso es Bolívar. Y aun faltaría añadir los rasgos de 
Moreno, para la parte del escritor y del tribuno. Bo- 
lívar encarna, en la total complejidad de medios y de 
formas, la energía de la Revolución, desde que, en sus 
inciertos albores, la abre camino como conspirador y 
como diplomático, hasta que, declarada ya, remueve 
para ella los pueblos con la autoridad del caudillo, 
infunde el verbo que la anuncia en la palabra hablada 
y escrita, la guía hasta sus últimas victorias con la 
inspiración del genio militar, y finalmente la organiza 
como legislador y la gobierna como político. 

Valióle para tanto su natural y magnífica multipli- 
cidad de facultades. El genio, que es á menudo unidad 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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simplísima, suele ser también armonía estupenda. Ve- 
ces hay en que esa energía misteriosa se reconcentra 
y encastilla en una sola facultad, en una única poten- 
cia del alma, sea ésta la observación, la fantasía, el 
pensamiento discursivo, el carácter moral ó la volun- 
tad militante; y entonces luce el genio de vocación 
restricta y monótona, que, si nació para la guerra, 
guerrea silencioso, adusto é incapaz de fatiga, como 
Carlos XII, el de Suecia; si para el arte, pasa la vida 
como Flaubert, en un juego de belleza, mirando con 
indiferencia de niño las demás cosas del mundo; y si 
para el pensamiento, vive en la exclusiva sociedad de 
las ideas, como Ka ni, en inmutable abstracción de so- 
námbulo. La facultad soberana se magnifica restando 
lugar y fuerza á las otras, y levanta su vuelo, como 
águila solitaria y señera, sobre la yerma austeridad del 
paisaje interior. Pero no pocas veces, lejos de obrar 
como potestad celosa y ascética, obra á modo de con- 
juro evocador ó de simiente fecunda; para su confiden- 
cia y complemento, suscita vocaciones secundarias 
que rivalizan en servirla, y como si tras el águila del 
parangón se remontaran, de los abismos y eminencias 
del alma, otras menores que la hicieran séquito, la po- 
tencia genial se despliega en bandada de aptitudes 
distintas, que rompen concertadamente el espacio en 
dirección á una misma cúspide. A esta imagen corres- 
ponden los genios complejos y armoniosos; aquellos 
en quienes toda la redondez del alma parece encendi- 
da en una sola luz de elección; ya ocupe el centro de 
esa redondez la imaginación artística, como en Leo- 
nardo; ya la invención poética, como en Goethe; ya, 
como en César ó Napoleón, la voluntad heroica. Tanto 
más galiardatiuente descuella la arquitectónica mental 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



de estos espíritus múltiples, cuando la vocación ó fa- 
cultad que lleva el cetro en ellos, — el quilate-rey, si 
recordamos á Gracián, — halla cómo orientarse, de ma- 
nera firme y resuelta, en una grande y concentrada 
obra, en una idea constante que le imprima fuerte uni- 
dad y en la que puedan colaborar á un mismo tiempo 
todas las aptitudes vasallas, de suerte que aparezca 
operando, en el seno de aquella unidad enérgica, la va- 
riedad más rica y concorde. 

De esta especie genial era Bolívar. Toda actividad 
de su grande espíritu, toda manera de superioridad 
que cabe en él, se subordina á un propósito final y 
contribuye á una obra magna: el propósito y la obra 
del libertador; y dentro de esta unidad coparticipan, 
en torno á la facultad central y dominante, que es la 
de la acción guerrera, la intuición del entendimiento 
político, el poder de !a aptitud oratoria, el don del es- 
tilo literario. Como entendimiento político, nadie, en 
la revolución de América, lo tuvo más en grande, más 
iluminado y vidente, más original y creador; aunque 
no pocos de sus contemporáneos le excedieran en el 
arte concreto del gobierno y en el sentido de las rea- 
lidades cercanas. El, con más claridad que el presente, 
veía el porvenir. Desde jamaica, en 1815, aún lejano 
y obscuro el término de !a Revolución, escribe aquella 
asombrosa carta, ardiente de relámpagos proféticos, 
en que predice la suerte de cada uno de los pueblos 
hispano-americanos después de su independencia, va- 
ticinando así la vida de ordenado sosiego de Chile 
como el despotismo que ha de sobrevenir en el Plata 
con Rozas. El sistema de organización propuesto en 
1819 al Congreso de Angostura manifiesta, á vuelta 
de lo que tiene de híbrido y de utópico, la crítica pe- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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netrante y audaz de los modelos políticos que propor- 
cionaba la experiencia, y una facultad constructiva, en 
materia constitucional, que busca su apoyo en la 
consideración de las diferencias y peculiaridades del 
ambiente á que ha de aplicarse. Esta facultad toma 
aún mayor vuelo y carácter en la constitución bolivia- 
na, extendida luego al Perú, obra del apogeo de su 
genio y de su fortuna, donde los sueños de su ambi- 
ción forman extraño conjunto con los rasgos de una 
inventiva innovadora que ha merecido la atención y el 
análisis de los constitucionalistas, como la idea de un 
«poder electoral», seleccionado del conjunto de los 
ciudadanos, en la proporción de uno por diez, al que 
correspondería elegir ó proponer los funcionarios pú- 
blicos. 

Con estos planes constitucionales compartía la ac- 
tividad de su pensamiento, en los días de la plenitud 
de su gloria, la manera de realizar su vieja aspiración 
de unir en firme lazo federal los nuevos pueblos de 
América, desde el Golfo de Méjico hasta el Estrecho 
de Magallanes. No concurre en el Libertador mereci- 
miento más glorioso, si no es la realización heroica de 
la independencia, que la pasión ferviente ccn que sin- 
tió la natural hermandad de los pueblos norte-ameri- 
canos y la inquebrantable fe con que aspiró á dejar 
consagrada su unidad ideal por una real unidad polí- 
tica. Esta idea de unidad no era en él diferente de la 
idea de la emancipación: eran dos fases de un mismo 
pensamiento; y así como ni por un instante soñó con 
una independencia limitada á los términos de Vene- 
zuela ni de los tres pueblos de Colombia, sino que 
siempre vió en la entera extensión del Continente el 
teatro indivisible de la Revolución, nunca creyó tam- 

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JOSÉ ENRIQUE RODO 



poco que la confraternidad para la guerra pudiese 
concluir en el apartamiento que consagran las fronte- 
ras internacionales. La América emancipada se repre- 
sentó, desde el primer momento, á su espíritu, como 
una indisoluble confederación de los pueblos: no en el 
vago sentido de una amistosa concordia ó de una 
alianza dirigida á sostener el hecho de la emancipa- 
ción, sino en el concreto y positivo de una organiza- 
ción que levantase á común conciencia política las 
autonomías que determinaba la estructura de los di- 
sueltos virreinatos. En el Istmo de Panamá, donde las 
dos mitades de América se enlazan y los dos océanos 
se acercan, creía ver la situación predestinada de la 
asamblea federal en que la nueva anfictionía erigiese su 
tribuna, como la anfictionía de Atenas en el Istmo de 
Corinto. Desde que, ocupando á Caracas después de 
la campaña de 1813, gobierna por primera vez en 
nombre de América, asoma ya en su política esta idea 
de la unidad continental, que ha de constituir el supre- 
mo galardón á que aspire cuando vencedor y arbitro 
de un mundo. La realidad inmediata negóse á acoger 
su sueño: mil fuerzas de separación que obraban en el 
roto imperio colonial, desde la inmensidad de las dis- 
tancias físicas, sin medios regulares de comunicación, 
hasta las rivalidades y las desconfianzas de pueblo á 
pueblo, ya fundadas en una relativa oposición de inte- 
reses, ya en el mantenimiento de prepotencias perso- 
nales, volvían prematuro y utópico el grande pensa- 
miento, que aun hoy se dilata más allá del horizonte 
visible; y ni siquiera la unidad parcial de Colombia al- 
canzó á subsistir. ¿Qué importa? La visión genial no 
dejaba de anticipar por ello la convergencia necesa- 
ria, aunque haya de ser difícil y morosa, de los des- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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tinos de estos pueblos: la realidad triunfal é inelucta- 
ble de un porvenir que, cuanto más remoto se imagi- 
ne, tanto más acreditará la intuición profética de la 
mirada que llegó hasta él. 

En lo formal y orgánico, la unidad intentada por 
Bolívar no será nunca más que un recuerdo histórico; 
pero debajo de esta corteza temporal está la virtud 
perenne de la idea. Cuando se glorifica en Mazzini, en 
D'Azeglio ó en Gioberti la fe anunciadora y propa- 
gadora de la Italia una, no se repara en las maneras 
de unión que propusieron, sino en el fervor eficaz con 
que aspiraron á lo esencial del magno objetivo. Con 
más ó menos dilación, en una ú otra forma, un lazo 
político unirá un día á los pueblos de la América 
nuestra, y ese día será el pensamiento del Libertador 
el que habrá resurgido y triunfado, y será su nombre 
el que merecerá, antes que otro alguno, cifrar la gloria 
de tan alta ocasión. El régimen del consulado vitalicio, 
que Bolívar preconizaba, no podía resolver, ni el pro- 
blema de la confederación de estos pueblos, ni el de 
su organización interior. Era un desvirtuado simulacro 
de república; pero en este punto debe decirse que si 
Bolívar no llegó á la aceptación franca y cabal del sis- 
tema republicano, con su esencialísimo resorte de la 
renovación del cargo supremo, sostuvo siempre — y es 
indisputable gloria suya — el principio republicano en 
oposición á la monarquía, de cuyo lado lo solicitaban 
las opiniones más prudentes y valiosas, y que era el 
ideal de gobierno con que venía del Sur, en cumpli- 
miento del programa político de Buenos Aires, la 
triunfadora espada de San Martín. La república ínte- 
gra y pura tuvo en la América revolucionaria, y desde 
el primer momento de la Revolución, un partidario 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



fidelísimo y un mantenedor armado: nada más que 
uno, y éste fué Artigas; pero aun no se sabe bien, fue- 
ra del pueblo que vela dentro de su alma esa tradi- 
ción gloriosa, porque acontece que algunos de los as- 
pectos más interesantes y reveladores de la revolu- 
ción del Río de la Plata, ó no están escritos ó no están 
propagados. Yo lo pensaba hace poco leyendo el re- 
sumen, admirable de perspicuidad y precisión, que de 
los orígenes de la América contemporánea hizo, en 
sus recientes conferencias de Madrid, el alto y noble 
talento de Rufino Blanco Fombona. Dícese allí que la 
revolución del extremo Sur nació y se mantuvo en un 
ambiente de ideas monárquicas; y es relativa verdad, 
porque no se cuenta con Artigas, y la revolución del 
extremo Sur es, en efecto, una revolución monárqui- 
ca, sin la acción excéntrica de Artigas, el removedor 
de la democracia de los campos, hostilizado y perse- 
guido, como fiera en coso, por la oligarquía monar- 
quista de los Posadas y los Pueyrredones, y despeda- 
zado é infamado luego, en historias efímeras, por los 
escritores herederos de los odios de aquella política 
oligárquica. Una fundamental revisión de valores es 
tarea que empieza en la historia de esta parte del Sur; 
y cuando esa revisión se haya hecho, mientras pasarán 
á segundo plano figuras pálidas y mediocres, se agi- 
gantará, como figura de América, la del caudillo de 
garra leonina que en 1813 levantaba, por bandera de 
organización, íntegra y claramente definido, el sistema 
republicano, que Bolívar opuso luego, aunque en me- 
nos genuina forma, al programa monárquico de San 
Martín. 



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Tratándose de Bolívar político, llega de suyo el tema 
de su ambición. Este rasgo es capital é inseparable de 
su imagen. Siempre formaré tan pobre idea del discer- 
nimiento histórico de quien se empeñe en presentar á 
Bolívar inmune de la pasión de mandar, como del gra- 
do de comprensión humana de quien le inicie por tal 
pasión un proceso que tire á empequeñecerle ó macu- 
larle. Importa recordar, desde luego, que la perfección 
negativa, en el orden moral, no puede ser la medida 
aplicable á ciertas grandezas de la voluntad creadora, 
de igual manera que no lo es, en el orden estético, cuan- 
do se está delante de aquella fuerza de creación que 
da de sí La Divina Comedia ó las estatuas de Miguel 
Angel. La naturaleza no funde en sus moldes caracte- 
res como los que cabe obtener por abstracción, elimi- 
nando y añadiendo rasgos, para componer el paradig- 
ma á un cuerpo de moral que satisfaga las aspiracio- 
nes éticas de una sociedad ó de una escuela; funde la 
naturaleza caracteres orgánicos, en los que el bien y el 
mal, ó los que luego ha de clasificar como tales el cri- 
terio mudable y relativo de los hombres, se reparten 
según una correlación en que obra una lógica tan cabal 
é imperiosa como la lógica del pensamiento discursivo, 
con que se construyen los sistemas de ética, aunque la 
una y la otra no se asemejen absolutamente en nada. 
Y si bien el análisis del criterio moral puede llegar líci- 
tamente al carácter que modela la naturaleza, para se- 
ñalar lo que halle en él de imperfecto, transportado al 
mundo de la libertad, nunca deberá extremarse en ese 
fuero cuando se encuentre frente á los grandes tempe- 
ramentos personales, de eficacia avasalladora, ni debe- 
rá aspirar á ver desintegrada ó enervada por un molde 
ideal de perfección facticia esa original estructura del 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



carácter, cauce de piedra de la personalidad, donde 
reciben el pensamiento su troquel, y la acción el im- 
pulso con que se desata. Hay una manera de heroísmo 
en que la ambición es natural atributo. Quien dijera 
que la energía genial y el desinterés no caben en un 
centro, afirmaría una oposición sin sentido entre dos 
vagas abstracciones; pero quien dijera que cierto gé- 
nero de energía genial y cierto género de desinterés 
son términos naturalmente inconciliables, pondría la 
mano en una relación tan segura como la que nos auto- 
riza á sentar que ningún animal carnicero tendrá los 
dientes ni el estómago de los que se alimentan de hier- 
bas, ó que nunca pudo haber una especie en que se 
unieran, como en el grifo mitológico, la cabeza del 
águila con el cuerpo del león. Y si la energía genial es 
de aquel temple que supone como condición específi- 
ca la fe indomable en la virtud única y predestinada 
de la propia acción, y si con el nombre de desinterés 
se clasifica, no el fácil desarrimo respecto de egoísmos 
sensuales, sino el apartamiento de la obra cuando está 
inconclusa, y el desdén de la autoridad que trae en sí 
los medios de desenvolver la parte de obra que aun 
está oculta y recogida en las virtualidades de una ilu- 
minación visionaria, entonces es lícito afirmar que la 
convivencia de ambos caracteres implica contradicción. 
Un Bolívar que, después de la entrevista de Guayaquil, 
abandonara el campo á su émulo, ó que, una vez con- 
sumada su obra militar, renunciara á influir decisiva- 
mente en los nuevos destinos de América, sería un 
contrasentido psicológico, un enigma irresoluble de la 
naturaleza humana. En cambio, estos desenlaces de 
renunciamiento son cosa espontánea y congruente en 
os héroes de la especie moral de San Martín. 



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Espíritus de vocación limitada y reflexiva, la abne- 
gación de un poder al que no les atrae ningún alto 
propósito que realizar viene después de la segura cons- 
tancia con que han dado cima á un pensamiento único 
y concreto; y aquella condición encima de ésta cae 
como esmalte. Así, nada más natural, en uno y otro 
de los dos capitanes de América, que el voluntario 
eclipse y el mayor encendimiento de gloria con que 
resuelve sus opuestos destinos la histórica entrevista 
de 1822. Tiene el alejamiento de San Martín explica- 
ción en su noble y austera virtud, pero, en no menor 
parte sin duda, tiénela en las indeliberadas reacciones 
del instinto, y la había anticipado Gracián en el «Pri- 
mor» décimocuarto de El Héroe, donde define el «na- 
tural imperio» y dice: «Reconocen al león las demás 
fieras en presagio de naturaleza, y sin haberle exami - 
nado el valor le previenen zalemas: así á estos héroes, 
reyes por naturaleza, les adelantan respeto los demás, 
sin aguardar la tentativa del caudal». Fuera de la acti- 
vidad de la guerra, en la aspiración ó el ejercicio del 
gobierno civil, la ambición de mando de Bolívar deja 
más libre campo á la controversia y á la crítica; pero 
aun en esta parte, nunca será legítimo juzgarla sino 
levantándose á la altura de donde se alcanza á divisar, 
infinitamente por encima de egoísmos vulgares, al hé- 
roe que persigue, con el sentimiento de una predesti- 
nación histórica, un grande objetivo, que estimula y 
realza su ambición personal. No significa este criterio 
que toda voluntad y todo paso del héroe hayan de 
concordar necesariamente con el fin superior que él 
trae al mundo, sin que la fe en sí mismo pueda indu- 
cirle á aberración. No significa tampoco sostener la 
irresponsabilidad positiva del héroe ante la justicia de 



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sus contemporáneos, ni su irresponsabilidad ideal para 
el fallo de la posteridad. Significa sólo conceder todo 
su valor á la indivisible unidad del carácter heroico, de 
modo que aquella parte de impureza que se mezcla 
acaso en el fermento eficaz no se presente á juicio 
abstraída de las otras, como el elemento material que, 
disociándose de un conjunto donde es virtud ó sazón, 
pára en crudo veneno. La muchedumbre que, valida 
de su instinto, á veces tan seguro como el mismo ins- 
tinto del genio, se encrespa frente al héroe y le cruza 
el paso; el grupo de hombres de reflexión ó de carác- 
ter, que opone á las audacias de la voluntad heroica 
las previsiones de su sabiduría ó las altiveces de su 
derecho, tendrán ó no razón contra el héroe, frecuen- 
te es que la tengan; pero el historiador que luego 
tienda la vista por el proceso de acciones y reacciones 
que entretejen la complejidad del drama humano, verá 
en la voluntad disparada del héroe una fuerza que, 
con las que se la asocian y las que la limitan, concurre 
á la armonía de la historia, y jamás confundirá los 
mayores excesos de esa fuerza con la baldía ó pertur" 
badora inquietud del héroe falso, que disfraza una 
ambición egoística y sensual en la mentida vocación 
de un heroísmo, simulando las guedejas del león sobre 
el pelo atusado de la raposa. 

Tan interesante como la aptitud política es, en- 
tre los talentos accesorios del Libertador, la facul- 
tad de la expresión literaria. Su nombre, en este gé- 
nero de gloria, vive principalmente vinculado á la elo- 
cuencia ardiente y pomposa de sus proclamas y aren- 
gas, las más vibrantes, sin duda, que hayan escuchado, 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



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en suelo americano, ejércitos y multitudes. Pero ya, 
sin negar nuestra admiración á tan espléndida orato- 
ria, muchos somos los que preferimos gustar al escri- 
tor en la literatura, más natural y suelta, de sus cartas. 
Las proclamas y arengas, como cualquiera análoga 
especie literaria, en que el énfasis del acento y el apa- 
rato de la expresión son caracteres que legitima la 
oportunidad, tratándose de solicitar el efecto presen- 
táneo y violento en la conciencia de las muchedum- 
bres, se marchitan de estilo mucho más que la obra 
acrisolada y serena y que la íntima y espontánea. Por 
otra parte, en la trama de esos documentos oratorios 
suele mezclar sus hebras desteñidas y frágiles el voca- 
bulario de la retórica política, que es la menos poética 
de las retóricas, con sus vaguedades y abstracciones 
y sus maneras de decir acuñadas para socorro común 
en las angustias de la tribuna; y así, en las proclamas 
y arengas del Libertador, el relámpago genial, la hue- 
lla leonina, la imagen, la frase ó la palabra de impe- 
recedera virtud, resaltan sobre el fondo de esa decla- 
mación pseudoclásica, adaptada al lenguaje de las 
modernas libertades políticas, que, divulgándose en 
los libros de Raynal, de Marmontel y de Mably y en 
la elocuencia de montañeses y girondinos, dió su ins- 
trumento de propaganda á la revolución de 1789 y lo 
dió después, de reflejo, á nuestra revolución hispano- 
americana. Este inconsciente barro, en manos de Bo- 
lívar, es material que modela un artífice de genio, 
pero barro al fin. En cambio, en las cartas la propia 
naturaleza del género mantiene un aire de esponta- 
neidad, que no excluye, por cierto, ni la elocuencia ni 
el color. Ya abandonadas y confidenciales; ya acorda- 
das á un tono algo más lírico ú oratorio, si la ocasión 



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lo trae de suyo; ya dando voz á las concentraciones 
de su pensamiento, ya á los aspectos de su sensibili- 
dad, radiante ó melancólica, las cartas forman intere- 
santísimo conjunto. La imagen nueva y significativa 
realza á menudo la idea: —«Estábamos como por mi- 
»lagro (escribe en 1826) sobre un punto de equilibrio 
> casual, como cuando dos olas enfurecidas se encuen- 
tran en un punto dado y se mantienen tranquilas, 
»apoyada una de otra, y en una calma que parece 
>verdadera, aunque instantánea: los navegantes han 
» visto muchas veces este original». — Hay soberanos 
arranques de personalidad, como éste de la carta en 
que repudia la corona real que le ha propuesto Páez: 
— «Yo no soy Napoleón, ni quiero serlo. Tampoco 
> quiero imitar á César; menos aún, á Iturbide. Tales 
> ejemplos me parecen indignos de mi gloria. El título 
>de Libertador es superior á todos los que ha reci- 
bido el orgullo humano. Por tanto, me es imposible 
» degradarlo». — Otras veces, subyuga la atención el 
brío con que está sellada la sentencia: «Para juzgar 
>bien de las revoluciones y de sus actores, es preciso 
» observarlas muy de cerca y juzgarlos muy de lejos». 
— «Sin estabilidad, todo principio político se corrompe 
»y termina por destruirse». — «El alma de un siervo 
»rara vez alcanza á apreciar la sana libertad: se enfu- 
»rece en los tumultos ó se humilla en las cadenas». 

Pérdidas de que nunca nos consolaremos han mer- 
mado este precioso tesoro de sus cartas; pero tal 
como se le conserva, es, no sólo el indeleble testimo- 
nio del grande escritor que hubo en Bolívar, sino tam- 
bién el más entero y animado trasunto de su extraor- 
dinaria figura. El poema de su vida está allí. Y en ver- 
dad ¡qué magnífico poema el de su vida, para esa es- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



139 



tética de la realidad y de la acción que hace de una 
vida humana un poema plástico!... Nadie la vivió más 
bella, y aun se diría, en sublime sentido, más dichosa; 
ó más envidiable, por lo menos, para quien levante 
por encima de la paz del epicúreo y del estoico su 
ideal de vivir. Los ojos de la virgen fantasía, por don- 
de llega la luz del mundo á despertar la selva interior, 
abiertos en el maravilloso espectáculo de aquella 
aurora del siglo xix, que desgarra la continuidad realis- 
ta de la historia con un abismo de milagro y de fábula; 
para temple del corazón, un amor malogrado, en sus 
primicias nupciales, por la muerte: una pasión insacia- 
da, de esas que, dejando en el vacío el desate de una 
fuerza inmensa, la arrojan á buscar desesperadamente 
nuevo objeto, de donde suelen nacer las grandes vo- 
caciones; venida de aquí, la revelación íntima del ge- 
nio, y para empleo é incentivo de él, la grandiosa oca- 
sión de una patria que crear, de un mundo que redi- 
mir. Luego, el arrebato de diez años de esta gigantesca 
aventura, mantenida con satánico aliento: la emoción 
del triunfo, cien veces probada; la de la derrota, cien 
veces repetida; el escenario inmenso, donde, para ima- 
gen de esas sublimes discordancias, alternan los ríos 
como mares y las montañas como nubes, el soplo cal- 
cinante de los llanos y el cierzo helado de los ventis- 
queros; y al fin, el flotante y fugitivo sueño que se 
espesa en plástica gloria: el paso por las ciudades 
delirantes, entre los vítores al vencedor; las noches 
encantadas de Lima, donde un lánguido deliquio en- 
treabre la marcialidad de la epopeya, y la hora inefa- 
ble en que, desde la cúspide del Potosí, la mirada 
olímpica se extiende sobre el vasto sosiego que sigue 
á la última batalla... ¿Queda más todavía? La volup- 



140 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



tuosidad amarga que hay en sentir caer sobre sí la 
Némesis de las envidias celestes: la proscripción injus- 
ta é ingrata, de donde sabe exprimir la conciencia de 
los fuertes una altiva fruición: cuerda de ásperos sones 
que no pudo faltar en esa vida destinada á que en ella 
vibrase la más compleja armonía de pasión y belleza. 
Almas para estas vidas trajo aquel asombroso tiempo 
suyo, que renovó con un soplo heroico y creador las 
cosas de los hombres y dió á la invención poética el 
último de sus grandes momentos que merezcan nota 
de clásicos. Cuando la explosión de personalidad y de 
fuerza halló cómo dilatarse en el sentido de la acción, 
suscitó los prodigios del endiosamiento napoleónico, 
con sus reflejos de soldados que se coronan reyes. 
Cuando hubo de consumirse en imágenes é ideas, en- 
gendró el ansia devoradora de René, la soberbia in- 
dómita de Hárold, ó la majestad imperatoria de Goe- 
the. Jamás, desde los días del Renacimiento, la planta 
humana había florecido en el mundo con tal empuje 
de savia y tal energía de color. Y el Renacimiento ¿no 
se llama, para la historia americana, la Conquista? Y 
entre los hombres del Renacimiento que conquistaron 
á América, ó la gobernaron todavía esquiva y monta- 
raz, ¿no vinieron hidalgos del solar de los Bolívares 
de Vizcaya, cuyo blasón de faja de azur sobre campo 
de sínople, había de trocarse, en su posteridad, por 
un blasón más alto, que es la bandera de Colombia?... 
Cuando se ilumina este recuerdo, la vocación heroica 
lanzada á destrozar el yugo de la Conquista se repre- 
senta en la imaginación como si el genio de aquella 
misma sobrehumana gente que puso por sus manos el 
yugo despertase, tras el largo sopor del aquietamien- 
to colonial, con el hambre de la aventura y el ímpetu 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



141 



en que acaba el desperezo felino. El Libertador Bolí- 
var pudo llamarse también el Reconquistador. 

Corría el final de 1826. En la cúspide de los encum- 
bramientos humanos, numen y arbitro de un mundo, 
volvía Bolívar á Colombia para asumir el mando ci- 
vil. Pronto la embriaguez del triunfo y de la gloria ha- 
bía de trocarse en la «embriaguez de absintio > de que 
hablan los trenos del Profeta. Todo lo que resta de esa 
vida es dolor. Aquella realidad circunstante, que él 
había manejado á su arbitrio mientras duró su tauma- 
turgia heroica; plegándola, como blanda cera, al me- 
nor de sus designios; sintiéndola encorvarse, para que 
él se encaramara á dominar, como sobre el lomo de su 
caballo de guerra, y viéndola dar de sí la maravilla y 
el milagro cuando él los necesitaba y evocaba, se vuel- 
ve, desde el preciso punto en que la epopeya toca á 
su término, rebelde y desconocedora de su voz. Antes 
las cosas se movían en torno de él como notas de una 
música que él concertaba, épico Orfeo, en armonía 
triunfal: ahora quedarán sordas é inmóviles, ó se or- 
denarán en coro que le niegue y denigre. Lógica y fa- 
tal transición, si se piensa. Esa realidad social que le 
rodeaba, esa América amasada á fuego y hierro en las 
fraguas vulcánicas del Conquistador, escondía, cuando 
sonó la hora de su revolución, bajo el aparente ener- 
vamiento servil, un insondable posol de voluntad he- 
roica, de virtualidades guerreras, acrisoladas por su 
propio letargo secular, como el vino que se añeja en 
sombra y quietud. Apenas llegó quien tenía la palabra 
del conjuro, toda aquella efervescencia adormida salió 
á luz, capaz de prodigios: en el genio agitador y gue- 



142 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



rrero halló entonces la realidad el polo que la imanta - 

se según las afinidades de su naturaleza; j allí adonde 
el genio fué, la realidad le siguió y obedeció con anhe- 
lo filial. Pero, consumada la parte heroica, la obra que 
esperaba al héroe, á la vuelta del triunfo, como las 
preguntas de la Esfinge, era la manera de asimilar, de 
organizar, el bien conquistado: de desenvolver, por la 
eficacia del valor civil y de la sabiduría política, aquel 
germen precioso, aunque en pura potencia, que el va- 
lor militar y la inspiración de las batallas habían con- 
quistado, menos como premio disfrutable que como 
promesa condicional y relativa. Y para semejante obra 
no había en la realidad más que disposiciones adver- 
sas; no había en el carácter heredado, en la educa- 
ción, en las costumbres, en la relación geográfica, en 
la económica, más que resistencia inerte ú hostil. Fun- 
dar naciones libres donde la servidumbre era un teji- 
do de hábitos que espesaban y arreciaban los siglos; 
naciones orgánicas y unas, donde el desierto ponía en- 
tre tierra y tierra habitada más tiempo y azares que la 
mar que aparta á dos mundos; infundir el estímulo del 
adelanto donde confinaban con la hosquedad de la 
barbarie el apocamiento de la aldea; formar capacida- 
des de gobierno donde toda cultura era una superficie 
artificial y tenuísima; hallar resortes con que mantener, 
sin la represión del despotismo, un orden estable: tal 
y tan ardua era la obra. El conflicto de fin y medios 
que ella planteaba, á cada paso, en la realidad exter- 
na, no perdonaba al mismo espíritu del obrero, del 
Libertador, mucho más predestinado para héroe que 
para educador de repúblicas; mucho más grande, en 
sus designios políticos, por la iluminada visión del 
término lejano y la soberana potencia del impulso 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



143 



inicial, que por el esfuerzo lento y obscuro con que se 
llega de éste á aquel extremo en las empresas que 
son de resignación, de cautela y de perseverancia. 
Junto á estos obstáculos esenciales, quedaban todavía 
los que accidentalmente encrespaba la ocasión: queda- 
ba aquella impura hez que deja al descubierto la resa- 
ca de las revoluciones: las energías brutales que se 
adelantan á primer término; los calenturientos deli- 
rios que se proponen por ideas; la ambición, que pide 
el precio usurario de su anticipo de valor ó de auda- 
cia, y la exacerbada insolencia de la plebe, que recela 
el más legítimo uso del poder en el mismo á quien ha 
tentado, ó tentará mañana, con los excesos brutales de 
la tiranía. 

Desde sus primeras horas de gobierno, Bolívar 
tiene en torno suyo la desconfianza, el desvío, y muy 
luego, la conspiración que le amaga; mientras en el 
fondo de su propia conciencia él siente agitarse aque- 
lla sombra que, excitada por la hostilidad prematura 
y violenta, pone en sus labios la confesión viril del 
mensaje en que ofrece al Congreso su renuncia: «Yo 
mismo no me siento inocente de ambición». No ha- 
bían pasado de esto dos años y la autoridad que in- 
vestía no era ya el mandato de las leyes, sino el poder 
dictatorial. La organización política que dejara funda- 
da, con el omnipotente prestigio de sus triunfos, en el 
Perú y Bolivia, se deshace en su ausencia; los intere- 
ses y pasiones toman allí otros centros, que tienden al 
desquite de aquella sumisión servil á las ideas y las ar- 
mas del Libertador, encelando el espíritu de autono- 
mía, y la guerra estalla entre Colombia y el Perú. El 
había soñado en congregar las naciones creadas por 
su genio, en nueva liga anfictiónica; y aún no bien 



144 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



constituidas, peleaban entre sí, como desde el vientre 
de la madre pelearon los hijos de Rebeca. Entretanto, 
en Colombia, la exacerbación de la discordia civil lle- 
gaba hasta armar el brazo de los conjurados que, en 
la noche del 25 de Septiembre de 1828, asaltando la 
casa de Bolívar, intentan dirigir sus puñales al pecho 
del Libertador. Y mientras la frustrada conspiración 
de sus enemigos deja en su pecho, si no la herida san- 
grienta, la amargura de tamaña iniquidad, el conciliá- 
bulo de sus propios parciales hace relucir afanosa- 
mente ante sus ojos tentaciones monárquicas que él 
sabe rechazar con imperturbable conciencia de su dig- 
nidad y de su gloria. Merced á esta firmeza, no surge 
de tanto desconcierto una completa ruina de las insti- 
tuciones democráticas; pero persiste la aciaga fatali- 
dad de la dictadura, donde por fuerza había de amen- 
guarse la talla del héroe, en ministerio indigno de su 
altura moral. La rebelión contra el gobierno de hecho 
se desata en Popayán, con López y Obando; más tar- 
de en Antioquía, con Córdoba; y no es reducida sino 
á costa de sangre, que fomenta los odios. Ni acaban 
las calamidades en esto. En 1829, lograda ya la paz 
con el Perú, cosa aún más triste y cruel sucede á aque- 
lla guerra fratricida: Venezuela se aparta de la unión 
nacional que, diez años antes, completó los laureles de 
Boyacá; la unidad de Colombia perece, y el grito de 
esa emancipación llega á los oídos de Bolívar coreado 
por el clamor furioso y procaz con que, desde la pro- 
pia tierra en que nació, enceguecidas muchedumbres le 
acusan y exigen de la Nueva Granada su anulación y su 
destierro. La estrella de Bolívar ha tocado en la som- 
bra que la anegará; su ruina política es, desde ese mo- 
mento, inconjurable. En Enero de 1830 abría sus se- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 145 

siones la asamblea llamada á restaurar el orden cons- 
titucional, y el Libertador abandonaba el poder y se 
retiraba, aunque todavía sin franco ánimo de obscure- 
cerse, á su quinta de las vecindades de Bogotá, de 
donde salió muy luego para Cartagena, en alejamien- 
to que había de ser definitivo. Ni la salud ni la fortuna 
iban con él, como prendas salvadas del naufragio. 
Flaqueábale el cuerpo, herido de irremediable mal del 
pecho, que estampaba ya en su exterior los signos de 
una vejez prematura. De la heredada riqueza no que- 
daba nada: toda la habían consumido entre la abnega- 
ción y el abandono. En cuanto á penas del alma, cru- 
zaban sus dardos sobre él las del dolor desinteresado, 
como de padre ó de maestro, y las del dolor egoístico 
de la ambición rota y afrentada. Y ni aun en el pen- 
samiento del porvenir había refugio de tanto dolor, 
porque lo más triste de todo es que Bolívar vivió el 
escaso resto de sus días en la dada de la grandeza de 
su obra y de la desesperanza de los destinos de Amé- 
rica. Por si alguna chispa de fe pudiera alentar bajo 
estas cenizas, no tarda mucho tiempo en persuadirse 
de que su ostracismo no tendrá siquiera la virtud de 
restablecer el sosiego. Harto á menudo, un ruido de 
armas removidas, allí donde hay guarnición de solda- 
dos, anuncia, no, como un día, la gloria de la guerra, 
sino la vergüenza del motín: los restos del ejército que 
había libertado un mundo se disolvían en esa agita- 
ción miserable. De los vecinos pueblos hispano-ameri- 
canos llegaba el eco de parecidas turbulencias. Y como 
si todo este espectáculo de la América anarquizada y 
en delirio, necesitara, para herir á Bolívar más de agu- 
do, condensarse en un solo hecho atroz, que colmase 
las ingratitudes y las subversiones y le traspasara á él 

10 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



en el centro de sus afectos, pronto había de saber el 
vil asesinato de Sucre, el preclaro mariscal de Ayacu- 
cho, cazado, como un vulgar malhechor, en un desfi- 
ladero de los Andes, sin que fuese escudo á la saña de 
la demagogia la gloria militar más austera y más pura 
de la revolución de América. Amarguísima carta es- 
crita en aquella ocasión por Bolívar trasluce hasta qué 
punto extremó su desaliento ese crimen. Tal es la si- 
tuación de su ánimo, cuando se oye llamar de Bogotá, 
donde el gobierno de Mosquera ha sido derribado y 
el motín triunfante quiere la vuelta del Libertador. Un 
último encrespamiento de su instinto de dominación y 
de su fe en sí mismo le estremece, y por un instante 
vuelve los ojos á los que le llaman; pero luego que ad- 
vierte cómo es la sedición militar la que, sin conocida 
sanción de los pueblos, le tienta con un poder arreba- 
tado á sus poseedores legítimos, recobra su voluntad 
de apartamiento y su actitud estoica, y altivo arranque 
de su dignidad le libra de romper aquel solemne oca- 
so de su vida con las vulgares pompas de un triunfo 
de pretor. Agravado su mal, trasládase en el otoño de 
1830 á Santa Marta. Allí, donde diez y ocho años an- 
tes tomó el camino de sus primeras victorias, allí, arru- 
llado por el trueno del mar, espera la cercana muerte, 
epilogando, como el mar, con la tristeza de una calma 
sublime, la sublimidad dinámica de sus desates tem- 
pestuosos. Su espíritu, purificado y aquietado, sólo 
tiene, en aquellas últimas horas, palabras de perdón 
para las ingratitudes, de olvido para los agravios, y 
votos de concordia y amor para su pueblo. Pocos 
hombres vivieron, en el torbellino de la acción, vida 
tan bella; ninguno murió, en la paz de su lecho, muer- 
te tan noble. Comenzaba la tarde del 17 de Diciembre 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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de 1830 cuando Simón Bolívar, Libertador de Améri- 
ca, rindió el último aliento. 

Había dado á los nuevos pueblos de origen español 
su más eficaz y grande voluntad heroica, el más esplén- 
dido verbo tribunicio de su propaganda revoluciona- 
ria, la más penetrante visión de sus destinos futuros, y 
concertando todo esto, la representación original y 
perdurable de su espíritu en el senado humano del ge- 
nio. Para encontrarle pares es menester subir hasta 
aquel grupo supremo de héroes de la guerra, no ma- 
yor de diez ó doce en la historia del mundo, en quienes 
la espada es como demiurgo innovador que, desvane- 
cida la efímera luz de las batallas, deja una huella que 
transforma, ó ha de transformar en el desenvolvimiento 
de les tiempos, la suerte de una raza de las prepon- 
derantes y nobles. ¿Qué falta para que en la concien- 
cia universal aparezca, como aparece clara en la 
nuestra, esa magnitud de su gloria? Nada que revele 
de él cosas no sabidas ni que depure ó interprete de 
nuevo las que se saben. El es ya del bronce frío y pe- 
renne, que ni crece, ni mengua, ni se muda. Falta sólo 
que se realce el pedestal. Falta que subamos nosotros 
y que con nuestros hombros encumbrados á la altura 
condigna, para pedestal de estatua semejante, haga- 
mos que sobre nuestros hombros descuelle junto á 
aquellas figuras universales y primeras, que parecen 
más altas sólo porque están más altos que los nues- 
tros los hombros de los pueblos que las levantan al 
espacio abierto y luminoso. Pero la plenitud de nues- 
tros destinos se acerca, y con ella, la hora en que 
toda la verdad de Bolívar rebose sobre el mundo. 

Y por lo que toca á la América nuestra, él quedará 
para siempre como su insuperado Héroe Epónimo. 



148 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



Porque la superioridad del héroe no se determina sólo 
por lo que él sea capaz de hacer abstractamente va- 
loradas la vehemencia de su vocación y la energía de 
su aptitud, sino también por lo que da de sí la ocasión 
en que llega, la gesta á que le ha enviado la consigna 
de Dios; y hay ocasiones heroicas que, por trascen- 
dentes y fundamentales, son únicas ó tan raras como 
esas celestes conjunciones que el girar de los astros 
no reproduce sino á enormes vueltas de tiempo. Cuan- 
do diez siglos hayan pasado, cuando la pátina de una 
legendaria antigüedad se extienda desde el Anáhuac 
hasta el Plata, allí donde hoy campea la naturaleza ó 
cría sus raíces la civilización; cuando cien generacio- 
nes humanas hayan mezclado, en la masa de la tierra, 
el polvo de sus huesos con el polvo de los bosques 
mil veces deshojados y de las ciudades veinte veces 
reconstruidas, y hagan reverberar en la memoria de 
hombres que nos espantarían por extraños, si los al- 
canzáramos á prefigurar, miríadas de nombres glorio- 
sos en virtud de empresas, hazañas y victorias de que 
no podemos formar imagen: todavía entonces, si el 
sentimiento colectivo de la América libre y una no ha 
perdido esencialmente su virtualidad, esos hombres, 
que verán como nosotros en la nevada cumbre del 
Sorata la más excelsa altura de los Andes, verán, 
como nosotros también, que en la extensión de sus 
recuerdos de gloría nada hay más grande que Bolívar. 



UNA NOVELA DE GALDÓS 



A Eduardo Ferreira. 

La más excelsa de las facultades del artista es la 
que, haciéndole solo partícipe, entre los hombres, de 
un sublime atributo de la Divinidad, le convierte en 
generador de seres vivos, sobre los que no tiene po- 
der la codiciosa mano de la Naturaleza y que no han 
de ser gobernados por otra ley que la que en el ins- 
tante de la concepción les fija é impone el creador 
impulso de su albedrío. Arrebatar el fuego sagrado 
que enciende la llamarada de la vida será siempre la 
insaciable aspiración, la martirizadora inquietud del 
arte grande, titán rebelde para quien la Naturaleza, 
dueña de la vida, desempeña el papel del tirano Júpi- 
ter del mito. Si se concede que las almas de artistas 
componen, dentro de la humanidad, una aristocracia, 
un patriciado de las almas, la aristocracia mejor, la 
superioridad jerárquica entre esas almas, fuerza es re- 
conocerla á las que crean, á aquellas á quienes ha sido 
concedido el don genial de la invención. Hay las que 
alcanzan á crear un héroe inmortal, ó una acción im- 
perecedera en la que intervienen varios héroes, dota- 



150 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



dos todos ellos de eterna vida; y hay, por encima de 
ésas, las que vivifican series enteras de ficciones, 
«multitudes de almas»; las que realizan, con su inmen- 
sa obra, un mundo dentro del mundo; aquellas que 
parecerían inspiradas por una sublime envidia de la 
Naturaleza y de su infinita capacidad creadora. 

Comunicar individualidad y ser inextinguible á un 
alma distinta de la nuestra, en la que no reproduzca- 
mos, al idearla, ni nuestro carácter ni nuestras pasio- 
nes, y cuya vida ficticia haya de ser tan palpitante y 
tan intensa como la de las criaturas de la realidad, y 
aun, sin llegar á tanto, volcar el alma propia en la en- 
voltura de un héroe imaginado que la perpetúe y la 
levante sobre la miserable fragilidad de la arcilla de 
que estamos hechos, como se perpetúa el alma satá- 
nica de Byron en sus Corsarios y sus Laras, - es ya 
ser un creador. Pero llamarse Shakespeare, Moliere, 
Walter Scott, Dickens, Balzac, y dar ser y movimien- 
to, con soberano empuje, á una multitud entera, en la 
que, como en abreviada imagen ó compendio del con- 
junto humano, aparezcan, con todos los caracteres de 
lo real, las fases luminosas de la existencia y sus som- 
bras, la virtud y el vicio, el odio y el amor, las pasio- 
nes buenas y las malas, es para mí tan alto y porten- 
toso triunfo, que pienso que el orgullo humano no 
puede aspirar á una más completa y deslumbradora 
realidad de la tentación del Paraíso: Seréis como dioses, 
porque dentro de nuestra condición no cabe mejor ni 
más cumplida manera de crear. 

Dos clasificadores laboriosos — Mrs. Cristophe y 
Cerfberr — penetraron, no ha mucho tiempo, en la 
profundidad de la obra inmensa del creador de Euge- 
nia Grandet y El padre Goriot, y presentaron luego á 



ÉL MIRADOR DÉ PROSPERÓ 



151 



los dos mil personajes que tejen la trama de aquella 
inmortal epopeya de la realidad, cuidadosamente or- 
denados, estudiados y descritos, como en los diccio- 
narios biográficos de hombres célebres, en un volumi- 
noso Repertorio de «La Comedia humana*. Algo se- 
mejante se hará en el futuro ordenando la multitud 
varia y enorme de Les Rougon Macquart; algo seme- 
jante se ha hecho ya acaso con Dickens; y análoga ta- 
rea de clasificación y de estudio realizará algún día la 
erudición española con ese otro mundo formidable é 
inmenso de Galdós, que abarca, desde la pintoresca 
muchedumbre de los Episodios, hasta el revuelto mar 
de la vida contemporánea, palpitante en la cavidad de 
cien novelas. 

Mundo verdaderamente inmenso y formidable. Res- 
pecto de Galdós, y limitando esta observación á los 
contemporáneos nuestros, yo sólo me atrevería á se- 
ñalar en Zola y en Tolstoy (invertid, si os place, el or- 
den en que he escrito esos dos nombres, y acaso ha- 
réis justicia) ejemplos de una superioridad de fuerza 
creadora. Y avanzando más, yo no me comprometería 
á encontrar en la novela contemporánea nombre que, 
fuera de esos dos, merezca estar más alto. Es cierto 
que esta superioridad podría ser victoriosamente im- 
pugnada, valga el ejemplo, por los adoradores de 
Daudet (ídolo mío, aunque no para las ocasiones de 
las plegarias grandes), en cuanto á la espiritualidad, á 
la gracia, á la fineza, al hábil arte de contar, á todas 
esas condiciones que, dentro de la novela española, 
podríamos llamar alarconianas, consagrando de nue- 
vo un calificativo que ya tiene su significación distinta 
y peculiar en la tradición del viejo teatro; pero para 
mí es indudable que el arte de Galdós respira en un 



152 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



ambiente más amplio y más abierto que el del autor 
de Numa Roumestan; en un ambiente donde se escu- 
cha más cercano aquel soplo de augusta y bienhecho- 
ra libertad que azota las ásperas cumbres de Cervan- 
tes y Shakespeare. — Es cierto, también, que en su filo- 
sofía de moralista y de sociólogo echará acaso de 
menos el lector devoto de Tolstoy la originalidad pro- 
funda, la innovadora audacia, el sello personal, la pro- 
fética intuición de lo distante; pero hay en ella un 
hermoso sentimiento de amor, un grande instinto de 
justicia, y hay un criterio constantemente límpido, un 
criterio ecuánime y sereno, en el que el buen sentido 
deja de ser vulgar y se convierte en fuente de sana y 
apacible hermosura. — Es cierto, todavía, que fuera 
vano buscar, en los procedimientos de su estilo, la 
cultura preciosa, el estudio hondo y sutil de los secre- 
tos musicales de la expresión, ni de la plasticidad vir- 
tual de la palabra; ó aquel trabajo de perfección y 
exactitud que conduce, por ejemplo, á la prosa tersa 
y transparente de Madame Bovary ó de Pepita Jimé- 
nez; pero sería difícil hallar, entre los contemporá- 
neos, quien tuviese más identificado con la esencia de 
su naturaleza literaria ese grande arte de la «natura- 
lidad exterior», no concedido á muchos de ios más 
jurados naturalistas: e! arte de la grande, humana y 
conmovedora sencillez, que habla á todos embellecien- 
do el lenguaje de todos, y que llega á inspirar, aun á 
los refinados y los exquisitos, el envidioso sentimiento 
de Diógenes, cuando arrojó de sí la copa hermosa- 
mente trabajada, viendo al pastor beber el agua en el 
hueco de su mano. 

Y en la grandeza cuantitativa, y en el inmenso efec- 
to de conjunto, de la obra, sólo el maestro de Medán 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



153 



puede reivindicar, sobre Galdós, el primado entre los 
contemporáneos. Con nunca interrumpido impulso, la 
ciudad interior de esa estupenda fantasía se puebla 
de nuevas torres y de nuevas gentes. La fecundidad, 
que es la más relativa de las cualidades literarias, 
equivale á la posesión de un don altísimo cuando es- 
cribir significa crear. Mediana condición en el viejo 
Dumas, es maravilla en Balzac y en Dickens. La fe- 
cundidad de Galdós es de la alta calidad de la de estos 
últimos; es de las positivas y las grandes, porque es de 
las que responden á esa irresistible necesidad de pro- 
ducción que se manifiesta con el poderoso empuje de 
un organismo que desempeña la ley de su naturaleza. 

Plantea uno de los personajes de LInmortel de 
Daudet esta cuestión interesante: — Si acaso Róbinson 
hubiera sido artista, poeta, escritor, ¿hubiera creado 
en la soledad, hubiera producido? — Y al doblar de la 
página, otfcp de los personajes de la novela — el artis- 
ta Vedrine — resuelve la cuestión contestando á quien 
le pregunta por qué trabaja si no ama el aplauso ni la 
gloria. « — Pues por mí, dice el noble escultor, por mi 
gusto personal, por la necesidad de crear, de esponta- 
nearme.» — He ahí la brava respuesta de un artista de 
raza. Imaginad al autor de los Episodios en la isla de- 
sierta, y su vena asombrosa podría agotarse por la 
imposibilidad de la observación social, perenne venero 
de su arte, pero no por falta de estímulos creadores. 
— Don Pedro Antonio de Alarcón personificó en el 
triste ocaso de su vida, y personifica Tamayo en las 
contemporáneas letras de España, ese raro dominio 
de la voluntad sobre la energía instintiva áz la voca- 
ción, que es necesario para que se condene ó se resig- 
ne á la inactividad y ai silencio el artista que todavía 



154 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



es capaz de producir. Perdamos el temor de que Gal. 
dos, aun cuando un día la decepción llegue á su espí- 
ritu, encuentre en su voluntad la misma fuerza. ¡Ah, 
no! El grande y querido maestro no se llevará consigo 
á la tumba como se jactaba de hacerlo, en su re- 
traimiento soberbio y melancólico, el autor de El som- 
brero de tres picos — personajes íntimamente delinea" 
dos que no se hayan hecho carne en el papel. Galdós 
se acompañará siempre de nosotros, los lectores, para 
las confidencias de su fantasía. 

Aun duraba en nosotros la vibración de la lectura 
de Nazarín y de Halma. Y he aquí que un grupo nue- 
vo y pintoresco, Heno de resalte, de color y de vida, 
desciende ahora de las fraguas del gran novelador, á 
incorporarse en el conjunto de su muchedumbre ima- 
ginada. Observémoslo. 

Señala un crítico sagaz, á propósito también de 
Misericordia, y entre las similitudes que enlazan el 
genio del profundo observador de las Novelas con- 
temporáneas con el de las Escenas de la vida parisien- 
se, el interés concedido por ambos grandes artistas de 
la realidad al problema de las dificultades materiales 
de la vida, como anchuroso campo de observación y 
rica materia novelable, siempre fecunda en dramática 
virtualidad. Muchas son, efectivamente, las novelas de 
Galdós que giran alrededor del problema económico 
en la vida burguesa. Misericordia puede contarse en- 
tre las más originales y más hermosas novelas de este 
grupo; pero, además, están comprendidos, en la ex- 
tensión de realidad en que se desarrolla, ciertas extre- 
mas regiones de la inferioridad social, ciertos círculos 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



155 



del infierno de la humillación y el abandono, á que 
había descendido pocas veces el espíritu del autor de 
La Desheredada. 

Considerándola con el criterio realista, es el poe- 
ma prosaico de la escasez y la miseria; de la miseria, 
en sus manifestaciones, moral y materialmente, más 
despiadadas y más duras: desde la osada y franca que 
se personifica en la Almudena, en Pulido, en la tía 
Burlada, — en la turba famélica <que acecha, á la puer- 
ta de los templos, el paso de la caridad», — hasta la 
tímida y vergonzante que se oculta en el desolado re- 
tiro de doña Francisca Juárez de Zapata, — la empo- 
brecida señora que vive, sin saberlo, de la caridad que 
implora para ella á los feligreses de San Sebastián una 
criada compasiva; — ó se parapeta tras la elegancia 
marchita y la mal simulada distinción de don Francis- 
co Ponte, curiosísimo ejemplar de lyon caduco, tragi- 
cómico traicionado de la fortuna, galán venido á me- 
nos, que disfraza los rigores de su decadencia lastimo- 
sa salvando con esfuerzo heroico las apariencias de su 
dignidad pasada y recordando, melancólicamente, sus 
aventuras de mundano y sus buenos éxitos de decla- 
mador en las románticas tertulias de los tiempos de 
Flor de un día. 

Pero, además de llevar en sus entrañas la prosa ver- 
dadera de la pobreza miserable, lleva también la nue- 
va novela de Galdós la balsámica poesía de la miseri- 
cordia. Encarna esta poesía en la figura, á veces vul- 
gar, á veces sublime, de una anciana humilde y piado- 
sa, que, con la abnegación del obscuro y anónimo sol- 
dado para quien no se cosechan, después del combate» 
los laureles, es heroína y mártir en la batalla de la vida. 
Yo no vacilo en poner esta grande alma imaginada en 



156 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



el número de las más preciosas creaciones de quien ha 
dado al arte tantas otras que no morirán. Sí; la Nina 
de Galdós es una figura que yo igualaría, sin vacila- 
ciones, á las más originales, á las más nuevas, á las más 
llenas de interés y más radiantes de hermosura, que 
sea dado encontrar en el santoral realista...; porque 
también tiene el realismo su santoral: el de los héroes 
moralmente hermosos que han sido amasados con el 
barro de la verdad y la vulgaridad humanas. Como en 
la < Félicité» de Flaubert, la vulgaridad tiene en ella el 
artístico precio que da valor á la tosquedad del mate- 
rial en que ha de trabajarse, cuando esa tosquedad es 
necesaria ó conveniente al efecto que se procura. La 
ignorancia de la propia sublime abnegación; la natu- 
ralidad en la práctica del sacrificio, como en la de 
cualquier acto trivial y usado de la vida; la conformi- 
dad, de mártir ó de inconsciente, para admitir la in- 
gratitud y resignarse á la injusticia de la pena, son 
otros tantos elementos que, empequeñeciendo intelec- 
tualmente la figura de Nina, la realzan por lo mismo > 
y la engrandecen moralmente, hasta tocar en los lími- 
tes de la sublimidad. 

Nunca de manera más oportuna que á propósito de 
esta figura de Galdós podría señalarse — como Menén- 
dez Pelayo en la del Pae Apolinar que imaginó el gran 
novelador de la montaña — «aquel sello de primitiva 
grandeza que realza á la fuerza del bien cuando se des- 
envuelve sin conciencia de sí propia>. Y la absoluta y 
constante sencillez, la nunca interrumpida llaneza del 
cauce prosaico en que esta mansa onda de belleza mo- 
ral se desenvuelve, hacen que ella penetre y se insinúe 
de tan suave y tan callada manera en el ánimo del lec- 
tor, que no es sino después de haber avanzado un tan- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



157 



to en la acción de la novela cuando él repara que ha 
debido adorar, desde las primeras páginas, la adora- 
ble santidad del alma de Nina. ¡Arte grande y hermo- 
so — aun para los que nos encontraríamos, haciendo 
examen de conciencia, un poco amigos de lo refinado 
y de lo extraño — el que consiste en obtener y reali- 
zar, sin salirse de los medios sencillos que ofrecen los 
aspectos comunes de las cosas, las grandes energías 
dramáticas y los grandes efectos! ¿No ha definido Gal- 
dós uno de los caracteres y uno de los secretos pecu- 
liares de su talento poderoso, cuando habla, á propó- 
sito de la singular fachada del templo en que comien- 
za la acción de su novela, de la necesidad de encon- 
trar y percibir «el encanto y la simpatía que fluyen, á 
modo de tenue fragancia, de las cosas vulgares, ó de 
algunas de las infinitas cosas vulgares que hay en el 
mundo>? 

Después de la de Nina, la figura dominante del cua- 
dro es, sin duda, la del moro ciego y mendicante, para 
quien ella, en medio de las angustias con que atiende 
al socorro de su propia ama desvalida, encuentra to- 
davía tesoros de amor, tesoros de caridad, en su infi- 
nita espontaneidad piadosa. Bien trazado está este 
personaje, aparentemente fácil de presentar y virtual- 
mente rico en fuerza é interés, pero, en realidad, difí- 
cil y de delicado empeño, si se atiende á la obra ma- 
gistral que ha sido necesario para conciliar, en su sen- 
cillo carácter, con la exactitud del estudio la belleza 
moral y la simpatía, y en su propio informe lenguaje, 
la naturalidad y la verdad con el efecto artístico que 
no marra nunca en la pintoresca incorrección de sus 
palabras. El nuevo libro llega así á valer tanto, en las 
páginas que Nina y Almudena motivan, como la obra 



158 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



de su grande estirpe novelesca á que más íntimamente 
se parece: tanto como Nazarin. Y la pasión del ciego 
por la anciana misericordiosa — de la que sólo puede 
adorar el alma abnegada, á la que acaso imagina due- 
ña de una envoltura digna de ella por la juventud y la 
hermosura — hace pensaV en la idea de que fluye la 
profunda belleza ideal de Marianela. Como Pablo Pe- 
náguilas, el moro de Misericordia cree instintivamente 
en la armonía necesaria de la belleza del alma y la del 
cuerpo. Y ciego para la realidad corpórea, la sombra 
eterna de sus ojos se convierte para él, como para e' 
enamorado de Marianela, en la dicha de poder amar 
plenamente — con el alma, con los ojos, únicos en é' 
sensibles, del espíritu- lo que sólo para el espíritu 
es amable. 

Son, sin duda, esos dos magistrales caracteres, lo 
más hermoso, lo más profundamente interesante, lo 
de mayor empeño en el libro; pero además, en lo acci- 
dental, en lo formal, en los episodios, en el diálogo, 
en las descripciones — lo diré antes de señalar el mé- 
rito y verdad de algunas de las figuras secundarias — 
¡cuánto hay que notar y que aplaudir; cuánto hay que 
irresistiblemente detiene la atención de la crítica acu- 
sadora de bellezas! Admirable es, en las primeras pá- 
ginas, la descripción de la estampa caricaturesca de la 
iglesia de San Sebastián, «fea y pedestre como un 
pliego de aleluyas, ó como los romances de ciego»; 
risible preciosidad arqueológica, ante la cual el Gal- 
dós que recibió en herencia del «Curioso Parlante» la 
pasión local y la manía escudriñadora del viejo Ma- 
drid, encuentra, para abogar por la conservación de 
aquella vieja reliquia, la razón ingeniosa de que «la 
caricatura monumental también es un arte». Prodigio- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



159 



sos, como imitación artística del lenguaje zafio y ple- 
beyo, son algunos de los parlamentos de las mendigas, 
y están divinamente trazadas sus figuras. Hay grande 
habilidad en el relato del pavoroso descenso de la em- 
pobrecida ama de Nina. Tiene un brillante colorido, 
legendario y fantástico, la relación de las visiones y 
las ceremonias supersticiosas del moro. Y admirables 
de estudio y de observación, y llenas de gracia, entre 
melancólica y burlona, son las páginas en que Ponte 
alienta los nostálgicos anhelos de opulencia de Obdu- 
lia, y ambos disfrazan en sus coloquios la miserable 
realidad, gracias á los sueños dorados tejidos con las 
reminiscencias de los tiempos buenos y las vanas es- 
peranzas de un futuro imposible... ¡Naturalidad glo- 
riosa! Para la realidad de esta manera reflejada; para 
la observación que de tal manera penetra en las entra- 
ñas de la realidad, y para el arte poderoso que con 
semejante energía la representa, ¿quién se atreverá á 
decir que haya pasado la oportunidad ó que haya de 
pasar alguna vez, ni quién dejará de sentirse — cuando 
así se entienden las cosas — tan enamorado de lo real 
y verdadero como en los tiempos en que equivalía 
pronunciar, en literatura, esas palabras, á reivindicar 
un derecho y á desafiar para una lucha? — Porque es 
realista de la realidad inmortal y porque nunca vincu- 
ló su arte con lo que en el naturalismo de escuela 
hubo de exclusivo, de falso y transitorio, é hizo de ese 
naturalismo una de las más inexplicables — iba á decir 
una de las más odiosas y más absurdas — entre las in- 
tolerancias humanas, nada tiene que temer el arte de 
Galdós de las oportunidades nuevas y de las reacciones 
justicieras y fatales del criterio, el sentimiento y el 
gusto, y puede ahora conciliar perfectamente con la 



160 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



consecuencia á su firme tradición de realismo, el «es- 
píritu nuevo > que penetra todas sus últimas creacio- 
nes y las comunica una alta significación ideal. 

Creo haber aludido en alguna parte de este artículo 
á la profunda verdad de observación y al arte primo- 
roso que hay en algunas de las figuras secundarias que 
en la obra intervienen. La de doña Francisca Juárez y 
la del á un tiempo lastimero y graciosísimo Ponte, no 
pueden quedar sin un encarecimiento excepcional, por 
mucha que sea la superficialidad y rapidez del examen 
que se haga del conjunto. Ambas rivalizan en vida y 
en relieve, y están armónicamente enlazadas en el cua- 
dro por la identidad de los motivos de que adquieren 
su interés novelesco y por el fondo común sobre que 
sus caracteres se destacan, sombreado por los reveses 
de la suerte y la infidelidad de la fortuna tornadiza. 
Para pintar estas fases prosaicas y desconsoladoras de 
la vida burguesa; las que proceden de los efectos mo- 
rales de la escasez en las almas formadas en el hábito 
de la abundancia ó torturadas por la tentación, con la 
ansiedad febril de poseerla, fué siempre maestro el 
pincel del gran observador, á quien debemos los dos 
magistrales estudios de Lo prohibido y La de Br ingas. 
En tal intento, la figura de Obdulia tiene también ras- 
gos felices. Y magistralmente dibujado está, asimismo, 
el carácter de Juliana, cuya mediocridad burguesa de 
virtud presta á la abnegación de Nina el realce de su 
contraste con las poco simpáticas limitaciones del 
«prudente equilibrio» y del «término medio», y cuya 
entrevista — tan admirable y concisamente narrada — 
con la criada misteriosa, en la escena final, es de una 
intensa sugestión y de un hermoso sentido. Aun en 
las figuras más subordinadas del cuadro, v. gr., la de 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



161 



los mendigos, que aparecen en las páginas primeras, 
sobre el fondo de aquella tan donosa descripción de 
la iglesia de San Sebastián, - rara vez deja de poner 
la mano del maestro el trazo primoroso que la de- 
nuncia. 

Pero el grande interés y la escogida belleza, el per- 
fume de íntimo encanto que se desprende de esta 
novela de Galdós, y la significación peculiar que la 
hará destacarse dentro del grupo novelesco que man- 
tiene, á partir de Realidad y de La Incógnita, una 
tendencia nueva en la constante transformación de 
su talento, están en esa admirable creación de Nina: 
ejemplo, que será inmortal, de cosas grandes obteni- 
das en el arte por medio de cosas vulgares y peque- 
ñas; ejemplo de lo sublime en lo vulgar, que, á la ma- 
nera de la vieja criada candorosa de Un cazur simple, 
parece iluminado por una sonrisa evangélica, piadosa, 
del arte grande y humano, al inclinarse, desde las al- 
turas, para reflejar un rayo de su luz sobre los po- 
bres, sobre los débiles y los humildes; sobre aquellos 
cuya virtud es opaca y cuyo bien realizado no apare- 
ce; sobre los desamparados y los ignorados del 
mundo! 



i í 



DECIR LAS COSAS BIEN.. 



Decir las cosas bien, tener en ia pluma el don ex- 
quisito de la gracia y en el pensamiento la inmacu- 
lada linfa de luz donde se bañan las ideas para apa- 
recer hermosas, ¿no es una forma de ser bueno?... 
La caridad y el amor ¿no pueden demostrarse tam- 
bién concediendo á las almas el beneficio de una 
hora de abandono en la paz de la palabra bella; la 
sonrisa de una frase armoniosa; el «beso en !a frente» 
de un pensamiento cincelado; el roce tibio y suave de 
una imagen que toca con su ala de seda nuestro es- 
píritu?... 

La ternura para el alma del niño está, así como en 
el calor del regazo, en la voz que le dice cuentos de 
hadas; sin los cuales habrá algo de incurablemente 
yermo en el alma que se forme sin haberlos oído. 
Pulgarcito es un mensajero de San Vicente de Paúl. 
Barba-Azul ha hecho á los párvulos más beneficios 
que Pestalozzi. La ternura para nosotros — que sólo 
cuando nos hemos hecho despreciables dejamos en- 
teramente de parecemos á los niños — suele estar 
también en que se nos arrulle con hermosas pala- 
bras. Como el misionero y como la Hermana, el ar- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



163 



tista cumple su obra de misericordia. Sabios: ense- 
ñadnos con gracia. Sacerdotes: pintad á Dios con 
pincel amable y primoroso, y á la virtud en pala- 
bras llenas de armonía. Si nos concedéis en forma 
fea y desapacible la verdad, eso equivale á conceder- 
nos el pan con malos modos. De lo que creéis la ver- 
dad ¡cuan pocas veces podéis estar absolutamente 
seguros! Pero de la belleza y el encanto con que lo 
hayáis comunicado, estad seguros que siempre vi- 
virán. 

Hablad con ritmo, cuidad de poner la unción de 
la imagen sobre la idea, respetad la gracia de la for- 
ma, ¡oh pensadores, sabios, sacerdotes!, y creed que 
aquellos que os digan que la Verdad debe presentarse 
en apariencias adustas y severas son amigos traidores 
de la Verdad. 



EL CENTENARIO DE CHILE 



Discurso pronunciado, en representación del Uruguay, 
en la sesión solemne celebrada por el congreso chi- 
leno, durante las fiestas del centenario, el 17 de 
Septiembre de 1910. 



Señores: 

La solemnidad de esta ocasión, la dignidad de esta 
tribuna, la calidad de este auditorio, hacen que nunca, 
como en este instante, haya deplorado que, en vez de 
tener el hábito de fijar mi pensamiento en los signos 
fríos é inanimados de la forma escrita, no tenga la 
vocación ni la aptitud de expresarlo en esa otra for- 
ma que brota, cálida y sonora, de los labios, como 
emanación directa del espíritu, y, conducida por las 
ondas del aire, llega á lo más íntimo de los corazones, 
para enlazarlos en un acorde unísono de simpatía. 

Yo debiera ser aquí la voz de un pueblo. Yo de- 
biera ser capaz de infundirla y contenerla en mi pala- 
bra, para transmitiros toda la intensidad de la emo- 
ción con que mi pueblo participa de los entusiasmos 
de este centenario: por lo que este centenario tiene 
de americano, y por lo que tiene de chileno. 

Por lo que tiene de americano: permitidme que 
conceda preeminencia á este carácter sobre el otro. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



165 



Más arriba del centenario de Chile, del de la Argen- 
tina, del de Méjico, yo siento y percibo el centenario 
de la América española. En espíritu y verdad de la 
historia, hay un solo centenario hispano-americano; 
porque en espíritu y verdad de la historia, hay una 
sola revolución hispano-americana. Y la unidad de 
esta revolución consiste, no sólo en la armonía de los 
acontecimientos y los hombres que concurrieron á rea- 
lizarla y propagarla por la extensión de un mundo, 
sino, principalmente, en que el destino histórico de 
esa revolución no fué alumbrar un conjunto inorgáni- 
co de naciones, que pudieran permanecer separadas 
por estrechos conceptos de la nacionalidad y de la 
patria, sino traer á la faz de la tierra una perenne ar- 
monía de pueblos vinculados por la comunidad del 
origen, de la tradición, del idioma, de las costumbres, 
de las instituciones; por la contigüidad geográfica, y 
por todo cuanto puede servir de fundamento á la uni- 
dad de una conciencia colectiva. 

Estos son, pues, en América, los días del magno 
centenario, que, único y múltiple, ha de prolongarse 
por más de dos decenios, evocando, hora tras hora, 
en cada pueblo americano, los recuerdos de la inde- 
pendencia y la organización: aquel género de memo- 
rias que quedan, para siempre, como las más altas y 
sagradas en la historia de las naciones. 

Diríase que un concurso imponente nos mira y 
atiende, incorporándose desde el pasado: el concurso 
de las generaciones que crearon, para el porvenir 
eterno, la América libre. Y en tamaña ocasión, las ge- 
neraciones del presente pueden hacer, ante ese he- 
roico pasado redivivo, dos afirmaciones que las satis- 
fagan y conforten. 



* 



166 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Testimonio de la primera de ellas son lo universal 
y lo solemne de las adhesiones internacionales que el 
centenario americano provoca: hoy en Chile, ayer en 
la Argentina; y consiste esa afirmación en decir que 
esta América española, tan discutida, tan negada, tan 
calumniada, por lai ignorancia y el orgullo ajenos, y 
aun por el escepticismo de sus propios hijos, empieza 
á existir para la conciencia universal; empieza á traer 
á sí la atención y el interés del mundo: no todavía por 
el brillo y la espontaneidad de su cultura, ni por el 
peso de su influencia política en la sociedad de las na- 
ciones; pero sí ya por la virtualidad y la realidad de 
su riqueza, por el brío y la pujanza de su desenvolvi- 
miento material, lo que no constituye, ciertamente, un 
término definitivo de civilización, pero es, cuando me- 
nos, el sólido cimiento, y como la raíz tosca y robus- 
ta, en la formación de pueblos que algún día han de 
ser grandes por el espíritu. 

Mucho tiempo después de emancipados, el mundo 
nos desconocía, ó, conociéndonos mal y desdeñando 
conocernos mejor, dudaba de nosotros. Quizá, alguna 
vez, amargados por la aparente esterilidad de tantos 
esfuerzos angustiosos y tantos sacrificios obscuros, 
dudábamos de nosotros mismos; y esta duda cruel no 
perdonó, en el Gethsemaní de Santa Marta, al alma 
lacerada del Libertador. Pues bien: hemos domeñado 
á la duda. Hoy nuestra esperanza en el inmediato por- 
venir es firme y altiva, y la fe del mundo empieza á 
recompensarla y confirmarla. Eramos, hasta ayer, poco 
más que un nombre geográfico: empezamos á ser una 
fuerza. Eramos una promesa temeraria: empezamos á 
ser una realidad. 

Otra alentadora afirmación permite hacer la ma- 



* 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



167 



ñera como este primer siglo concluye. Y es que los 
pueblos hispano-americanos comienzan á tener con- 
ciencia, clara y firme, de ia unidad de sus destinos; 
de la inquebrantable solidaridad que radica en lo fun- 
damental de su pasado y se extiende á lo infinito de su 
porvenir. Augusto Comte expresaba su profunda fe 
en la futura conciencia de la solidaridad humana, di- 
ciendo que la humanidad, como ser colectivo, no exis- 
te aún, pero existirá algún día. Digamos nosotros que 
América, la nuestra, la de nuestra raza, principia Á 
ser,— como persona colectiva consciente de su identi- 
dad. Congresos que se reúnen, vías férreas que se 
tienden de nación á nación, litigios internacionales 
que se resuelven, vínculos intelectuales que se estre- 
chan: todo concurre á esa manifestación de una plena 
conciencia americana. 

Yo creí siempre que en la América nuestra no era 
posible hablar de muchas patrias, sino de una patria 
grande y única; yo creí siempre que si es alta la idea de 
la patria, expresión de todo lo que hay de más hondo 
en la sensibilidad del hombre: amor de la tierra, poe- 
sía del recuerdo, arrobamientos de gloria, esperan- 
zas de inmortalidad, en América, más que en ninguna 
otra parte, cabe, sin desnaturalizar esa idea, magnifi- 
carla, dilatarla; depurarla de lo que tiene de estrecho 
y negativo, y sublimarla por la propia virtud de lo 
que encierra de afirmativo y de fecundo: cabe levan- 
tar, sobre la patria nacional, la patria americana, y 
acelerar el día en que los niños de hoy, los hombres 
del futuro, preguntados cuál es el nombre de su patria, 
no contesten con el nombre del Brasil, ni con el nom- 
bre de Chile, ni con el nombre de Méjico, porque 
contesten con el nombre de América. 



168 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



Toda política internacional americana que no se 
oriente en dirección á ese porvenir y no se ajuste á la 
preparación de esa armonía, será una política vana ó 
descarriada. 

Renuevo aquí lo que dije en ocasión reciente: cuan- 
do América surgió á la vida de la historia, no fué sólo 
una nueva entidad geográfica lo que apareció á la faz 
del mundo. Debemos pensar que surgieron con ella 
un nuevo espíritu, un nuevo ideal: el espíritu, el ideal 
del porvenir. La Europa civilizadora, que nos ha adoc- 
trinado, que nos ha amamantado en sus ideas de liber- 
tad y de justicia, fruto de su experiencia y de su ge- 
nio, tiene el derecho de esperar que nosotros, alivia- 
dos de la carga abrumadora de la tradición, bagamos 
algo más que repetirlas: tiene el derecho de esperar 
que las encarnemos en la realidad, ó, por lo menos, 
que tendamos enérgicamente á realizarlas. Si esta ori- 
ginalidad no cupiese en nuestra civilización: si nada 
hubiéramos de agregar, en el orden real de la vida, á 
lo imitado y heredado, ¿qué significaría, en definitiva, 
la revolución de 1810, sino una convulsión superficial, 
indigna de tales glorificaciones? ¿Qué sería esto sino 
seguir siendo colonias por el espíritu, después de ha- 
berlo dejado de ser en la realidad política...? 

Los que consideran milagro irrealizable que los pue- 
blos se relacionen alguna vez según otras normas que 
las de la tradición internacional fundada en el dolo y 
en la fuerza, y que sea en América donde ello se logre, 
olvidan que un milagro mayor está, vivo y tangible, en 
el hecho de este centenario. Si hace poco más de un 
siglo, es decir, si antes de la emancipación norte-ame- 
ricana y de la Revolución francesa, se hubiera asegu- 
rado que la democracia y la república, como formas 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



169 



permanentes de organización social y política, no sólo 
se realizarían en naciones poderosas y grandes, sino 
que se extenderían por todo un continente, y que este 
prodigio surgiría de las obscuras colonias europeas, 
sumergidas entonces en el sueño soporoso de la pri- 
mera infancia, la afirmación hubiera parecido á los 
más risible paradoja. Pues bien: cuando la virtualidad 
de las ideas y la energía de razas jóvenes y fuertes han 
tenido eficacia para transfigurar colonias obscuras en 
naciones dueñas de sí mismas, y para implantar, del 
uno al otro extremo de un continente, las formas avan- 
zadas de organización y de gobierno que, hace poco 
más de un siglo, parecían al sentido común de los 
hombres vanas utopías, ¿por qué dudar de que esa 
misma virtualidad de las ideas y esa misma energía de 
razas jóvenes y fuertes, alcancen en América á realizar, 
en la vida internacional, lo que los escépticos de 
hoy tienen por sueños y quimeras opuestos á leyes fa- 
tales de la historia: una magnificación de la idea de la 
patria; un porvenir de paz y de amor entre los pue- 
blos; una armonía internacional fundada en el acuerdo 
de los intereses de todos por el respeto leal de los 
derechos de cada uno? 

Esta es, en mí, la más intensa sugestión del cente- 
nario americano. Pero hay en los recuerdos que glo- 
rificáis, junto al carácter continental, el nacional; jun- 
to á lo que es gloria de América, lo que es gloria de 
Chile; y si lo primero me ha dado pie para afirmar la 
unidad hispano-americana, la comunidad de nuestras 
tradiciones y nuestros destinos, esto otro me impone 
la grata obligación de decir de la labor nacional de 
vuestro pueblo lo que, sin mengua de la justicia» no 
podría callarse en ocasión como ésta, 



170 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



Celebráis vuestro centenario con algo más que con 
el orgullo de los recuerdos heroicos de que procede 
vuestro ser de nación: lo celebráis con el orgullo de 
haber realizado, por la labor perseverante y eficaz, las 
promesas y las esperanzas de vuestro glorioso abolen- 
go de héroes. 

Anhelar la libertad es un instinto humano. Tener la 
energía suficiente para conquistarla, es hermoso y 
grande, sin duda, pero es, todavía, una energía del ins- 
tinto. Poseer el carácter necesario para mantenerla, 
arraigarla, justificarla como un bien merecido, y hacer- 
la noble y fecunda, es lo difícil y lo verdaderamente 
superior. Hay la voluntad heroica, la voluntad que 
gana batallas, y es un atributo de todo pueblo digno 
de este nombre, y todos los pueblos de nuestra raza 
la tienen al par vuestro. Pero hay otro género de vo- 
luntad, disciplinada, rítmica, paciente; hay un género 
de voluntad que es como la mano firme y segura de la 
razón: la voluntad que construye, que organiza, que 
educa, que siembra, que legisla, que gobierna. Este es 
el género de voluntad con que se edifican naciones, y 
éste es el género de voluntad en que os reconocemos 
preferentemente maestros. 

Mediante él, llegasteis á constituir, con anterioridad 
á los demás pueblos hispano-americanos,una nación de 
orden, un organismo de nación. Durante mucho tiem- 
po, en América, en medio de las turbulencias de nues- 
tro duro aprendizaje de la libertad, cuando la severi- 
dad del juicio extraño, ó la inquietud de la propia 
conciencia, nos tentaban al desaliento sobre los resul- 
tados de nuestros esfuerzos y la madurez de nuestros 
destinos, el ejemplo que primero acudía á nuestra 
mente, queriendo afirmar la aptitud de nuestra raza 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



171 



para la vida de las instituciones regulares, era el ejem- 
plo de Chile. 

Ninguna ocasión mejor que ésta para recordar y 
agradeceros ese ejemplo. Vuestra historia es una gran 
lección de energía y de trabajo. Vuestro desenvolvi- 
miento nacional tiene la ascensión graduada y armo- 
niosa de una amplia curva arquitectónica; la serena 
firmeza de una marcha de trabajadores en la quietud 
solemne de la tarde. Diríase que habéis sabido trans- 
portar á los rasgos de vuestra fisonomía moral ese 
mismo carácter de austera y varonil grandeza que el 
viajero siente imponerse á su ánimo, en la contempla- 
ción del aspecto y la estructura de vuestro suelo: 
férreamente engastado entre la majestad de la mon- 
taña y la majestad del mar; sellado por la expresión 
de la energía, más que por la expresión de la abun- 
dancia, de la voluptuosidad ó de la gracia. 

Señores: 

Interpretando el sentimiento de mi pueblo, yo, antes 
de descender de esta tribuna, os dejo aquí mis votos 
por que la estrella de Chile se levante en cielos cada 
vez más serenos; por que su resplandor ilumine glo- 
rias cada vez más puras, leyes cada vez más sabias, 
cosechas cada vez más opimas, generaciones cada vez 
más fuertes, más libres y más dichosas; y por que, con- 
certando su luz la estrella de Chile con las demás de 
la constelación hispano-americana, dentro de la armo- 
nía perenne que reposa en el amor y la justicia, man- 
tengan entre todas, para la humanidad de los futuros 
tiempos, un orden mejor, más bello, más grande, que 
los que el mundo ha visto formarse y disolverse en el 
desenvolvimiento de los siglos! 



«LA RAZA DE CAÍN» 



Carta á Carlos Rey les , 

Aunque la pequeñez de nuestro mundo literario 
hace que las impresiones y los juicios que manifesta- 
mos verbalmente se difundan con asombrosa facilidad, 
y aunque creo, por eso, que no necesitaba usted reci- 
bir estas líneas mías para saber con cuánta sinceridad 
y cuánto aplauso le he acompañado en su reciente 
merecidísimo triunfo, yo quiero enviárselas, siquiera 
sea para llenar una fórmula de cumplimiento y para 
no dejar sepultadas en las márgenes del ejemplar de 
La Raza de Caín con que usted me ha favorecido las 
rápidas anotaciones en que, según acostumbro, apun- 
té los comentarios íntimos de mi lectura. 

Escribo para usted, como si departiésemos en uno 
de nuestros coloquios literarios. El público tendría 
quizás derecho á que yo le hablase, con más deteni- 
miento y mayor precisión crítica, de su obra; pero es 
el caso que á mí me urge menos cumplir con el públi- 
co que con usted: de manera que, difiriendo hasta la 
ocasión más próxima el compromiso que acepto para 
con los lectores de La Raza de Caín, me apresuro á 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



173 



anticipar al autor un boceto de mi juicio, y sobre todo, 
mi abrazo amistoso y cordial de enhorabuena. 

Lo primero que yo haría resaltar y señalaría á la ad- 
miración de sus lectores, si se tratase ahora de escri- 
bir ese juicio, sería la doble y excepcional calidad de 
obra inspirada y obra perfecta (perfección literaria: 
orden, regularidad, conveniencia formal), con que se 
nos impone la última novela de usted. Para los que 
creen, vanamente, que hay una oposición y discordia 
casi irresolubles entre la energía de la inspiración crea- 
dora y el arreglo y primor de la ejecución artística; 
entre la fuerza interna de una obra y !a justa propor- 
ción de sus apariencias, me imagino que la lectura de 
esta novela ha de ser una prueba abrumadora de lo 
falso de ta! preocupación. El color y el dibujo lidian á 
una en tan admirable esfuerzo de arte. La Raza de 
Caín, que es obra de inspiración y de fuerza, es, á la 
vez, un hermoso modelo de corrección y de factura. 
De corrección en lo que la forma literaria tiene de más 
interno, de inmediato á la concepción original: en el 
plan, en el orden, en la armonía de las partes; y de 
corrección, también, en lo más exterior y plástico de 
la forma: en el lenguaje, en el estilo, en la expresión. 

Desde luego, hay en toda la obra una perfecta re- 
gularidad de estructura. Sabe usted componer; tiene 
usted una admirable intuición del desenvolvimiento ló- 
gico de un argumento, de la arquitectura de la obra 
novelesca; y esta cualidad, que ya se dejaba percibir 
en su primera novela, tanto más notablemente cuanto 
que parece ser una condición de experiencia más que 
de instinto, se manifiesta ahora con magistral intensi- 
dad. Bien sabe usted cuánto significa el reconocimien- 
to de tan preciosa condición literaria. Sin ese claro 



174 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



sentido del orden y la proporción, no hay novelista 
verdadero. Habrá, á lo sumo, cuentistas, «costumbris- 
tas», autores de cuadros ó episodios más ó menos re- 
lacionados, por una agregación inorgánica y despro- 
porcionada, dentro de una novela aparente; pero fal- 
tarán siempre al conjunto la entereza y la vida que 
sólo se dan cuando la obra es un verdadero organis 
mo: cuando es un ser animado, sujeto, como todos, á 
la ley de las correlaciones orgánicas. 

La acción de su novela sigue la progresión armonio- 
sa, el movimiento fácil de la curva, que es la línea ex- 
presiva de la agilidad y de la gracia, porque, cambian « 
do constantemente de dirección, cada dirección nueva 
está indicada por la que la precede. Y no sólo sería 
imposible señalar episodios inútiles en su obra, ó ras- 
gos deficientemente acentuados, ó partes que pudie- 
ran suprimirse sin perjuicio de la naturalidad ó el in- 
terés, sino que hay siempre en ella una feliz y atinada 
correspondencia entre la fuerza y eficacia de Ja inspi- 
ración y la importar cia relativa de los episodios; de 
manera que el más subido valor artístico en el desem- 
peño corresponde constantemente á los pasajes más 
significativos é importantes de la acción. 

Todo esto representa gran mérito, sin duda; pero 
mucho más que el acierto que usted ha demostrado 
al correlacionar los elementos de su novela, atendería 
yo, en el juicio que escribiese, al valor propio de estos 
elementos, y muy particularmente al de los caracte- 
res, que es donde la crítica que quiera hacer á usted 
plena justicia ha de agotar el capítulo de las alaban- 
zas. No hay facultad artística superior á la de la inven- 
ción de caracteres. El novelista lo es en más ó menos 
alto grado según la fuerza de su poder característico; 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



175 



y el raro don de crear seres imaginarios que vivan y 
perduren, como si á la realidad de los que engendra 
la Naturaleza unieran la inmarcesible juventud y fres- 
cura de los dioses, es concedido sólo á los que pueden 
levantarse, como pájaros sobre corrales, por encima 
del vulgo novelador. 

Ha creado usted, por lo menos, dos almas que vivi- 
rán, que resistirán muchos aletazos del tiempo. La crí- 
tica, que las ha llevado ya á su laboratorio y las ha so- 
metido á todas las pruebas del análisis, ha tenido que 
reconocer la presencia del indefinible soplo vivificador 
en esas dos criaturas de su fantasía. Extrañas y singu- 
lares criaturas, pero vivas y reales, y menos raras qui- 
zá—aun limitando la observación á nuestro propio 
ambiente — de lo que la mayoría de sus lectores ha de 
imaginarse; aparte de que la índole misma de su obra 
las requería de otra arcilla que la arcilla común y otro 
modelo que el modelo corriente. Observa, con acier- 
to, Bourget, que para el interés y la fuerza de la nove- 
la psicológica, los caracteres medios, normales— del 
punto de vista del relieve del carácter mismo, y de la 
moralidad — , que pueden suministrar tan abundante 
materia de observación como cualesquiera otros tra- 
tándose de la novela de costumbres, valen menos que 
cualquier tipo de excepción, ya se entienda lo excep- 
cional en el sentido de la superioridad, ya en el de lo 
degenerado, mórbido ó abyecto. La psicología nove- 
lesca se alimentará siempre, preferentemente, de lo 
raro y excepcional, en materia de caracteres humanos. 

Guzmán y Cacio son almas de excepción; y además, 
es fácil descubrir en ellos, sobre su carácter individual, 
bien determinado y concreto, un significado ideal, de 
personificaciones ó tipos; pero, por magia de su arte, 



176 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



que ha pasado de esta manera sobre la más ardua di- 
ficultad de los grandes caracteres dramáticos y nove- 
lescos, la verdad real, el fondo humano, de ambos ca- 
racteres, no aparecen en lo más mínimo empañados 
por la representación típica é ideal con que resaltan á 
los ojos de quien penetra en lo íntimo de su concep- 
ción. Ha esculpido usted estatuas representativas en 
carne palpitante: ¡grande hazaña de arte! Y al desen- 
volver ante nosotros la tela obscura y rara de esas 
almas fingidas; al descender á los abismos de este 
mundo infinito que se abre en la intimidad de cada 
conciencia, é iluminar sus honduras espantables, y des- 
cubrirnos la convulsa y desordenada rotación del pen- 
samiento que ha sido arrebatado por monstruoso 
egoísmo á todo centro de atracción exterior, ¡qué 
fuerza y qué fineza de análisis; qué justo atrevimiento 
en los grandes rasgos y qué incisiva delicadeza al he- 
rir en ciertas reconditeces; cuánta verdad y cuánta 
eficacia en la expresión! 

El siglo que concluye, siendo en cierta manera el de 
los grandes y heroicos esfuerzos de la voluntad, el de 
la triunfal expansión de las energías interiores, es á la 
vez, por singular antinomia, el que legará á la historia 
de los males humanos más abundante acopio de ob- 
servación en cuanto á las enervaciones y enfermedades 
del carácter, que extinguen ó desencaminan aquellas 
energías. La raza novelesca á que pertenecen sus dos 
raros y desventurados protervos no es otra que la que, 
con más ó menos profundas modificaciones, ha dado 
á la literatura de este siglo — como expresión de uno 
de los grandes tipos reales que en él se reproducen — 
toda una doliente multitud de enfermos de la volun- 
tad, de egoístas desorbitados y rebeldes, almas sin 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



177 



equilibrio y sin luz, llevadas por la dilatación morbosa 
del propio yo y por la rebelión insensata contra las 
leyes de la vida, á todos los tormentos del fracaso y 
la desesperación. Ese tipo fundamental tiene toda la 
talla mensurable por el ámbito del mismo siglo. Cien 
años de distancia separan al René de Chateaubriand 
del Des-Esseintes de Huysmans; la mirada vulgar no 
alcanzará á percibir las semejanzas en medio de las 
diferencias; pero restableciendo la sucesión de héroes 
imaginarios que se tiende entre ellos, al través de la 
novela y el drama contemporáneos, sería fácil mani- 
festar claramente su parentesco espiritual, y compro 
bar que una herencia, acrecentada siempre, de mise- 
ria y de culpa, los vincula como el primero al último 
eslabón de una viva cadena de condenados. 

Con acentuada fisonomía individual, con personali- 
dad bien característica y propia — porque sus criatu- 
ras espirituales son verdaderamente suyas, y usted las 
ha forjado con jugos de su alma y alientos de su fan- 
tasía — , Cacio y Guzmán pertenecen á esa misma mul- 
titud inmensa y llorosa, que marcha al porvenir, escu- 
dada por la inmortalidad del arte que la ha consagra- 
do, para llevar á la posteridad que nos juzgará la con- 
fesión sincera de nuestras flaquezas y las sombras de 
esta extraña alma de nuestro tiempo, tan contradicto- 
ria en su complejidad, tan irreducible, para nosotros, 
á toda clasificación y todo juicio. 

Contribuyen efizcamente, en su obra, á la intensi- 
dad del efecto, la justeza y solidez de la expresión. 
La forma en que está escrita - austera y mate quizá, 
pero de una adaptación y una conveniencia perfectas 
respecto á lo que, por sujeción á los términos con- 
sagrados, llamaremos el fondo — tiene la fuerza del 

12 



178 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



músculo y el calor de la sangre. Su escritura- como 
hoy suele decirse — revela que tiene usted siempre 
presente la relación de dependencia del estilo respec- 
to de la idea, y que la forma literaria se rige para 
usted, como en el concepto spenceriano, por un prin- 
cipio de economía dinámica. Y sin embargo, en cier- 
tos momentos intensos de la acción, en los fuertes 
rasgos característicos de un personaje, en los toques 
vivaces de la descripción ó el sentimiento, su manera 
llega á adquirir á veces, independientemente de aquel 
valor de relación, notas y vibraciones de las que dan 
á la palabra y á la frase un valor propio é intrínseco, 
un valor comparable con el que tienen, antes de ser 
colocadas en sus joyas, las piedras raras que cente- 
llean, dispersas, sobre la mesa del artífice que ha de 
engarzarlas en el oro ó la plata. 

La transcendencia ideal, el pensamiento íntimo de 
su obra, merecerían ser estudiados tanto más prolija- 
mente cuanto que usted nos la presenta, si no con un 
propósito declarado y prosaico de enseñanza, con el 
de ejemplo capaz de sugerir ideas saludables. Yo en- 
cuentro justificado ese propósito. Aquellos que quie- 
ran sostener que hay en el libro una tesis pesimista, 
una idea de predestinación fatal, que tiende á poner 
de relieve lo inevitable de la humillación y el sufri- 
miento en la raza maldita, nacida para ofrecer, con 
sus serviles espaldas, vivo escabel á los llamados al 
triunfo y á la gloria, no carecerán de razones atendi- 
bles para justificar esa interpretación, ya que es ca- 
racterístico de casi toda tesis transcendental velada 
en forma de arte la posibilidad de atraerla en más de 
un sentido y resolverla á favor de más de una idea. 
Pero aquel mismo valor de saludable ejemplo que 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



179 



usted supone en La Raza de Caín es ya una prueba 
de que, por lo menos, la interpretación personal, la 
conciencia artística del autor, van por otros caminos; 
y el examen atento de la relación de los caracteres 
con el término de la acción conduce, en mi sentir, á 
un resultado ideal menos desconsolador y más ver- 
dadero. 

Atendiendo, preferentemente, al carácter de Guz- 
mán, es como aparece ese resultado, claro y distinto. 
Ha querido y ha conseguido usted enseñar que el cul- 
tivo egoísta del propio yo, no dominado por la con- 
ciencia de nuestra subordinación á las leyes de la vida 
y de nuestra solidaridad con la obra de todos; la per- 
versión de la voluntad, enervada por la ausencia de un 
objetivo real, viril y fecundo, y por la disconformidad 
cobarde con la naturaleza y el deber; el engrandeci- 
miento ficticio y vanidoso de la personalidad propia á 
costa de nuestra ineludible condición de seres socia- 
les, son los seguros antecedentes de la derrota sin 
honor, en los combates del mundo. Ha querido y ha 
conseguido usted enseñar que cada destino individual 
tiene su única posibilidad de paz y de dicha en la 
adecuada relación de los intentos y las aspiraciones 
con la fuerza real del propio ánimo, y en la transac- 
ción generosa de nuestra voluntad con lo inevitable y 
lo fatal. Nos ha mostrado usted cómo la estéril sober- 
bia de los egoísmos rebeldes es un motivo de disolu- 
ción que concluye por destruir y anular la misma 
voluntad que se consideraba engrandecida y fortifica- 
da por la virtud del aislamiento. 

Así interpreto yo el sentido de su obra, y por eso 
creo que no va usted descaminado cuando considera 
que nuestra impresión será sana y benéfica, aunque 



180 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



amarga. Quizás hubiera sido bien, para que ese sen- 
tido apareciese, á los ojos de todos, claro y patente, 
que hubiera usted opuesto al cuadro de enervación y 
de egoísmo que ha querido dejar severamente en pie, 
como una dura lección, un cuadro, un episodio, un 
personaje, una escena accidental siquiera, que signifi- 
caran, por contraste, la apoteosis de la vida, del es- 
fuerzo viril, de la actividad valiente, generosa y fe- 
cunda. El grupo de los Crocker, con su perfecta, y á 
las veces antipática, mediocridad, no es suficiente para 
producir ese efecto de contraste, aunque tiene su sig- 
nificación necesaria y oportuna dentro del conjunto de 
la acción. Pero, aun sin eso, yo creo que quien quiera 
interpretar rectamente la filosofía de su obra tendrá 
que hacerlo en un sentido poco diferente del que yo 
le atribuyo; con lo cual la oportunidad de su dedica- 
toria quedará plenamente justificada, y el valor de en- 
señanza de su libro resultará tan claro á los ojos del 
pensador como su valor de ficción á los del artista. 

Pongo punto á esta carta, ya larga para lo que es, 
y que usted sabrá tomar en su exclusivo carácter de 
esbozo de un estudio futuro, y le estrecho afectuosa- 
mente la mano. 



Á ANATOLE FRANGE 



Discurso pronunciado en el banquete ofrecido á Ana- 
tole Frange, á su paso por Montevideo, el 16 de Ju- 
lio de 1909. 



Ilustre maestro: 

Un pueblo joven, que aspira á orientar su espíritu 
en dirección á las nobles superioridades de la inteli- 
gencia, flor exquisita y tardía de la civilización, saluda 
en vos al embajador glorioso de esa patria universal, 
que, por encima de las fronteras y las razas, forman el 
pensamiento y el arte. 

Hermoso triunfo de la solidaridad humana es que 
las sociedades vinculadas por los principios esenciales 
de una civilización común, aunque se interpongan en- 
tre ellas la distancia material ó las diferencias de la 
raza y la lengua, constituyan ya, para las altas mani- 
festaciones del espíritu, un vasto y único escenario, 
donde se difunden, del uno al otro extremo, la voz 
propagadora de verdad ó belleza y el coro de simpa- 
tía y entusiasmo que responde á esa voz y la multi- 
plica. Las naciones latino-americanas, últimas, por su 
poca edad, en incorporarse á esa grande unidad ideal, 



182 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



componen, dentro de ella, un grupo atento y entu- 
siasta, el más entusiasta quizá, porque lo inspira el 
fervor del noviciado y porque pone en su atención 
é interés la secreta esperanza de que surgirán de su 
seno las voces soberanas del porvenir. 

Del pueblo en que os encontráis, acaso sólo había 
llegado hasta vos, en rumor apagado y confuso, el 
eco de las discordias civiles que, renovándose con 
porfiado encono, han dado tan claras pruebas de 
nuestro valor como dudosas de nuestra madurez polí- 
tica. Este ha sido ante el mundo el testimonio de nues- 
tra existencia. ¡Testimonio demasiado violento, sin 
duda! Pero nosotros, que queremos la organización y 
la paz, y que marchamos definitivamente, y con fe 
profunda, á conquistarlas, uo nos avergonzamos ni 
nos desalentamos por e^os revoltosos comienzos, por- 
que sabemos que ellos son, en los pueblos como en 
los hombres, la condición de la niñez. Tuvimos el 
arranque atrevido de optar por la libertad; hacemos 
su duro aprendizaje: tal es nuestra historia. Y como 
entre las cualidades excelsas de vuestro espíritu pen- 
sador cuéntase la de la comprensión amplia y gene- 
rosa, que mira de lo alto y llega hasta el fondo de las 
cosas y de las almas, sabemos ya que aplicáis á nues- 
tra indómita inquietud, tan duramente juzgada de 
ordinario, ese criterio de benevolencia y de espe- 
ranza. 

Podría personificarse el genio de esta turbulenta 
América latina, tal como se ha manifestado hasta hoy, 
en aquel belicoso niño griego que el poeta de las 
Orientales imaginó entre las ruinas calcinadas de 
Chío, después de pasar el invasor, y que, preguntado 
por el pasajero sobre la prenda que lograría conten* 



feL MIRADOR DE PROSPERO 



tarle — flor delicada, sabroso fruto ó ave melodiosa — , 
contestaba pidiendo, con ademán heroico, «pólvora y 
balas». «Pólvora y balas> nos habéis oído pedir, aque- 
jados de fatal é inaplacable deseo. Pero lo que acaso 
no conocíais suficientemente es que, á pesar del vérti- 
go que nos ha arrebatado, y aprovechando las treguas 
precarias y luctuosas, hemos aspirado, con incesante 
y no siempre estéril afán, á saber, á comprender, á ad- 
mirar, y también á producir; hemos reconstruido cien 
veces los fundamentos de cultura arrebatados por el 
huracán de las discordias; hemos tendido, en una pa- 
labra, á la luz, con la fidelidad inquebrantable de la 
planta que, arraigada en sitio obscuro, dirige sus ra- 
mas anhelantes hacia el resquicio por donde penetra, 
pálida y escasa, la claridad del día. Y bien: esta con- 
ciencia de los deberes de la civilización, este senti- 
miento de dignidad intelectual, que, á pesar de todo, 
ha velado en nuestro espíritu, es lo que nos asegura 
que el triunfo será nuestro en la lucha con los fieros 
resabios del pasado. Ceci tuera cela: esto matará 
aquello; y ya está cercana la hora en que el niño he- 
roico del poeta no pedirá más al pasajero, con airado 
gesto, «pólvora y balas», sino que aceptará, sonriente, 
de sus manos, la flor delicada y el ave melodiosa, 
símbolos de belleza y mansedumbre. 

En su obra lenta y penosa de cultura, estos pueblos 
de América han sido forzosamente, hasta hoy, tributa- 
rios del espíritu europeo. El faro orientador que razas 
predestinadas fijaron, hace millares de años, en las 
costas del Mediterráneo, azul y sereno, orlándolo con 
las ciudades creadoras de la civilización, permanece 
aún allí, sin que otra luz haya eclipsado sus fulgores. 
Somos aún, en ciencia y arte, vuestros tributarios; 



184 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



pero lo somos con el designio íntimo y perseverante 
de reivindicar la autonomía de nuestro pensamiento» 
y hay ya presagios que nos alientan á afirmar que va- 
mos rumbo á ella. Aspirando eficazmente á alcanzarla 
os demostraremos á los que ejercéis desde vuestras 
cátedras ilustres el magisterio de nuestra cultura, que 
hemos aprovechado vuestras lecciones y vuestros ejem- 
plos. Consideramos los americanos que nuestra eman- 
cipación no está terminada con la independencia polí- 
tica, y la obra en que hoy esforzadamente trabajamos 
es la de completarla con nuestra emancipación espiri- 
tual. Os escuchamos y admiramos, pues, á vosotros, 
los maestros lejanos, no como el siervo que ha abdi- 
cado su personalidad, ni como el hipnotizado que tie- 
ne su personalidad inhibida, sino como el alumno re- 
flexivo y atento, para quien la palabra magistral, lejos 
de ser yugo que oprime, es, por el contrario, impulso 
y sugestión que estimulan á investigar y pensar por 
cuenta propia. 

Maestro: representáis entre nosotros la patria uni- 
versal del pensamiento y el arte, pero representáis 
también una patria más concreta y definida: represen- 
táis el espíritu de Francia. Acaso no imagináis toda la 
vibración de amor y de entusiasmo que ese nombre 
despierta en nuestra mente y en nuestro corazón. 
Cuando se habla de Francia, no podemos hablar como 
extranjeros. En el raudal de sus ideas hemos abrevado, 
de preferencia, nuestro espíritu; con los ejemplos de 
su historia hemos retemplado constantemente nuestra 
admiración del heroísmo y nuestra pasión de la liber- 
tad. Nos hemos habituado — con justicia, sin duda — á 
representar en su nombre cuanto hay de más noble en 
la criatura humana: la claridad de la razón, el senti- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



185 



miento del derecho, la belleza del arte, la generosidad 
del sacrificio. Vemos en ella la suprema florescencia 
de esta alma latina que vela, en los siglos, sobre el 
mundo, para mantener, sobre los desbordes de la 
fuerza y sobre los incentivos de la utilidad, la enseña 
augusta del ideal desinteresado. En nuestro culto de 
la historia, en nuestra figuración del porvenir, en lo 
mejor de nuestro pensamiento, en lo más íntimo de 
nuestro corazón, vive y alienta el alma de Francia: 
musa, sacerdotisa, conductora inmortal, vibrante de 
simpatía como Antígona, bella y fuerte á la vez como 
Atenea Victoriosa. 

Y ese fascinador espíritu de Francia que, en su ma- 
nifestación de arte, es gracia, proporción, gusto ex- 
quisito, claridad de ideas y de formas; ese espíritu 
que encarnó en Montaigne, en Voltaire, en Renán, 
tiene hoy en vos su más alta personificación literaria • 
La más alta y la más típica. No por vano capricho 
ostentáis como nombre vuestro el nombre de vuestra 
nación. La representáis en las cualidades más caracte- 
rísticas de su inteligencia y de su sensibilidad. Vues- 
tro pensamiento es como la flor preciosa y leve en 
que concentra su escogida esencia la savia espiritual 
de una raza. Si como escritor tenéis la gracia del es - 
tilo, como filósofo tenéis un género de gracia aún 
más raro y difícil: tenéis la gracia del pensamiento. 
Veis el mundo al través de la ironía, pero la expresáis 
por una sonrisa tan fina y tan dulce que ella pierde 
toda su crueldad. Vuestra ironía vale tanto como el 
entusiasmo. Es aquella amable y piadosa filosofía de 
la buena sonrisa, que se traduce en una inagotable in- 
dulgencia para todas las debilidades humanas, en un 
vasto perdón para todas las miserias de nuestra natu- 



186 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



raleza pecadora, para todas las vanidades de nuestros 
sueños. Enseñáis á dudar, pero derramáis un óleo bal- 
sámico sobre la duda, porque enseñáis también á com- 
prender y tolerar. Salimos de vuestra dulce cátedra 
sintiendo que, á pesar de todas las ilusiones de nues- 
tra inteligencia y de todos los enigmas de nuestro des- 
tino, es hermoso ser justo, es hermoso ser sabio, es 
hermoso ser bueno. La admiración que os consagra- 
mos está mezclada de afecto y agradecimiento. Y 
aunque nada más extraño, ciertamente, á vuestra na- 
turaleza intelectual que las líneas rígidas y austeras 
del apóstol, bien puede decirse que en tierras como 
estas por donde pasáis, donde los caracteres y las pa- 
siones suelen tener la aspereza bravia de los bosques 
vírgenes, vuestra literatura es propia para ejercer, sin 
proponérselo, un verdadero apostolado: el apostolado 
de la tolerancia, de la benevolencia y de la delicadeza, 
dones supremos de la civilización. 

Maestro: no podemos ofreceros nada para vuestra 
gloria, porque vuestra gloria está completa, y por- 
que, rudos trabajadores de un suelo que es necesario 
desbrozar, no hemos cosechado todavía las flores con 
que se tejen las guirnaldas para las frentes elegidas. 
Pero os ofrecemos, de lo íntimo de nuestro corazón, 
algo más suave y sencillo que la gloria: la simpatía; la 
simpatía que quedará, como huella indisipable de 
vuestra presencia, en la memoria de un pueblo que 
marcha al porvenir con la aspiración de ennoblecerse 
por la virtud de las ideas y por el culto de la belleza 
y la verdad. 



MIRANDO AL MAR 



¡Cuánto muda de color el mar inmenso!... ¿Quién 
habló de la monotonía del mar? La dura tierra sólo 
varía en el espacio; el mar cambia y se transforma en 
el tiempo. Allí donde hace un instante tuvo una fiso- 
nomía, ahora tiene otra diferente. Esa inmensidad es 
un perpetuo devenir, sin punto de reposo, sin veleidad 
de fijeza. ¿Qué gama como la gama de sus sonidos? 
¿Qué paleta como la que le surte de matices? ¿Qué 
imaginación más rica en formas que la ola, nunca igual 
á sí misma?... Yo quiero que detengáis el pensamiento 
en un aspecto nada más de esa variedad infinita: en la 
mudanza del color. ¡Cuán maravillosamente cambia de 
piel el monstruo enorme! ¡Y qué raras invenciones de 
tintas las que saca á luz sobre el lomo, ya crespo, ya 
sumiso! Para estos cambios suele bastar un instante: 
lo que se tarda en quitar la mirada y devolverla; y 
¿qué es lo que obra en ellos como causa? ¿qué es lo 
que colora de nuevo, y de improviso, la sublime ex- 
tensión? A menudo, sólo una nube que cruza por el 
cielo; sólo un rayo de sol que, rasgando el seno de las 
brumas, toca el haz de la onda; cosas de allá, de la re- 
gión de lo leve, de lo vago, de lo inaccesible... 



188 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



Tengo la imaginación hecha de tal modo, que toda 

apariencia material tiende en mí á descifrarse en idea. 
La Naturaleza me habla siempre el lengu?je del espí- 
ritu. Observando desde la playa esto que ahora apun- 
to, yo pensaba en ese otro mar, extraño y tornadizo, 
que es la multitud de los hombres, y pensaba luego en 
las mil cosas ligeras, aéreas, ideales, que flotan á toda 
hora sobre el mar humano, allá adonde no alcanza la 
furia de sus olas: concepciones de almas ilusas, candi- 
deces de almas puras, ensueños de almas bellas. .. Y 
me producía una suerte de embeleso considerar que 
basta á veces el toque, leve y sutil, de una de esas co- 
sas delicadas sobre el lomo del salvaje monstruo in- 
quieto, para colorearlo de nuevo en un instante, para 
que la muchedumbre — la formidable fuerza real — se 
rinda, como la cera al sello, á la todopoderosa debili- 
dad de una palabra del poeta, de una promesa del vi- 
sionario, de un ¡ayl del desvalido. 



LA TRADICIÓN INTELECTUAL ARGENTINA 



Aquella generación que llegó á la juventud bajo las 
sombras de la tiranía de Rosas trajo, entre los maes- 
tros de su grupo intelectual, un espíritu ático y fino 
en quien todos los refinamientos del gusto, todas las 
delicadezas de la sensibilidad literaria, se conciliaban 
con la aplicación infatigable y nimia del investigador. 
Tenía además — y he nombrado á Juan María Gutié- 
rrez — la intuición del pasado, el precioso secreto de 
devolver el movimiento de la vida y el color de la rea- 
lidad á las cosas muertas. Favorecido por tan aitas 
dotes, escribió sobre la historia literaria argentina pá- 
ginas que se leerán siempre con interés y provecho, y 
alguna entre ellas que seduce por el encanto del estilo 
y por la animación dramática, como una resurrección 
histórica de Taine. 

Desde entonces nadie ha renovado con tenacidad y 
amor suficientes para continuar tan luminosas huellas 
el estudio de los orígenes del pensamiento argentino 
y de su desenvolvimiento paralelo al de las energías 
de la vida activa y del progreso material, hasta la de- 
finitiva constitución de la nacionalidad. Nadie ha mos- 
trado gran empeño por que en este campo de las pro- 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



ducciones dei espíritu, más fácil de cuidar que los de 
aquellas actividades que no son, como él, patrimonio 
de unos pocos, se mantenga la continuidad, el espíritu 
informante de la tradición, ya perdido y disuelto en 
otras manifestaciones de la vida, descaracterizadas en 
toda esa parte de América por un cosmopolitismo sin 
crisol y sin norte. La tradición podría ser, sin embar- 
go, y limitándonos ahora á lo que se refiere á la acti- 
vidad del pensamiento, una fuente de inspiraciones fe- 
cundas que, armonizadas con ¡as influencias legítimas 
de innovación, darían por resultado el mantenimiento 
de una originalidad nacional dotada de fuerte energía 
asimiladora, con la que imprimiría sello propio á todo 
lo nuevo y extraño que adquiriera. 

El encadenamiento, la unidad sucesiva de esa tra- 
dición, se perciben fácilmente desde la época en que 
clarean los albores de la inteligencia argentina, hasta 
el término del largo proceso de formación de la nacio- 
nalidad. Y si se pregunta cuál es el rasgo dominante 
que reúne en una expresión característica las manifes- 
taciones literarias de tan dilatado espacio de tiempo, 
yo procuraría mostrarlo en la vinculación estrecha y 
constante de la obra del escritor y del poeta con las 
ideas, los afectos y los intereses de cada jornada de la 
existencia nacional. Toda aquella literatura es milicia, 
y este carácter permitirá afirmar, acaso, al historiador 
que la abarque en su conjunto, no su superioridad ar- 
tística sobre la de otros pueblos de América, donde 
se trabajó más pulcra y serenamente la forma, donde 
hubo ambiente má> ático para la producción del todo 
desinteresada; pero sí que fué una literatura más de 
acción y más de ideas. 

Carecía el pensamiento argentino, cuando la in- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



191 



dependencia le pr-so en aptitud de manifestarse con 
sinceridad, del precedente de una cultura literaria for- 
mada, dentro de la tradición de la colonia, como la 
había, con arraigo dos veces secular, en el Perú y en 
México. Pero la ausencia de ese precedente fué para 
él un beneficio. Así como, en la fisonomía social, no 
se vieron en las colonias del Río de la Plata los rasgos 
cortesanos que, en otros pueblos de América, opon- 
drían resistentes relieves al cincel de la Revolución, al 
ser transformados en lincamientos de nuevas demo- 
cracias, así en el uso de la palabra y de la pluma no 
existía el hábito de la producción huera, ficticia, única 
conciliable con un régimen de opresión y aislamiento 
al que se agregaban los viciosos influjos de la decaden- 
cia metropolitana. 

Las más remotas manifestaciones del pensamiento 
argentino se anticipan en pocos lustros al día de la 
emancipación; y esas mismas no son sino notas disper- 
sas y triviales, que sólo se dignifican y acuerda i en una 
expresión armónica cuando llegan las vísperas de Ma ■ 
yo. Entonces, las páginas de los primeros periódicos, 
movidas por una vaga repercusión de la tempestad de 
ideas que propagaba, del otro lado del mar, el hura- 
cán revolucionario, reflejan un interesante estímulo de 
curiosidad y animación intelectual. Comienza á deli- 
nearse el esbozo de una producción literaria. Esta lite- 
ratura principiante, infantil, en que lo transparente 
del alarde erudito, la excesiva é ingenua facilidad de 
entusiasmo, y el remedo inexperto de la aparatosa 
retórica que daba entonces el tono del buen gusto, 
nos impresiona hoy como un certamen de colegio, tie- 
ne un sentido histórico que la ennoblece y levanta 
extraordinariamente sobre su valer de realización ar- 



192 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



tística. Es la venerable literatura de los versos de 
Labardén, de los artículos de Vieytes, de las memorias 
consulares de Belgrano. Y toda ella manifiesta tan in- 
tensamente la ambición generosa de saber, la noble 
impaciencia en el ejercicio del pensamiento propio, la 
intuición y el sentimiento de las responsabilidades que 
traería consigo la obra de un futuro inmediato, que yo 
no la cambiaría, como punto de arranque de una tradi- 
ción intelectual, por la biblioteca varia y copiosa que 
la Salamanca mexicana de Ruiz de León y la Bizancio 
limeña de Peralta y Barnuevo habían acumulado, con 
sus propios autores, en dos siglos de literatura gongo - 
rica y vacía, pomposa máscara de la inanidad del pen- 
samiento. 

Cuando la vida monótona y pálida de la colonia 
experimenta por primera vez una conmoción capaz de 
engendrar alta poesía, inflamándose en ei sentimiento 
de resistencia á un invasor extranjero, levántase un 
tanto el vuelo mediocre de los versificadores, y el len- 
guaje de Jas proclamas alinea en cláusulas palpitantes 
de vida los tipos de aquella «Imprenta de Expósitos», 
que dió publicidad á todos estos memorables y can- 
dorosos balbuceos. Y cuando la hora suprema va á 
sonar; cuando el esfuerzo triunfante de la Reconquista 
ha servido de gimnasia heroica para preparar las vo- 
luntades y desentumecer los brazos, el pensamiento de 
la colonia, sobreponiéndose, en un arranque audaz, á 
sus tentativas inciertas, se remonta á la plenitud del 
raciocinio viril y de la exposición maestra con la Re- 
presentación de los Hacendados, que es la tarima 
sobre que se afirmó muy luego la tribuna de la Revo- 
lución. 

La gigantesca iniciativa de Mayo, no bien se pro 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



193 



duce, se levanta sobre la materialidad del hecho con 
un programa consciente, en el que la difusión de las 
luces y el anhelo de adquirir todas las formas intelec- 
tuales de la civilización, entran como elementos prefe- 
ridos. En la trágica solemnidad del primer momento, 
cuando toda la atención del espíritu debía parecer in- 
suficiente para dirigir la acción marcial, y todas las 
fuerzas escasas para ejecutarla, la Junta de gobierno 
resuelve con inoportunidad aparente — que se convier- 
te para el juicio postumo en la más alta y significativa 
oportunidad — la fundación de la Biblioteca pública. Y 
esta confianza enaltecedora en la eficacia de la cultu- 
ra y de la instrucción popular, sigue iluminando inva- 
riablemente, en medio de las borrascas del entusias- 
mo y el peligro, la marcha de aquella revolución aza- 
rosa. 

Buenos Aires mantiene con sus tribunos, con sus 
publicistas, con sus poetas, la propaganda, el pensa- 
miento, el nervio de civilización y cultura de la Revo- 
lución, mientras, con no menor grandeza sin duda, la 
guerra de los campos, que á los orientales tocó prin- 
cipalmente representar y abanderar, complementa y 
rectifica la magna obra con el empuje de sus energías 
instintivas. Para la eficiencia de aquel alto ministerio 
social, bien puede decirse que no fué inútil la palabra 
alada del poeta, que entonces, en la América estreme- 
cida de uno á otro extremo por el impulso revolucio- 
nario, como en Europa — donde la resistencia á las con- 
quistas napoleónicas reanimaba la conciencia nacional 
de los pueblos - , volvía á ser, como en los tiempos 
heroicos, el verbo del alma colectiva. 

No es su valer de arte, nunca ó rara vez superior, 
lo que realza á la poesía argentina de esta primera 



194 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



hora. Ella no produjo nada que pueda resistir paran- 
gón con la alteza lírica de ciertas ráfagas de Olmedo; 
ni con el clasicismo primoroso del cuadro de natura- 
leza tropical que Bello trazó, rescatando en él la pali- 
dez de los colores por la maestría del dibujo; ni con 
el grito del alma que anunciaba en los versos tormen- 
tosos de Heredia -inquietos ya bajo el entono de la 
máscara clásica — la proximidad de una poesía nueva 
por el sentimiento y por la forma. La condición supe- 
rior de la poesía argentina de aquel tiempo está en 
que ninguna otra sostuvo, en América, un comentario 
lírico tan asiduo y constante de la acción revolucio- 
naria, con sus encendimientos y desmayos, con sus 
triunfos y derrotas, desde el himno de 1813 hasta los 
cantos de Várela, de Lafinur y de Luca. Aquella poe- 
sía que hoy sentimos tan poco y consideramos ta* ar- 
tificial y fría, en su tiempo fué verbo palpitante, fué 
sugestión eficaz. El propio clasicismo solemne de sus 
formas no era sólo un amaneramiento retórico. El se 
relacionaba con las inspiraciones más íntimas del ge- 
nio de la Revolución americana, modelada, como la 
francesa, en la evocación de las sombras del civismo 
antiguo. Recuerdo que don Vicente Fidel López dió 
alguna vez luminosa idea de esta influencia real y hon- 
da del modelo clásico, que no domina sólo en las for- 
mas de la poesía de la Revolución, sino también en la 
marcialidad de sus héroes y la actitud estatuaria de sus 
tribunos. 

La intensidad de la tendencia de cultura y de noble 
idealidad que había movido, desde el primer instante, 
el espíritu de la revolución de Mayo, se comprueba 
plenamente cuando, llegada ésta, con el triunfo, á edi- 
ficar sobre lo que había destruido, produce el breve 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



195 



pero magnífico florecimiento que se personifica en Ri- 
vadavia. Acaso, en la historia de América, no haya 
ejemplo de un período de gobierno en que las ideas 
hayan ejercido fuerza tan eficiente é imperiosa en la 
dirección de la sociedad. Y la manifestación escrita y 
oral de las ideas adquirió de ello superior importan- 
cia. Pareció entonces revestir formas reales en la vida 
de un pueblo aquella imagen de una cultura intelec- 
tual vivificada por el sentimiento cívico y la austeridad 
republicana; por la dignidad de las costumbres y la 
seriedad de las inteligencias, que había soñado para 
el porvenir, cuando las pasajeras esperanzas del Di- 
rectorio, el alma apasionada de madame de Staél. Toda 
manifestación del espíritu convergía al centro ideal 
que fijaba aquel plan superior de gobierno. Adquiría 
el periodismo político las formas cultas de la imperso- 
nalidad y la doctrina. La tribuna se dignificaba al par 
de él. La instrucción quebrantaba el molde colonial 
de las viejas aulas de San Carlos, para impregnarse de 
ideas nuevas. Y la expresión literaria, enaltecida por 
aquel hermoso y altivo sentimiento de los progresos 
humanos que había inspirado á la poesía del siglo xvm 
el Hermes de Chénier y que vibraba en las odas civi- 
les de Quintana, cantaba con Juan Cruz Várela las 
Geórgicas de la tierra fecundada por la paz. Penetra- 
das del mismo espíritu, hasta las formas exteriores y 
usuales de la sociabilidad desplegaban uña elegancia 
áulica, que, sin quitar á aquel ensayo de republicanis- 
mo perfecto su sello de severidad genial, modificaba, 
en este rasgo también, la fisonomía de la colonia. 

La generación que estaba en la infancia ó en la pri- 
mera juventud, cuando así fructificaba la obra de la 
que la había precedido, ofrece en su figuración histó- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



rica ejemplo de esa misma vinculación estrecha y 
constante entre el pensamiento y la acción. Ella hizo 
la guerra á la formidable tiranía, con la palabra de sus 
escritores y el canto de sus poetas. Ella identificó sus 
entusiasmos literarios con sus propósitos de regene- 
ración política, bajo la enseña gloriosa de aquella 
«Asociación de Mayo», de donde surgieron á la vez la 
iniciativa poética de La Cautiva y la idea de organi- 
zación nacional que debía prevalecer sobre los odios 
de bando de la época. Ella dió su obra de mayor 
arranque genial, la más alta y duradera nota de su 
literatura, en un panfleto caldeado por los entusias- 
mos del combate: el Facundo, que siendo para la pos- 
teridad, principalmente, un libro de historia pintores- 
ca, un cuadro de admirable color americano, fué ante 
todo, en el propósito del autor, la denuncia de la bar- 
barie de la tiranía y el golpe destinado á conmoverla. 
Ella hizo más aún: cuando salvó, proscripta en sus 
hombres representativos, las fronteras de la patria, 
aportó á la libertad y á la cultura intelectual de otros 
pueblos un concurso que podría relacionarse, como 
signo de una persistente vocación nacional, con el que 
el genio expansivo de la Revolución de 1810 había lle- 
vado á la causa de la emancipación, en lejanas latitu- 
des de América. 

Nunca será inoportuno insistir en traer á la luz es- 
tas tradiciones de la cultura argentina. Sería bastante 
por si solo el rango que en la civilización y la riqueza 
de América está reservado necesariamente á ese gran 
organismo nacional, cuyo desenvolvimiento no parece 
muy lejano de la edad de plenitud viril de los pue- 
blos, para que las manifestaciones de su inteligencia 
y su carácter tengan ya un interés que afecta á la co- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



197 



munidad de las naciones de su origen, y para que en 
todas ellas merezca ser estudiada, entre los factores 
del porvenir, la posible influencia de su espíritu. 

El pensamiento, la palabra, la pluma, han sido, 
pues, en las grandes épocas de ese pueblo, fuerzas 
positivas que han mantenido la perseverancia de su 
civilización en un derrotero de altivez é idealidad. Esta 
condición tradicional obliga, como todo timbre de no- 
bleza. La energía de las generaciones jóvenes tiene «n 
precioso estímulo en la necesidad de confirmar ese no- 
ble rasgo del pasado; y gloria de ellas sería dejar de- 
mostrada su permanencia característica, su persisten- 
cia en lo íntimo, impidiendo que él se desvanezca y 
confunda en la vaguedad del cosmopolitismo invasor, 
como un perfil augusto que se apaga en una vieja mo- 
neda por el codicioso roce de las manos. 



EN LA ARMONÍA, DISONANCIAS 



De una carta á Alberto Nin Frías. 



La labor intelectual de usted me interesa tanto más 
cuanto que me ofrece, á menudo, ocasión de ejercitar 
mi pensamiento, familiarizándolo con ideas distintas 
de las que le imprimen sello y carácter. 

Nuestros puntos de partida son diferentes, casi 
opuestos. Usted procede del protestantismo, yo del 
helenismo. Usted espera ver salir el nuevo día de las 
biblias sin notas, de los templos de paredes desnudas! 
mientras que yo me atengo á las palabras de Juliano, 
que usted cita en su libro y que Ernesto Renán, mori- 
bundo, murmuraba en el delirio de la agonía: Que sal- 
ga el sol del lado del Partenón... Pero nuestros espíri- 
tus se acercan más cada día; convergemos á un mismo 
término; porque toda grande ruta ideal, no impor- 
ta cuál sea, lleva en dirección á la armonía, á la am- 
plitud, á la comprensión de todo lo bueno, á la amis- 
tad con todo lo hermoso. Un culto de que ambos so- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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mos fieles nos reconcilia especialmente: nuestro culto 
por Taine, que supo unir en su gigante alma el amor 
de Atenas y la admiración de Inglaterra. 

Por mi parte, á medida que vivo, siento mi espíritu 
más amplio y más sereno. Vinculo mi alma á nuevas 
cosas bellas. Venzo nuevas limitaciones- dentro de mí 
mismo. Veo dilatarse, con nuevas y singulares pers- 
pectivas, el horizonte de la contemplación, de esa 
contemplación que ambos tenemos por suficiente ob - 
jeto de la vida... ¿Ha olvidado usted á Thomas Grain- 
dorge? 

Tendemos, pues, á la armonía. No deseemos, em- 
pero, convertirla en identificación que anule toda 
peculiaridad individual, toda diferencia, Reservémo- 
nos del fondo de nuestras ideas algo propio é inde- 
clinable, con que se sustente el placer de la contra- 
dicción. 

Las divisiones convienen, dijo ya San Pablo, á quien 
usted debe de reverenciar, porque fué, por el es- 
píritu, una especie de protestante profético. Sin al- 
guna discordia y contradicción, la vida del pensamien- 
to sería una vida muy monótona y triste, donde, 
al cabo, la discordia renacería del seno del fastidio: 
nos pelearíamos entonces de puro fastidiados. 

Su nuevo libro viene lleno de ideas. Hace pensar; 
hace sentir. ¿Conquistará usted con él muchas almas 
para su tierra santa y sus profetas? De eso no estoy 
seguro. 

De lo que sí estoy seguro es del aprecio que tengo 
por su talento; de lo mucho que me complacen y ani- 
man su entusiasmo, no vano, sino equilibrado y cons- 
ciente; !a tendencia reflexiva y severa de su espíritu; 
su perseverancia; el temple de su naturaleza intelec- 



200 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



tual, sana y fuerte, como educada en país de robustos 
y tenaces trabajadores. 

Su labor de usted, tan sincera, tan progresiva, tan 
noblemente inspirada, merece citarse como ejemplo. 
Si yo tuviera autoridad para indicar ejemplos, la in- 
dicaría como tal. 



«DE LO MÁS HONDO» 



Colección de poesías de Emilio Frugoni. 

No ha mucho tiempo que procuraba yo expresar, á 
propósito de un libro de versos, la sensación que pro- 
duce en la mayoría de nosotros la comunicación espi- 
ritual con un temperamento lírico suficientemente do- 
tado de vida y fuerza interior para limitarse á buscar 
sus inspiraciones en ellas, sin abrirse á la repercusión 
de lo exterior y colectivo. Aquellos que tenemos dis- 
persa entre las cosas del mundo una buena parte del 
alma, y no podemos acariciar por mucho tiempo las 
dulces emociones de la concentración sin que nos in- 
quieten y sacudan los hilos espirituales que nos vincu- 
lan á esas cosas de afuera, envidiamos aquel privilegio 
y admiramos aquella facultad del poeta íntimo. Honda 
y delicada voluptuosidad debe ser la de vivir perpe- 
tuamente sumergido en esas aguas serenas, y llegar á 
hacer así del propio corazón un alga rara, que, siendo 
cosa viva, parece flor de artificio ó extraño adorno 
compuesto de sutiles encajes! Los demás sólo disfru- 
tamos por excepción dichosa, tal cual vez, á la mane- 
ra de regalado convite ó paseo encantador, los hala- 



202 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



gos de esa absorción escogida; pero en el poeta ínti- 
mo ella nos parece única y constante. 

Tengo ahora ante mí los originales de un nuevo 
libro de poesía, casi exclusivamente personal, ensi- 
mismada, dulcemente egoísta, y aquella impresión se 
reproduce, y se reproduce más intensa, porque me 
sorprende sumergido del todo en un gran clamoreo 
de voces exteriores, que acalla el rumor de las pro- 
fundas y sumisas que cada uno lleva — como la música 
de que hablaba Porcia — dentro de sí. 

Libro de intimidad; poesía de recogimiento y con- 
fidencia. No sé si habrá quien, después de conocida 
la obra, aconseje al autor que atienda á lo que pasa 
en torno suyo; que confunda su personalidad de poeta 
con la personalidad colectiva de su pueblo, ó con la 
de una comunión ideal, á la que muevan hondos inte- 
reses humanos. Tal hubiera hecho buena parte de la 
crítica en un tiempo. Pero no lo haré yo, que, en pre- 
sencia de un temperamento ú obra de poeta, nunca 
me he sentido inclinado sino á apreciarlos en sí mis- 
mos, tal cual la naturaleza desempeña en ellos su ley. 
Sieodo el instinto poético una vocación, en rigurosa 
etimología, esto es, un llamamiento, el poeta sabe bien 
de dónde procede para él la misteriosa voz y cuál es 
la dirección que ha de tomar para acudir á ella, sin 
que los rumbos que le indiquemos nosotros puedan 
darle más fija y feliz orientación. Nuestro deber de 
críticos es limitarnos á juzgar la obra realizada, en el 
campo adonde el poeta nos lleva. 

Y adviértase que es, quizá, este de las intimidades 
el único campo que la poesía podrá reivindicar eter- 
namente como suyo. Si yo creo en la perennidad de 
la forma métrica es porque no concibo cómo sería 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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posible eliminarla de la expresión del sentimiento in- 
dividual, en lo que ésta tiene de puramente lírico y no 
adherido accesoriamente á la descripción ó al relato. 
Imaginemos que la querella de la prosa y el verso 
haya de resolverse definitivamente de la manera como 
ella está resuelta con relación á las actuales condicio- 
nes de oportunidad literaria, y que persista para siem- 
pre la superioridad actual de la primera como instru- 
mento de la narración, del diálogo dramático y de la 
imitación descriptiva. Concedamos aún que, por lo que 
toca á la expresión entonada de los grandes afectos 
colectivos, quepan, sin inferioridad, dentro de la elo- 
cuencia de la prosa, el himno, la imprecación, el credo 
de fe, el ditirambo y el pean de victoria. Pero, aun 
cuando lo porvenir haya de ser eso, la forma poética 
conservará el imperio inmutable de las confesiones 
del sentimiento individual, cuyo interés perecerá, fa- 
talmente, desvanecido en trivialidad y falta de subs- 
tancia, cuantas veces intente privársele del quid inef- 
fábile del ritmo, de la misteriosa virtud que el ritmo 
pone en los ápices de la expresión: á la manera como 
hay vagos y delicados aromas cuyo encanto se disipa- 
ría si se les separase del tejido tenue y transparente 
de las flores de que se exhalan. 

Por otra parte, hay veces en que, á pesar de buscar 
su poesía dentro de sí mismo, el poeta íntimo llega á 
ser el más universal — casi diría el más impersonal — 
de todos los poetas. Sucede esto siempre que las 
emociones, los afectos, los estados de alma, que en 
sus versos encuentran expresión, no son los excepcio- 
nales de una naturaleza poética carecterizada por ex- 
traña y anómala, ni presentan muy acentuada la 
naance individual que cada humano corazón imprime 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



al sentimiento. Entonces, dentro de los vagos contor- 
nos con que el poeta dibuja la imagen de su vida in- 
terior, á todos nos parece ver algo de la propia; reco- 
nocemos allí nuestras sensaciones actuales, ó aquellas 
de que sabemos por el recuerdo, ó por lo menos nues- 
tras sensaciones virtuales y posibles; y es así como la 
elegía de Musset, ó el liéder heiniano, constituyen una 
poesía más de todos, más impersonal más cercana á 
la universalidad que un día tuvieron las epopeyas y los 
cantos de gesta, que el himno sagrado de Manzoni ó 
la imprecación política de Barbier. 

íntima de esa manera; íntima y general á la vez, por 
la índole de los sentimientos que expresa, es la poesía 
de este hermoso libro. Las impresiones, las tristezas, 
los sueños, que se dicen en él, son de aquellos que es- 
tán en la trama misma de nuestra sensibilidad y que 
aparecen á nuestra mirada apenas la hundimos en la 
profundidad azul que tenemos dentro. Este género de 
poesía transparenta, como el fondo de su corriente 
límpida, la identidad fundamental de nuestras almas. 
En cambio, aquel -no menos legítimo, sin duda — en 
que el relieve de la fisonomía individual alcanza á la 
singularidad y la excepción, hace sensible la idea de la 
complejidad infinita de que es capaz nuestra naturale- 
za á pesar de esa fundamental identidad. Pertenece á 
este último género la mayor intensidad de dominio so- 
bre cierto número de almas, distintas para cada poeta, 
y que éste agrupa á su alrededor por afinidad electiva; 
pero el dominio más extenso es del primero. Cada uno 
siente y admira en la proporción en que es capaz de 
identificarse con el objeto de su admiración. El senti- 
miento justo y eficaz, como la plena inteligencia críti- 
ca, de una obra, sólo se dan á condición de despren- 



EL MIRADOR DK PROSPERO 



205 



derse provisionalmente, el lector ó el crítico, de una 
parte de su propia personalidad, para embeberse en 
la del poeta. En presencia de una naturaleza moral 
hondamente distinta de la suya, esa mutación relativa 
de personalidad exige de ellos un esfuerzo, una ten- 
sión de simpatía, que no siempre logra ponerlos al 
unísono con aquella alma discordante. Pero cuando lo 
que el poeta se propone es desentrañar, del sentimien- 
to de todos, el interés y la virtud comunicativa que lo 
convierten en substancia poetizable, tal modificación 
personal no es casi necesaria, ó bien es casi insensi- 
ble. El poeta, entonces, reina sin opresión sobre sus 
subditos. 

Frugoni interpreta con nativa verdad este género 
universal de sentimiento, y lo interpreta en algunas de 
sus manifestaciones más hermosas y delicadas. Tonos 
suaves y de crepúsculo son los de su lírica. La unidad 
sentimental de esta colección de versos está en un 
vago dejo melancólico. Sabido es que el dolor es un 
voluptuoso dilettantismo de la adolescencia. Sabido es 
también que á la sugestión de las tristezas reales, como 
impulso generador de poesía, se une entonces, en el 
dolor imaginado, algo de ese hechizo de misterio y 
leyenda que tienen, para el alma sedienta de aventu- 
ras, las tierras raras, desconocidas y remotas. — No hay 
mucha sombra en la expresión de sus tristezas. Diríase 
que entre el sentimiento y la expresión, deja pasar — 
siguiendo un consejo magistral — el tiempo necesario 
para contemplar en la perspectiva del alma, con mira- 
da serena, la elegancia de las tristezas apacibles ó de 
las emociones de amor, ó el desfilar de los sueños, 
como nubes, ó un vuelo de recuerdos, como aves de 
paso que rozan el horizonte indeciso. Pero hay veces 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



en que la intensidad del sentimiento llega á la nota de 
la tristeza apasionada, como sucede en las composi- 
ciones que llevan por título Mi tortura y Tus rigores. 

Dominada, casi exclusivamente, la atención del poe- 
ta por el interés de lo que pasa en su escenario ínti- 
mo, poco es lo que le preocupa el escenario de la na- 
turaleza. Sus rasgos descriptivos son, sin embargo, 
verdaderos y hermosos; pero ellos están subordinados 
constantemente, como elemento accidental, al perso- 
nalismo lírico, y no sólo reflejan la naturaleza al través 
de un estado de alma determinado, sino que señalan 
ese modo, aún más estricto, de subordinación, en que 
la naturaleza aparece participando ella misma de los 
efectos del espíritu que la contempla. Asi en La Cho- 
za, Primaveral, El regreso y Llanto de rosas. 

Todo lo que se refiere á la ejecución, manifiesta en 
este poeta nuevo un sentido muy fino de lo plástico y 
de lo musical de su arte. Sabe escoger en el vocabu- 
lario poético, y rige con pulso firme y seguro el mo- 
vimiento de la estrofa. Esculpe el endecasílabo del 
serventesio ó de la silva con clásica limpieza, y el ro- 
mance se desata, al impulso de su mano, con la desen- 
vuelta gallardía que recuerda los escarceos y arrogan- 
cias de un corcel de torneo. Para apreciar, á la vez, la 
delicadeza de sentimiento y expresión, y la destreza 
en el gobierno del verso, que es justo reconocer á 
nuestro poeta, nada más apropiado que la lectura de 
composiciones como Súplica, Tus pupilas, Resurrec" 
ción, Fénix, Tus ojos, ó aquella que ocupa el segundo 
lugar en los Aletazos y á la que el autor no ha puesto 
nombre. Menos me agrada cuando vuelve á los metros 
y al estilo románticos, como en sus esproncedianas 
Siemprevivas. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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Si se me preguntase cuál es, de las composiciones 
de Frugoni, la que ra-e parece mejor y más caracterís- 
tica de las buenas cualidades de su estilo poético, qui- 
zá optaría por la Súplica, Hay aquí sentimiento inten- 
so y acendrado, belleza de expresión, y e! movimiento 
rítmico da á un mismo tiempo una sensación de gra- 
cia y de fuerza. La sensación de palpar el mármol fir- 
me y pulido, ó de ver ondear en el aire la espada del 
brazo vencedor. 

En ésta y algunas otras de sus composiciones, es 
fácil reconocer el paso de suaves vientos de Italia. Me 
parece laudable y digna de ser estimulada esta influen- 
cia, que es nueva en nuestro ambiente. A pesar de las 
similitudes de prosodia y de métrica entre ambas len- 
guas (lo que importa muchísimo, tratándose de cosa 
tan subordinada como la expresión poética á los ca" 
racteres de la forma); á pesar del paralelismo tradicio- 
nal en el desenvolvimiento de la poesía de entrambas» 
desde que al sol del Renacimiento tendieron, como 
dos velas amigas, su vuelo, y á pesar, también, de la 
proporción considerable en que contribuyen el espíri- 
tu y la sangre de aquel pueblo glorioso á la formación 
del bronce de nuestra raza futura, sólo como notas 
excepcionales y perdidas pueden señalarse las influen- 
cias de la poesía italiana en la de los poetas de la Amé- 
rica de habla española. Por otra parte, todo lo que 
importe contraponer sugestiones y modelos es una 
fuerza de originalidad— porque es una fuerza de eman- 
cipación, cuando se mantienen tan invariables y úni- 
cas, no tanto las fuentes de lo antiguo, sino las de lo 
nuevo y revolucionario. 

Verdad de sentimiento; elegancia y delicadeza de 
expresión; manejo hábil y espontáneo del ritmo: tales 



2 08 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



son las condiciones con que se adelantan á la luz las 
armas de este nuevo poeta, que es, en ese y otros 
conceptos, uno de los espíritus mejor dotados de su 
generación. Si, como el paladín de la leyenda, hu- 
biera él de poner en la mesa del hada propicia su 
homenaje, que debía ser también un símbolo de lo 
que el alma de! ofreadador llevaba dentro, pondría, 
no piedras ricas, tributo de la vanidad; ni flores, don 
efímero; sino, como el paladín, estas ofrendas, cuanto 
más sencillas más hermosas: un vaso del agua intac- 
ta de un torréate y una hoja límpida y flexible de 
acero. 



TUCUMÁN 



En un álbum publicado en ocasión 
del Centenario de Mayo, 

Tucumán es de las pocas ciudades hispanoame- 
ricanas cuyo nombre suena á distancia con ese pres- 
tigio de leyenda, con esa vibración de idealidad y 
simpatía, que queda en el espíritu cuando se deja re- 
percutir dulcemente, dentro de él, el nombre de las 
cosas lejanas con que se ha soñado mucho y que ig- 
noramos si llegaremos á ver... No es principalmente 
la aureola de los recuerdos históricos; no es el patri- 
monio de gloria que la ennoblece, lo que determina 
esa sugestión vinculada á su nombre. Cierto es que 
ella llevará siempre en el blasón nobiliario de su tra- 
dición heroica un título de escogida superioridad, 
que bastaría para diferenciarla de los centros de im- 
provisada civilización cosmopolita y mercantil, con 
que nuestra democracia americana dilata sus victo- 
rias sobre la bárbara poesía del desierto. Pero por 
encima de este prestigio de la tradición, descuella el 
de la naturaleza: la leyenda paradisíaca que, tejida 
por los relatos y las saudades del viajero, comunica 



210 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



á quienes la escuchan algo como una nostalgia de 
aquella tierra encantada, antes de haber estado en 
ella. Ni siquiera falta á esta nombradía de belleza 
la consagración de la página de perenne poesía que 
le dé una suprema expresión en el lenguaje humano. 

El beso transfigurador con que el arte toca la frente 
de la naturaleza virgen y la deja como hechizada, fué 
puesto en la frente de Tucumán por aquellos gruesos 
labios de primitivo que diseminaron á los vientos de 
América tanta robusta verdad y tanta estupenda pa- 
radoja y tanta desigual belleza: los labios de Sarmien- 
to. El formidable titán civilizador tuvo para los encan- 
tos de Tucumán una página de fragancia exquisita que 
asoma entre las agrestes asperezas del Facundo como 
una flor delicada en medio del matorral bravio. Yo no 
sé si las impiedades de la civilización han desgarrado, 
en torno del Tucumán de hoy, el velo de inefable poe- 
sía con que aparece en aquella página imperecedera; 
pero si acaso fuese así, yo pido á mis amigos de Tu- 
cumán que no me lo digan, y que me perdonen la 
crueldad de desear que su ciudad adelante poco y len- 
tamente, si ha de adquirir su mayor intensidad de ci- 
vilización á costa de su patrimonio magnífico de 
poesía. 



MAGNA PATRIA 



Cuando, universalmente, la noción y el sentimiento 
de la patria se engrandecen y depuran, abandonando 
entre las heces del tiempo cuanto encerraban de ne- 
gativo y de estrecho, aquí, en los pueblos hispano- 
americanos, bien puede afirmarse que la identificación 
del concepto de la patria con el de la nación ó el es- 
tado, de modo que la tierra que haya de considerarse 
extraña empiece donde los dominios nacionales aca- 
ban, importaría algo aún más pequeño que un fetiquis- 
mo patriótico: importaría un fetiquismo regional ó un 
fetiquismo de provincia. Porque si la comunidad del 
origen, del idioma, de la tradición, de las costumbres , 
de las instituciones, de los intereses, de los destino» 
históricos, y la contigüidad geográfica y cuanto puedt 
dar fundamento real á la idea de una patria, no basta» 
para que el lenguaje del corazón borre entre nuestros 
pueblos las convencionales fronteras y dé nombre de 
«patria» á lo que no lo es en el lenguaje de la políti- 
ca, ¿dónde hallar la fuerza de la naturaleza ó la voz de 
la razón que sean capaces de prevalecer sobre las ar- 
tificiosas divisiones humanas? Patria es para los hispa- 
no-americanos la América española. Dentro del sentí- 



212 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



miento de la patria cabe el sentimiento de adhesión, 
no menos natural é indestructible, á la provincia, á la 
región, á la comarca; y provincias, regiones ó comar- 
cas de aquella gran patria nuestra, son las naciones en 
que ella políticamente se divide. Por mi parte, siempre 
lo he entendido así, ó, mejor, siempre lo he sentido 
así. La unidad política que consagre y encarne esa uni- 
dad moral — el sueño de Bolívar — es aún un sueño, 
cuya realidad no verán quizá las generaciones hoy vi- 
vas. ¡Qué importa! Italia no era sólo la «expresión geo- 
gráfica» de Metternich, antes de que la constituyeran 
en expresión política la espada de Garibaldi y el apos- 
tolado de Mazzini. Era la idea, el numen de la patria, 
era la patria misma consagrada por todos los óleos de 
la tradición, del derecho y de la gloria. La Italia una y 
personal existía: menos corpórea, peno no menos real; 
menos tangible, pero no menos vibrante é intensa qué 
cuando tomó color y contornos en el mapa de las na- 
ciones. 



SAMUEL BLIXEN 



Discurso pronunciado, en representación del «Círculo 
de la Prensa», al inhumarse los restos de Samuel 
Blixeií, el 23 de Mayo de 1909. 



Señores: 

Cumplo, en nombre del «Círculo de la Prensa», el 
penoso deber de dar la eterna despedida al que fué 
nuestro vicepresidente, al que fué nuestro compañero, 
al que fué el amigo personal y carísimo de todos los 
que le tuvimos á nuestro lado en las tareas iniciales de 
nuestra institución. 

No es éste un duelo de la prensa, es un duelo más 
alto, es un duelo más hondo, es el duelo de toda una 
sociedad. Pocas veces la crueldad de la muerte ha ele- 
gido una víctima que por más distintos conceptos me- 
reciera ser lamentada. En la ansiedad angustiosa con 
que hemos seguido el rápido proceso ele esa inespera- 
da, de esa brutal agonía, y en el clamor de consterna- 
ción que ha levantado el anuncio del aciago desenlace, 
mézclanse notas que manifiestan muy diversos motivos 
de dolor. Es la prensa de Montevideo, que deplora la 
pérdida de un periodista insigne; es la literatura na- 



214 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



cional, que ve trozada la pluma de un escritor inimita- 
ble; es un partido político, que lamenta el vacío que 
ha dejado en sus filas uno de sus grandes elementos 
de porvenir, destinados á ser fuerza preciosa de mo- 
deración y de cultura; es la vida de sociedad, que 
pierde el ornamento de un espíritu favorecido con to- 
das las atracciones y todas las gracias; y por sobre 
todo eso, es la amistad, señores; es la amistad, que no 
tiene consuelo, porque ha sido herida en quien mere- 
cía su más apasionada adhesión. 

No se incurriría esta vez en una vulgaridad, mil veces 
repetida, si se dijera que la desaparición de Samuel 
Blixen es de aquellos infortunios cuya intensidad sólo 
se mide exactamente después que se producen. Ha- 
bíamos identificado de tal modo con el ambiente que 
respiramos la presencia de aquel espíritu luminoso, 
jovial, pródigo siempre de inteligencia y simpatía, que 
ha de pasar mucho tiempo antes de que nos habitue- 
mos á no verle en su encarnación corpórea, á no es- 
cuchar el encanto de su palabra; y nuestra sensación 
será como si hubiese en torno de nosotros menos luz, 
menos color, menos belleza... Es que la personalidad 
de Samuel Blixen tenía una significación tan escogida 
como rara á nuestro alrededor: representaba al hom- 
bre de talento que ha logrado salvar la libertad de su 
espíritu frente á las tentaciones de la pasión política 
y de la utilidad, y que se consagra, con entusiasmo 
impenitente, al culto de las imágenes de belleza y de 
espiritualidad que le cautivaron al ver abrirse ante sus 
ojos el espectáculo del mundo. 

Pudo aspirar, en la vida pública, á todos los éxitos 
y todos los honores que le aseguraban su talento 
incomparable y los prestigios y seducciones de su per- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



215 



sona. Pero él hizo abnegación de las ambiciones de 
poder y fortuna: y prefirió pasar por la vida, fiel á los 
sueños desinteresados de su juventud, cosechando las 
flores del camino, como en un alegre paseo, con ese 
soberano desdén de las ventajas materiales que hala- 
gan y esclavizan al vulgo de los hombres, pero que 
acaso no son capaces de proporcionarles las íntimas 
venturas con que los sueños de alas impalpables favo- 
recen á estos privilegiados del espíritu. 

Para caracterizar su naturaleza moral habría que 
imaginar una eterna alma de niño, con todo el candor, 
con toda la alegría, con toda la gracia, con toda la 
levedad ideal de una infancia respetada por el tiempo. 
Había esculpida en su fisonomía espiritual una dulce 
y bondadosa sonrisa. Dotado de todos los refinamien- 
tos y todas las exquisiteces de una naturaleza aristo- 
crática, complementada por la educación y por los 
hábitos de la sociabilidad, tenía, al propio tiempo, la 
sencillez y la llaneza de un hombre del pueblo, y su 
don de simpatía se comunicaba á los pequeños y á los 
grandes, á los poderosos y á los humildes. Era un es- 
píritu admirablemente organizado para ser dichoso, 
porque llevaba la condición de la felicidad en sí mis- 
mo: en su despreocupación infantil, en su placidez, 
en su optimismo, en su benevolencia; y por esto es 
tanto más cruel y tanto más injusta la fatalidad, que 
interrumpe, en lo mejor del camino, una vida que pa- 
recía destinada á coronar la plata de su vejez con las 
rosas de Anacreonte. 

El nombre de Samuel Blixen vivirá en nuestra tierra 
mientras quede en ella un rastro de interés por la cul- 
tura del espíritu y los deleites superiores del arte. Su 
actividad continua y entusiástica en la propaganda del 



216 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



amor de lo bello, de lo selecto, de lo desinteresado, 
bastaría á asegurarle la perennidad del recuerdo, por- 
que esa propaganda tiene, en sociedades como la 
nuestra, toda la significación de un Evangelio, casi 
siempre mal comprendido y mal agradecido, pero de 
una eficacia civilizadora mucho más radical y profunda 
de lo que imagina la vulgaridad. Su gran pasión lite- 
raria fué, como todos sabéis, el teatro, y su nombre 
será glorificado siempre como el del fundador del 
teatro nacional. En ambiente más propicio habría 
desenvuelto ampliamente las admirables facultades de 
gracia, de delicadeza y espiritualidad, que resplande- 
cen en las obras primorosas que nos ha dejado y que 
sobrevivirán á todos los cambios de escuelas y de 
gustos. En nuestro periodismo fué un invalorable ele- 
mento de cultura, de interés, de originalidad, que de- 
cidía por sí solo, con los fascinadores prestigios de 
su pluma, el éxito del diario á que se vinculaba. En la 
crítica de literatura y de arte, la obra de Blixen seña- 
la en nuestro país un punto de partida, una iniciación 
caracterizada por la fineza del criterio, la erudición 
selecta, la caballeresca impersonalidad y la singular 
belleza de la forma. La maravillosa facilidad de aquel 
estilo transparente y ágil, como un manantial intacto, 
será igualada alguna vez, nunca superada. Era un cul- 
tivador de la ironía; y, observación que enaltece tanto 
el temple moral del hombre como el gusto exquisito 
del escritor: nunca puso en su ironía, ni aun en el 
enardecimiento de la polémica, ni aun repeliendo el 
ataque personal, una sola gota de veneno. La benig- 
nidad de su ironía brotaba de la superior cultura de 
su gusto, pero brotaba también de una fuente más 
honda: brotaba de la bondad del corazón. 



EL MIRADOR D£ PROSPERO 



217 



Tenía el supremo don de la crítica: el don de ad- 
mirar. Y admiraba sin restricciones, sin reservas, con 
la efusión generosa de un entusiasmo siempre pronto 
á fluir en raudales de elogio, donde la benevolencia 
infinita no era obstáculo para que se transparentase 
la delicadeza de su juicio y de su gusto. La virtud de 
estímulo y animación que ejerció su critica, en nues- 
tro medio, es inmensa. Si entonar las voluntades inde- 
cisas y fortalecer las esperanzas de los que empiezan, 
en literatura y en arte, es una forma de hacer el 
bien — ¿y quién puede dudar de que lo sea? — , la crí- 
tica de Blixen fué una grande obra de bien. A mu- 
chos, á muchísimos, alentó: no puso estorbos á nadie. 
En la gratitud personal que yo le debo, interpreto la 
de mi generación y la de los que han venido después 
de ella. Todos los que manejamos una pluma, ó un 
instrumento de arte, todos le debemos un estímulo, 
todos ie debemos una esperanza, todos le debemos 
una parte de nuestro nombre y de nuestra consa- 
gración. 

Una sociedad entera le llora, pero hay una parte de 
la sociedad que singularmente debe llorarle. Para nos- 
otros, escritores y artistas, los que hemos consagrado 
lo mejor de nuestro espíritu y de nuestra existencia á 
labrar, en el alma de un pueblo nuevo é instable toda- 
vía, un refugio para el pensamiento desinteresado, un 
refugio para la meditación, un refugio para el arte, la 
extinción de esta vida es una gran fuerza que nos fal- 
ta, una gran voz alentadora que muere en el silencio, 
una gran soledad que nos desconcierta... Pero en las 
compensaciones ideales de la muerte, que acrisola y 
baña de perenne luz las realidades queridas que nos 
arrebata, el recuerdo de Samuel Blixen será perdura- 



218 



JOSÍ ENRIQUE RODÓ 



ble inspiración de nuestros esfuerzos, estrella propicia 
en las horas del desaliento y de la decepción. 

¡Duerme en paz, amigo y maestro en el culto de las 
cosas bellas, delicadas y amables de la vida! jY si de 
la infinita profundidad misteriosa donde se ha abisma- 
do tu espíritu algo puede descender sobre la tierra, 
sigue irradiando, desde allí, sobre nosotros, tu gran 
sueño de belleza, tu gran sueño de arte, tu gran sueño 
de idealidad! 



RECÓNDITA ANDALUCÍA 



Al margen de las «Elegías» de Juan R. Ji- 
ménez. 

Quien en el verbo lírico ame, sobre toda otra cosa, 
la verdad de la expresión personal, lea el libro de Ji- 
ménez. Esta poesía es personalísima del poeta, en la 
esencia y en la envoltura; es su alma misma, puesta en 
la más limpia y transparente expresión que alma hu- 
mana pueda darse en palabras. Infunde el poeta de tal 
modo su espíritu en los caracteres de la forma, que 
nuestra lengua, de duro bronce resonante, semeja pa- 
sar en sus versos por una entera transfiguración. Nun- 
ca se la hizo tan leve, tan vaporosa, tan alada. Leyen- 
do estas Elegías se reconocen, con sorpresa y arroba- 
miento, todos los secretos de espiritualidad musical, 
de sugestión melódica, que cabe arrancar al genio de 
una lengua tenida por tan exclusivamente pintoresca 
y estatuaria. 

Y si en la forma es singular, en la manera como el 
poeta siente la poesía de las cosas, su personalidad 
aparece aislada, y como nostálgica, en su medio. Ji- 
ménez nació y vive en la más meridional Andalucía. 



220 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



Sabiéndolo, alguien me preguntaba después de leer 
conmigo este libro: «¿Dónde está aquí el sol anda- 
luz?»... Y, en efecto, el sol que el poeta canta no 
es el que ven los demás en Andalucía: es el sayo; es 
el sol velado, melancólico y mustio que difunde sobre 
los campos su «pena de enfermo», en una admirable 
página de las Elegías. El cielo que el poeta refleja no 
es el que inspiró los encendimientos de gloria en 
las Concepciones de Murillo; no es el que inflama de 
oro y de púrpura el ambiente del Viaje incomparable 
de Gautier: es el cielo gris que ha dejado, para siem- 
pre, en el arroyo donde ve el poeta la imagen de su 
corazón, un fondo de ceniza, según otra página muy 
bella de este libro. Los jardines por donde el poeta 
vaga no son los que visten las márgenes del Betis y el 
Genil con las pompas triunfales de una primavera in- 
marcesible: son aquellos á cuyos tristes rosales prestó 
la dulce y pálida paseante de otra de las Elegías la 
gracia melancólica de sus maneras...— -¿Será esto ra- 
zón para concluir que no es Jiménez un poeta de An- 
dalucía? — Yo creo que si lo es, y que lo es de la ma- 
nera más honda. Leopoldo Alas decía, á propósito de 
El patio andaluz, de Salvador Rueda, que no hay una 
sola Andalucía, sino varias. Hay seguramente muchas; 
pero, por mi parte, yo también sé, ó tengo vislumbres, 
de varias. Hay una que detesto; otra que admiro; otra, 
muy vagamente sabida, que quiero y me encanta. La 
que detesto es la de la plaza de toros, y el alarde vul- 
gar, y la alegría estrepitosa, y el gracejo de los chas- 
carrillos. La que admiro es la de los poetas sevillanos, 
y los pintores fervientes de color, y la naturaleza ebria 
de luz, y las pasiones violentas é insaciables. La que 
quiero y me encanta es una que, por muy delicados 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



221 



indicios, sospecho que existe: una muy sentimental, 
muy suave, muy dulce; como nacida de la fatiga lán- 
guida y melancólica que siguiera á los desbordes de 
sangre, de sol y de voluptuosidad, de aquella otra An- 
dalucía, la admirable, la solamente admirable; no la 
adorable, la divina, la hermética... Y Jiménez es el 
poeta de esta última Andalucía, soñada más que real, 
y tiene de ella el alma y la voz, 



UNA NUEVA ANTOLOGÍA AMERICANA 



El joven escritor argentino don Manuel Ugarte ha 
publicado por la casa de Armand Collin, de París, una 
colección de trozos escogidos, Ifi prosa y verso, de 
autores de las nuevas generaciones hispano-america- 
nas. La idea que se ha tratado de realizar en ese libro 
es feliz y oportuna, cualquiera que sea el juicio que 
haya de merecer su desempeño. Siempre he pensado 
que, entre cuantos medios de propaganda puedan em- 
plearse para contribuir á formar en la conciencia del 
público que habla castellano una noción exacta de 
nuestro pensamiento literario en la actualidad, tan 
vaga é insuficientemente conocido, aun sin salir del 
continente, ninguno de más urgencia y eficacia que la 
publicación de una antología de contemporáneos, bre- 
ve, bien hecha, y editada en condiciones propias para 
su vulgarización, donde se reuniera alguna parte de 
lo mejor y más característico de nuestras letras en los 
últimos veinte años, sin olvidar las indicaciones histó- 
ricas y los comentarios críticos pertinentes. No sé que, 
antes que el señor Ugarte, haya procurado alguien 
hacer esto. Bien es verdad que es dudoso que se haya 
realizado análoga tarea, á lo menos en condiciones 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



223 



aceptables, por lo que se refiere á nuestra literatura 
de otras épocas. Muchas colecciones publicadas hay; 
pero en vano se buscará entre ellas la que pueda, sin 
grandes reservas, mostrarse como adecuada expresión 
de nuestra poesía ó nuestra prosa. Menos extraña pa- 
recerá esta deficiencia si se consideran las dificultades 
que, bajo engañosas apariencias de facilidad, presen- 
tan las obras de ese género, aun tratándose de un 
conjunto de producción más depurado y ordenado 
que el nuestro por la asiduidad de la crítica. 

Una colección literaria puede obedecer á una norma 
de selección, ó puede llevar sólo un propósito de ma- 
nifestación característica respecto de la época, el país 
ó la lengua, que sean el campo en que se espigue. En el 
primer caso, el colector ejercita principalmente su 
gusto; separa el vino de la hez, el oro de la escoria, y 
reúne, con esmero exquisito, aquella poca parte de 
imperecedera fragancia y virtud que está confundida 
y dispersa en los libros donde se estampa el sueño de 
belleza de cada generación humana. En el segundo 
caso, el colector se propone, ante todo, presentar el 
resumen significativo, trazar el mapa literario, de la 
cultura de una nación ó de una época. Sin ceñirse á la 
pura consideración del valor estético de la obra, ve 
en ella, predominantemente, el documento, y procede, 
en cierto modo, con la indiferencia propia del natura- 
lista que ordena, según el sistema de clasificación, los 
ejemplares habidos en sus expediciones, ó del histo- 
riador que, revisando viejos papeles, escoge y separa 
para su archivo las piezas más nutridas y reveladoras, 
con abstracción del juicio que ellas merezcan en la 
relación literaria ó en la relación moral. Cosas media- 
nas, inferiores, y aun ridiculas, tienen asi en este géne- 



224 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ro de colecciones su lugar justificado y oportuno, si 
representan una iniciativa ó un modelo que hayan 
ejercido influjo positivo en la orientación de las ideas; 
si caracterizan eficazmente una decadencia, una abe- 
rración del gusto general ó un vuelco de la moda. 

En cualquiera de ambos conceptos, la composición 
de una de estas pandectas literarias es empresa no- 
ble, que exige para su buen éxito la asistencia de to- 
das las facultades en que estriba la obra del crítico ó 
la obra del historiador. Porque crítica tácita hace 
quien, con sujeción á un criterio de belleza, decide lo 
que debe proponerse preferentemente á la lectura; y 
síntesis histórica realiza el que, remontándose sobre 
la desordenada multitud de obras y nombres, presen- 
ta el cuadro fiel é intuitivo de las evoluciones del es- 
tilo y del gusto en determinado espacio de tiempo. 
Sólo que lo inaparente de la austera labor que impli- 
ca la obra del antologista, y lo accesible que es el re- 
medo vulgar de su tarea, aun á los espíritus más ilite- 
rarios é incultos, cuando sólo se trata de recortar sin 
discernimiento y amontonar sin orden, hacen que, en 
el concepto de la generalidad, la tarea del colector 
sea tenida por cosa subalterna y casi mecánica, no 
muy superior al zurcido del gacetillero ni á la faena 
del pendolista* Pasa con las compilaciones literarias 
algo análogo á lo que ocurre con las traducciones. 
Del que compila como del que traduce, si lo hacen 
bien, puede decirse que emplean la fuerza de su espí- 
ritu en realzar y difundir la fama ajena; y esta abne- 
gación oficiosa no alcanza el premio de una mínima 
participación en el aprecio que la obra merezca, por- 
que el descrédito de actividades que tanto han des- 
cendido induce á prejuicio el ánimo del vulgo, incapaz 



EL MHRADOR DE PROSPERO 



225 



de reparar en que todo lo que ellas tienen de inmeri- 
torio y de grosero cuando se realizan sin conciencia, 
tiénenlo de precioso y arduo en sus formas superio- 
res. El lenguaraz de tribu que, entrando de rondón en 
el campo de la literatura, consuma, en las aras del fo- 
lletín de diario ó de las « Bibliotecas > populares, la 
inmolación de Maupassant ó de Flaubert, de Jorge 
Elliot ó de D'Annunzio, impedirá siempre que el jui- 
cio común conceda toda su importancia y dignidad al 
esfuerzo del espíritu escogido que, siendo capaz de 
producir por propia cuenta, apura su instinto de es- 
critor y su íntima penetración de dos idiomas en la la 
bor finísima de interpretar y reproducir los matices 
del pensamiento, de que se compone el quid ineffá- 
bile de un estilo. Colector y traductor son, en verdad, 
los frailes del arte: despreciables y funestos zánganos, 
como el fraile vulgar, cuando por venal oficio acep- 
tan la profanación de un ideal que no sienten; y ad- 
mirables de escrupulosa y tesonera virtud y mal com- 
prendida abnegación, como el fraile santo, cuando los 
mueve un sueño de desinteresada perfección. 

El señor Ugarte pudo ser el colector de alta religio- 
sidad literaria. Tiene el sincero sentimiento de la lite- 
ratura; y si no ha sido tal, culpemos de ello á lo im- 
provisado de su obra y á la penuria de materiales con 
que, según declara, ha luchado. 

No es menester una revisión muy prolija de la co- 
lección para observar mucho que está de más y no 
poco que se echa de menos. Empecemos por lo que 
está de más. Difícil es acertar, desde luego, con el 
motivo de oportunidad ó conveniencia que puede ex- 
plicar la inclusión, en una antología americana, de es- 
critores de las Filipinas, como los que, con conoci- 

*5 



226 



JOSE ENRIQUE RODÓ 



miento y expresión de su patria, incluye el colector. 
El hecho de ser originariamente las Filipinas, como 
nuestras repúblicas, colonias españolas, y de que allí 
se hable y escriba en castellano, constituiría muy po- 
bre carácter de unidad: ninguna consideración que no 
sea, con doble fuerza, aplicable á la literatura de la 
Península, que queda fuera del plan del señor Ugarte, 
puede vincularnos con aquellos escritores, tan extra- 
ños á nuestro ambiente espiritual como si escribieran 
en tagalo, ni con aquel mundo, no menos remoto, ig- 
norado y semilegendario, para el nuestro, que sus ve- 
cindades chinescas. 

Previene el señor Ugarte que ha dado entrada á al- 
gunos nombres que no pertenecen al período con- 
temporáneo, ni por la edad ni por la clasificación lite- 
raria, y que lo ha hecho atendiendo á su importancia 
excepcional y á la influencia que representan en el es- 
píritu de las generaciones posteriores. Pero es dudoso 
que estos nombres que ha escogido fuera de la juven- 
tud respondan á la idea con que se autoriza á incluir- 
los. Yo no sé qué género de influencia ha podido te- 
ner don Pedro Pablo Figueroa, á quien brinda hospi- 
talidad el señor Ugarte, en la formación del estilo, el 
gusto ó la doctrina de las jóvenes generaciones; pero 
sé que personalidades como Gutiérrez Nájera, como 
Díaz Mirón, como Martí, han ejercido positivo y ma- 
gistral influjo para preparar la evolución de que pro- 
cede el carácter actual de nuestras letras, y no veo 
que ninguno de los citados figure en la colección, á 
título de precursor ó de maestro, junto á la interesan- 
te personalidad de don Pedro Pablo Figueroa. 

Otras inclusiones inoportunas se refieren á nombres 
que, hasta el presente, significan muy poco, y aun 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



227 



que prometen muy poco, ó de los que definitivamente 
puede asegurarse que nunca significarán lo suficiente 
para participar en una representación de nuestras le- 
tras que responda á algún criterio de elección y no 
tienda á confundir !a riqueza y la amplitud con la mu- 
chedumbre de los nombres. Pero aún más que los 
nombres que sobran, redundan en perjuicio de esta 
colección los que faltan. Así, difícilmente se disculpa 
que en la parte relativa á Venezuela no haya habido 
lugar para Pedro Emilio Coll, el sagaz y delicado crí- 
tico, el escritor elegante y nervioso, uno de los más 
escogidos temperamentos literarios que sea posible 
hallar de este lado del Océano; ni para César Zume- 
ta, cuyo firme y cincelado estilo se levanta tan alto 
sobre la prosa llovediza de los devotos de la fácil fa- 
cilidad, como sobre las bámbulas verbales de los co- 
loristas al uso. Tampoco admite justificación que, en- 
tre ios escritores de Colombia, no figure el nombre 
de Baldomero Sanín Cano, tan hondo en el pensar, 
tan magistral en el decir, espíritu de estudio y de 
arte á quien la crítica americana es deudora de algu- 
nas de sus páginas más serias. Clemente Palma, olvi- 
dado también, era justo que llevase el pabellón del 
Perú, cuando no por droit de naissance, por el dere- 
cho de conquista acreditado en sus últimos primoro- 
sos cuentos; y Francisco García Calderón, que empie- 
za por donde otros honrosamente concluyen, pudo 
acompañarle con honor para la crítica del continente. 
El nombre de Juan Agustín García no ha podido omi- 
tirse sin privar á la representación de la nueva inte- 
lectualidad argentina de muy legítimos lauros. Entre 
los escritores de mi país, nadie desadvertirá la ausen- 
cia de Carlos Reyles, cuyo alto valer se realza, para 



228 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



el caso, con la consideración de ser, en América, quien 
ha infundido en la novela espíritu más innovador y más 
característico de la sensibilidad literaria de las genera- 
ciones jóvenes. Bolivia, á la que no se ha concedido 
representación, pudo tenerla muy honrosa en la perso- 
nalidad de Ricardo Jaimes Freyre, cuyo talento lírico, 
refinado é intenso, tiene pocos pares en tierra ame- 
ricana. 

Nótase que el colector prescinde, salvo alguna rara 
excepción, de los autores que han muerto, aunque ha- 
yan pertenecido á las últimas generaciones y aunque 
sea alto su mérito; exclusión evidentemente injustifica- 
da, porque la muerte no tiene poder de separar de la 
actualidad viviente de una época á aquel que sobrevi- 
ve en espíritu por obras que permanecen dentro del 
tono de sentimientos y de ideas que gobiernan la pro- 
ducción de esa época y constituyen eJ carácter que lite- 
rariamente la distingue. Así, Julián del Casal, José 
Asunción Silva, José Miró, Juana Borrero, y otros más, 
pudieron y debieron figurar en las páginas de esta co- 
lección de contemporáneos, ya que sus obras no re- 
presentan un momento literario distinto que las de 
aquellos á quienes acoge la colección. 

Podría observarse todavía que es discutible que, en 
la mayor parte de los casos, se haya tomado, en la 
obra de cada autor, ni lo que más vale, ni lo que más 
exactamente lo caracteriza. Pero quiero pasar ya á de- 
cir algo de la parte crítica del libro. Viene precedido 
éste de una breve «Advertencia» y de una introduc- 
ción, en la que se ensaya hacer la síntesis de la evolu- 
ción de nuestra literatura, desde sus orígenes hasta el 
presente. Hay en estos preliminares atinadas conside- 
raciones y discretos juicios; pero hay también no poco, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



229 



en mi sentir, de inexácto, de ligero y de injusto. Me 
limitaré á lo que más me excita á la contradicción. 
Afirma el señor Ugarte en su advertencia, y lo confir- 
ma y amplía en su resumen histórico, que «la verdade- 
ra actividad literaria americana empieza con las gene- 
raciones jóvenes». Cualquiera que sea el sentido que á 
esa afirmación deba atribuirse, no es posible asentir 
á ella. 

Si vale tanto como establecer la superioridad de 
mérito intrínseco, en pensamiento ó en arte, de la obra 
de las nuevas generaciones sobre la de aquellas que las 
precedieron, me parece un rasgo un poco temerario 
de optimismo ó de amor por las cosas que se tienen 
cerca. Difícil sería demostrar que, después de Sarmien- 
to, la juventud americana haya dado de sí el super- 
Sarmiento. No es punto muy seguro que, después de 
Montalvo y de Martí, tenga la juventud resplandores 
con que ofuscar los nombres de Montalvo y Martí. Ni 
está probado que, con posterioridad á Andrade, haya 
surgido quien señale un nivel claramente superior al 
vuelo lírico de Andrade. Y si el sentido de la afirma- 
ción ha de entenderse de modo que no excluya el insu- 
perado valer de tal cual nombre individual del pasado, 
sino que se refiera á la actividad literaria como obra 
colectiva, como conjunto armónico y consciente en que 
florezca un organismo de cultura, entonces podrá ser 
justo negar que tan preciosa forma de civilización haya 
existido en generaciones anteriores; pero afirmarlo 
respecto de las contemporáneas, importaría extremar 
una diferencia y un progreso que, aun siendo reales, 
no habrían pasado de muy modestas proporciones. Lo 
exacto sería, en tal caso, declarar que la literatura his- 
pano-americana, como obra social, como organismo 



230 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



autóctono y maduro, ni ha existido antes de ahora ni 
existe todavía. 

Culpa el señor Ligarte de falta de originalidad á 
nuestra literatura de otros tiempos; y aunque recono- 
ce que la imitación persiste y debe forzosamente per- 
sistir como fundamento de nuestra actividad literaria, 
establece una diferencia, fundada en que la imitación 
era antes lo que él llama «directa», queriendo signifi- 
car que se ceñía dócilmente al modelo, mientras que 
hoy es lo que llama «aplicada», en el sentido de que 
envuelve interpretación, adaptación y relativa origina- 
lidad. 

Detengámonos á considerar estos puntos. Es indu- 
dable que, dejando aparte superioridades de excep- 
ción, el pensamiento hispano-americano no ha podido 
ni puede aspirar aún á una autonomía literaria que lo 
habilite á prescindir de la influencia europea. No sien- 
do la literatura una forma vana, ni un entretenimiento 
de retóricos, sino un órgano de la vida civilizada, sólo 
cabe literatura propia donde colectivamente hay cul- 
tura propia, carácter social definido, personalidad na- 
cional constituida y enérgica. La dirección, el magiste- 
rio del pensamiento europeo es, pues, condición in- 
eludible de nuestra cultura; y pretender rechazarlo por 
salvar nuestra originalidad sería como si para aislarnos 
de la atmósfera que nos envuelve, nos propusiéramos 
vivir en el vacío de una máquina pneumática. Pero si 
la independencia y la originalidad literaria americanas 
no pueden consistir en oponerse á la influencia europea, 
sí pueden y deben consistir en aplicar á esta influen- 
cia el discernimiento, la elección, que clasifique los 
elementos de ella según su relativa adecuación al am- 
biente, y rechace lo fundamentalmente inadaptable, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



231 



y modifique, con arreglo á las condiciones del medio, 
aquello que deba admitirse y adaptarse. Así, el joven 
estudiante no debe, ni puede sin desventaja, prescin- 
dir del maestro; pero la enseñanza del maestro no es, 
para el estudiante capaz de reflexión propia, yugo 
brutal ni imposición dogmática, sino sugestión que 
excita la virtualidad de pensamiento que la recibe, y 
estimula, lejos de ahogarlo, el instinto de originalidad. 
Concebida de esta manera la posible autonomía del 
pensamiento americano, fácil es señalar el punto vul- 
nerable de la imitación de lo europeo, tal como se ma- 
nifiesta en los rumbos que sucesivamente ha seguido 
nuestra literatura. Se ha imitado sin discernimiento ni 
elección; ha faltado el sentido crítico que encauzase el 
impulso recibido de afuera, y la imitación ha sido pa- 
sividad sonambújica, más que simpatía consciente y 
limitada por el vigilante criterio. 

Este carácter, ó mejor, esta ausencia de carácter, 
se observa, desde luego, en la obra de las generacio- 
nes que nos han precedido, y en esto acierta la crítica 
del señor Ugarte. Tomemos como ejemplo la época 
del romanticismo. Aquella revolución literaria traía 
consigo un impulso favorable á la germinación de todo 
elemento de originalidad y de carácter indígena. Pro- 
pensión congenial al romanticismo fué suscitar en to- 
das partes una reanimación del espíritu de nacionali- 
dad literaria, sustituyendo la abstracta uniformidad 
del pseudoclasicismo con la expresión de la sociedad, 
la naturaleza y las tradiciones peculiares de cada pue- 
blo. Pero si esta tendencia del romanticismo repercu- 
tió provechosamente en nuestra América, inspirando 
los primeros esfuerzos consagrados á fundar una lite- 
ratura que reflejase las peculiaridades de la naturaleza 



232 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



y las costumbres propias, la imitación romántica estu- 
vo lejos de limitarse, ni aun de aplicarse preferente- 
mente, á esa tarea oportuna. La imitación se disipó, en 
gran parte, en otras cosas. Una mitad del romanticis- 
mo europeo significaba la reivindicación de las tradi- 
ciones históricas y artísticas anteriores al Renacimien- 
to; y á pesar de que estas tradiciones no podían te- 
ner, en los pueblos jóvenes de América, sentido que 
interesase á la conciencia colectiva, el romanticismo 
tradicional y arqueológico halló aquí imitadores, y su- 
girió poemas caballerescos, dramas de trovadores y 
cruzados, leyendas orientales: evocaciones falsas de 
recuerdos que no correspondían, en suelo americano 
ni á una piedra ruinosa ni á un latido del sentimiento 
popular. Algo semejante cabe decir en lo que se refie- 
re á la otra mitad del espíritu romántico: la subjetiva 
ó byroniana. Los doloridos apasionamientos, las ínti- 
mas contradicciones, las hondas nostalgias ideales de 
este género de romanticismo, si bien tenían, sin duda, 
un fondo humano que los hacía capaces de trascender 
adondequiera que se sintiese y meditase sobre el mis- 
terio de las cosas y sobre los problemas de nuestro 
destino, obedecían, en no pequeña parte, á influencias 
que, representando en la propia Europa un conven- 
cionalismo ó un amaneramiento, debían serlo con do- 
ble motivo en sociedades donde el ambiente no daba 
de sí las razones históricas, del medio y del momento, 
que concurrían, en las sociedades europeas, á explicar 
aquella atormentada agitación de los espíritus. Y por 
lo que respecta al elemento literario formal, la imita- 
ción no fué más atinada. El romanticismo, en cuanto 
quebrantaba los moldes de una preceptiva artificial y 
vetusta; en cuanto favorecía el libre arranque de la ins- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



233 



piración y ensanchaba los límites del vocabulario poé- 
tico, ofrecía, ciertamente, ejemplos y enseñanzas favo- 
rables ai florecimiento de una literatura americana di- 
ferenciada y eficaz; pero este impulso de reacción 
contra el dogmatismo retórico tenía en América, más 
que en ninguna otra parte, peligros y desventajas que 
no supieron conjurarse, porque halagaban muchas de 
las propensiones más funestas y arraigadas de nuestro 
espíritu: la propensión á la negligencia, al desaliño, á 
la falsa espontaneidad, á la abundancia viciosa; el des- 
conocimiento ó menosprecio de la parte consciente y 
reflexiva del arte; el crédito de la facilidad repentista; 
el desamor de ese ideal de perfección, único capaz de 
engendrar la obra que dura. 

Pasó el auge universal de aquella escuela, y sobre- 
vino el imperio del naturalismo. En lo que tenía de 
fundamental y amplio, el naturalismo comprendía ele- 
mentos que, bien asimilados, no hubieran podido sino 
favorecer en América la manifestación de un espíritu 
literario original y vigoroso. La tendencia á ceñirse á 
la realidad viva y concreta es la vía más segura para 
llegar á una originalidad de pueblo y de época, como 
la tendencia á ceñirse á la expresión sincera y simple 
de lo que se siente es el más seguro camino para al- 
canzar la originalidad individual. La importancia con- 
cedida á la representación del mundo objetivo, el pre- 
dominio literario de la descripción, favorecía una de 
las aplicaciones del arte de escribir capaces de brindar 
en América más ricos veneros de originalidad, como 
es la pintura y el sentimiento de la naturaleza física. 
La precisión minuciosa en la reproducción de costum- 
bres y tipos, contribuía á relevar el sello local del poe- 
ma y la novela. La reivindicación de la poética virtua- 



234 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



lidad de la vida contra todo quimérico idealismo, coin- 
cidía con la tendencia natural en pueblos jóvenes y 
testigos de una fecundidad magnífica y potente. La 
franqueza, y aun la vulgaridad pintoresca, de la expre- 
sión, autorizaban á que se diese curso en el lenguaje 
literario á las peculiaridades del habla regional. 

Pero, ni la protesta naturalista se limitaba origina- 
riamente á esos elementos para siempre justos y opor- 
tunos, ni, tampoco esta vez, la imitación supo proceder 
en América con libertad y firme criterio. Propendien- 
do, como sucede en toda imitación servil y fascinada, 
á violentar las cosas, á recargar las tintas, á ir á lo ex- 
tremo del original y ceder á la impresión de lo carica- 
turesco más que de lo característico, nuestros natura- 
listas tomaron de preferencia en sus modelos lo que, 
siendo en estos mismos convencional y vicioso, resul- 
taba tanto más falso en América cuanto que se oponía 
á los caracteres que, por recto naturalismo, por direc- 
ta sugestión de la naturaleza, deben forzosamente pre- 
valecer en toda literatura que brote sin esfuerzo del 
espíritu de nuestros pueblos. Así, el pesimismo agrio, 
desesperanzado y hastiado, que, como idea dominan- 
te, no tenía natural acomodo en el ambiente de tierras 
prometidas al porvenir, rebosantes de vida y energía. 
Así, la predilección por la reproducción artística de lo 
feo, rasgo de decadencia que carecía de sentido acep- 
table dentro de una cultura literaria en sus albores. Así, 
la sensualidad, no espontánea, vigorosa y ferviente, 
sino artificiosa, alambicada y senil; sensualidad de 
cálculo antes que de instinto. 

Innegable es, pues, el fundamento con que se califi- 
ca de falso el concepto ó procedimiento de imitación 
que guió en anteriores épocas á nuestros escritores. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



235 



Pero ¿la comparación con lo actual manifiesta una di- 
ferencia que autorice á dividir en dos partes la histo- 
ria de nuestra cultura? ¿Cabe afirmar, como afirma el 
señor Ugarte, que, á partir de la obra de las genera- 
ciones jóvenes, la imitación de lo europeo haya dejado 
de ser remedo inconsulto y sumiso para trocarse en 
atinada y consciente adaptación? ¿imitan nuestros 
«modernistas» con criterio más cercano de la origina- 
lidad que nuestros realistas y nuestros románticos? 

Mucho me he extendido ya para entrar al examen 
de la cuestión que planteo; pero no tengo dificultad 
en dejar consignada la respuesta que sería el resultado 
del examen; y ella es que, muy á mi pesar, no alcanzo 
á percibir la diferencia con que el señor Ugarte hala- 
ga nuestro amor propio colectivo; que no veo que hoy 
(salvo excepciones individuales que han existido siem- 
pre) se imite con más personalidad y más conciencia 
de lo oportuno y adaptable, que cuando se imitaba á 
los profetas del romanticismo y á los maestros del na- 
turalismo. 

En conclusión, esta antología de la nueva literatura 
americana no está á la altura de su objeto ni de lo que 
era lícito esperar del colector. Pase el señor Ugarte 
por encima de esta obra improvisada y precaria, y dé- 
nos, puesto que es capaz de dárnosla, la verdadera 
antología americana de nuestro tiempo; la obra de sín- 
tesis que sirva de guía fiel á quien quiera formar idea 
de nuestro espíritu, ó la obra de selección donde se 
congregue lo poco, lo muy poco, qi¡e, literariamente , 
tenemos digno de ser mostrado sin rubor y de asociar- 
se á esperanzas y presagios triunfales, de que esta vez 
me parece el señor Ugarte demasiado pródigo. 



BIENVENIDA 



En el primer número del 
periódico "France- Uruguay" 

Allí donde palpite un jirón del alma de Francia, no 
puede ser que no surja la palabra vibrante que le dé 
repercusión sonora. ¿Cuándo fueron silenciosas la 
Vida, la Fecundidad, la Libertad? ¿Cuándo fué mudo 
el vuelo de la alondra que anuncia la claridad de la 
mañana, y que, cuanto más esfuerza las alas, más alto 
hace sonar la canción? ¿Cuándo el gallo simbólico 
dejó de pregonar el triunfo de la luz, en su heráldico 
clarín, que decora el moño de púrpura? 

Un jirón de aquella grande alma, maternal y glorio- 
sa, vivía, palpitaba en nosotros. En nuestro pensa- 
miento, en nuesto corazón, en nuestra imagen de lo 
bello, en nuestra idea de lo justo, en nuestra venera- 
ción del pasado, en nuestra figuración del porvenir, 
palpitaba el alma de Francia; musa, nodriza, conducto- 
ra inmortal, de las imaginaciones que amanecen, de las 
energías que ignoran, de los desamparos que buscan- 
Pero faltaba la palabra que, sensible y persistentemen- 
te, anunciase la presencia de esa alma en la nuestra. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



237 



Faltaba el canto del gallo y la canción de la alondra. 
Condiciones de estas dos voces matinales son, en el 
concierto de la naturaleza, la periodicidad y la puntua- 
lidad. Y la periodicidad y la puntualidad en la mani- 
festación del pensamiento escrito, se concretan en la 
idea del diario ó el periódico. He aquí que ha sonado 
el canto del gallo; que la alondra ha entonado su can- 
ción. Hay ya un periódico para dar eco al alma de 
Francia... ¿Quién no lo saludará con júbilo, entre las 
almas amigas de la hora del alba; de la hora fresca y 
pura de la alegría y el trabajo; de la hora del gallo y de 
la alondra?... Fiel á su contraseña sagrada, él nos esti- 
mulará al esfuerzo fecundo y nos invitará á la sana ale- 
gría. Lo esperaremos como se espera á un consejero 
inteligente y jovial. Cuando lo tomemos en la mano, 
todavía húmedo del fragante aliento de la imprenta, 
diremos: «Éste es el olor de la tierra removida. Mar- 
chemos también nosotros á la obra.» Como acercamos 
al oído un caracol marino para percibir el murmullo 
en que parece perpetuarse el ruido del mar, buscare- 
mos en sus páginas el murmullo, la resonancia de ese 
inmenso y lejano mar de París, que infunde en las al- 
mas la tentación del argonauta. Sobre nuestra mesa de 
trabajo será un talismán que nos preservará del des- 
aliento. Y cuando cumpla el primer año, haremos en 
espíritu una procesión antigua, y lo llevaremos, como 
una rama floreciente, á ofrecerlo en el altar de las 
Gracias, para que perdure con los tres atributos del 
pensamiento que ellas favorecen: la espiritualidad, el 
entusiasmo y la benevolencia. 



RICARDO GUTIÉRREZ 



En ocasión de su muerte. 

Siempre he soñado que la mejor recompensa de los 
poetas, — mejor y más llena para ellos de divinos hala- 
gos que las formas ruidosas y deslumbrantes de la 
gloria, — sería la de que se hallasen dotados de la vir- 
tud de percibir y atraer á sí todos los clamores de en- 
tusiasmo, todas las lágrimas de melancolía, todos los 
impulsos de admiración, que sus cantos, peregrinando 
entre las almas jóvenes y buenas, arrancan bajo los as- 
tros de cada noche y bajo el sol de cada día. — ¡Qué 
hermoso arrullo hubiera llenado de consolaciones y ar- 
monías los últimos instantes del poeta querido que hoy 
lloramos, si á su espíritu hubiera sido otorgado ese be- 
neficio, en la hora suprema, y hubieran convergido, en 
un inmenso acorde, hacia él, todas las vibraciones de 
las almas heridas por la noble y dignificadora virtud 
de sus estrofas! 

Gritos de trémula emoción que de mi pecho brota- 
ron en algunas de las horas más bellas de mi vida, se 
hubieran mezclado en el coro de triunfo del poeta. Lo 
leí de niño, y su poesía, que desde entonces quedó vi- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



239 



brando en lo hondo de mi alma, tiene para mi el secre- 
to encanto de las cosas que evocan recuerdos dulces 
y queridos. Yo no la podría juzgar como se juzga la 
de un genial poeta que admiramos, pero á quien no re- 
conocemos como nuestro, que no nos habla del pasa- 
do, y cuya poesía no hunde sus raíces en las recondi- 
teces de nuestra vida espiritual y la viste y enlaza 
como la enredadera á la columna. La poesía de Ricar- 
do Gutiérrez tiene una historia en el proceso de mi 
vida interior. Cada uno de sus cantos es para mí como 
una de esas melodías que, escuchadas en momentos di- 
chosos ó solemnes, se asocian inevitablemente, des- 
pués, al despertar del instante escogido en que vi- 
braron. Cuando una estrofa suya hago pasar ante mis 
ojos siento en el alma un ala mustia y aterida que se 
estremece. Por eso la desaparición del poeta produce 
en mí la sensación de un abandono y me parece como 
la extinción de una luz sobre mi espíritu. 

¡Cuán pocos de nuestros poetas de hoy, aun cuando 
haya de ser grande y duradera la gloria de sus triun- 
fos, alcanzarán esta devoción de los sentimientos! El 
poeta, hoy, es, ante todo, el artista, es el orfebre, es 
el cincelador paciente y empeñoso. Detiénese ante sus 
puertas el viandante para admirar, en aquella fiesta de 
la luz, los finos contornos del oro cincelado. Pero 
cuando se aleja, lleva sólo la impresión de un deslum- 
bramiento, porque no reconoce ya, en el artífice ena- 
morado del ritmo y del color, á aquel ser — compara- 
ble con el pelícano del mito — que arrancaba de sus 
entrañas palpitantes la imagen viva de lo que llevaban 
los demás dentro de sí. 

Y ninguno entre nuestros poetas ha personificado 
esta entera condensación del alma de los suyos, este 



240 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



seguro imperio ejercido sobre e! sentimiento de una 
generación, como el del Libro de los Cantos y La 
Fibra Salvaje. Era el poeta de todos, sin dejar de 
ser, intensa y dominantemente, el poeta de sí mismo. 
Había brindado la hospitalidad de su corazón á todas 
las cosas buenas, á todas las cosas bellas. Naturaleza 
esencialmente lírica la suya, siempre en sus cantos el 
impulso del vuelo partía de la intimidad. Pero en su 
intimidad refundía, convirtiéndole en sentimiento pro- 
pio, en dolor propio, el dolor de todos los que sufren; 
en fuerza de su vida, el alentar de todos los que es- 
peran, la exaltación de todos los que batallan; en calor 
de su sangre, el ansia de todos los que padecen ham- 
bre de justicia y el entusiasmo de todos los que per- 
siguen sobre la tierra un ideal. 

La individualidad, la vida misma del poeta, límpida 
y fuerte como el mármol, eran, además, un nimbo de 
luz sobre su obra. ¡Cuántas veces, corriendo, llenos 
de emoción, el velo que oculta á nuestros ojos la inti- 
midad de la existencia de donde parte la palabra ins- 
pirada, sólo nos es dado encontrar el fondo gris de 
una personalidad moralmente indiferente ó borrosa! 
En nuestro poeta, personalidad y arte, vida y ensueño, 
se confunden y forman un solo trazo de luz. Huella 
por la que puede seguirse el rumbo de su marcha son 
sus versos. Cantó á la fe en el ideal que regenera, y 
tuvo fe; cantó á la caridad, y fué piadoso; cantó al 
heroísmo, y fué soldado. En esta luminosa existencia, 
la poesía es acción, la acción es poesía. Evocando la 
imagen del varón bueno y abnegado, es como adquie- 
re sobre nosotros toda su avasalladora virtud el canto 
del poeta. 

Dueño era su numen por igual de las dos grandes 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



241 



manifestaciones del sentimiento lírico: la que se re- 
concentra en el recogimiento y la meditación tímida 
del tumulto humano, y la que alienta en las inspira- 
ciones del alma colectiva y es tribuna de donde aren- 
gar y espada con que lidiar en nombre de todos. Vi- 
braban alternadamente en sus cantos los acentos del 
hombre íntimo y los del soldado del pensamiento y 
de la acción. Unas veces, la suave estrofa modelada 
para el amor y el ruego; la que se ampara bajo aque- 
llas frondas, propicias al misterio, del alma, donde los 
sentimientos delicados y afectuosos anidan. Otras ve- 
ces, el verso amplio y fulgurante, el verso de grandes 
alas, lleno de sol, erguido sobre una cúspide. Nacían 
de esta audacia épica el grito de guerra de la Liber- 
tad que envía al país del trópico sus legiones; la vigo- 
rosa imprecación de Montevideo; el diálogo de El 
Poeta y el Soldado. Brotaban de aquella reconcentra- 
ción melancólica la carta, húmeda en lágrimas, á Lu- 
cia; el contemplativo sentir de La Oración, y la que- 
rella apasionada de la Magdalena. 

No era el poeta de Lázaro un devoto de la plasti- 
cidad y melodía de la forma, no era un cincelador 
paciente y obstinado del verso, ni á él alcanzaron los 
influjos de la evolución, posterior al romanticismo, de 
la lírica, que levantó sobre las ruinas de las aras de la 
emoción y el pensamiento las consagradas al culto 
de la perfección exterior. Pero tenía un admirable 
don instintivo de armonía, un seguro y natural impe- 
rio del ritmo, que le autorizaban para sustituir, en la 
ejecución, los afanes del procedimiento laborioso con 
la confianza y la audacia de la libertad. Y el verso 
brotaba de su mente, alado, ágil, espontáneo, con ím- 
petu como de lampo de luz que rasga de improviso 

16 



242 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



las sombras; como de vena de agua que salta de la 
roca herida por el pico; como de anchurosa bandera 
que se despliega de un golpe y flota en los aires á fa- 
vor de un viento pujante. 

Hase observado que uno de los más constantes 
modos de manifestación del genio lírico está en el 
don de crear ó modificar algún metro, que es como 
«la nueva copa en que se exprime el jugo generoso 
de un ingenio nuevo». Fué otorgado á Ricardo Gu- 
tiérrez este signo escogido de originalidad. El cinceló 
su copa para el vino de su vendimia, y creó su estrofa 
propia, su estrofa admirablemente modelada sobre el 
tono íntimo de su sentimiento, llena á la vez de fuerza 
y de gracia, como el cuerpo del púgil, y que quedó 
consagrada en la lírica argentina, donde Gervasio 
Méndez la eligió para mensajera de su abandono y su 
dolor y la ungió nuevamente con la unción de las lá- 
grimas (1). En ella están sus composiciones que mu- 
chos tienen por mejores; las que son, por lo menos, 
las más sentidas, las más ingenuas, las más íntimas; y 
ella llegará á la posteridad, perpetuándose en la mé- 
trica de la poesía americana, como forma sensible de 
la inmortalidad de quien la añadió al Cancionero de 
la lengua. 

(1) Es la del ejemplo siguiente: 

Como la estrella errante de los cielos, 
que en los espacios infinitos vaga 
y, al tocar en la atmósfera del mundo, 
cae en él luminosa y abrasada, 
así en su atmósfera 
tocó mi alma, 
y así, encendida en el amor sublime, 
como una exhalación cayó á sus plantas. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



243 



Ya había empezado la sanción de la posteridad, en 
cierto modo, para la figura literaria de Ricardo Gu- 
tiérrez, y ella se nos presentaba como una noble figura 
de otros tiempos, á los ojos de los que le admirába- 
mos en mi generación. Años hacía que la lira del 
poeta estaba muda. ¿Era acaso el hastío, el cierzo he- 
lado de la vida?... ¿Era, más bien, la amarga protesta 
contra el ambiente ingrato, la desolación ante el irre - 
sistible avanzar de la ola turbia y plebeya que cla- 
moreaba los triunfos de nuestro «período cartagi- 
nés >?... ¿Quién sabe? El silencio del poeta, que puede 
ser una forma del desaliento, de la decepción, del 
desengaño, ¿no puede ser también el signo de su ini- 
ciación en una poesía más alta, más gloriosa, más 
pura? Por encima de la que se traduce en palabras 
y se comunica al sentimiento de los hombres ¿no po- 
drá él alcanzar una poesía superior, una poesía que 
sólo irradie y florezca en su mundo íntimo, donde la 
rodee la nube impenetrable con que quería velar la 
mística ciudad de sus elegidos cierto poeta moderno? 
Ella será como la música de los astros, que el sabio 
oyó, pero que nosotros no oímos; será como la imper- 
ceptible luz que vibra allí donde la pupila humana no 
ve sino la obscuridad. 

Ahora este silencio durará para siempre, pero el 
nombre del poeta se engrandecerá en la memoria de 
las generaciones y su poesía adquirirá vida nueva. 
Andrade tuvo de los contemporáneos apoteosis más 
ruidosas, pero en su obra, osada é inmensa, verá aca- 
so más ruinas la posteridad. Para lo que edifica la 
deslumbrante fantasía hay en el tiempo base menos 
estable y segura que para lo que labra el sentimiento, 
siempre uno en esencia. Cuando han perdido su color 



244 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



las pompas de Lucano, aun nos habla el verso de 
Virgilio del llanto de las cosas. 

¿Quién me recordará que no es una página de crí- 
tica la que he trazado al escribir sobre la muerte de 
Ricardo Gutiérrez? Si así como el corazón tiene su 
memoria, y su memoria es la gratitud, también tiene 
el corazón su juicio, será éste solo el que yo podría 
ofrecer para juzgar al noble espíritu que acaba de as- 
cender á la luz. Fué, cuando yo empecé á saber de 
poesía, uno de mis poetas. Si le hubiera encontrado 
alguna vez en los caminos del mundo, le habría estre- 
chado la mano y le habría dicho: «Gracias...» Y él me 
hubiera entendido. Pero desde hoy, que sé que no he 
de verte ya en la realidad, yo te tendré conmigo ¡oh 
poeta! para siempre, en aquella consagrada región de 
la memoria donde se reúnen, como en un cielo que va 
cuajándose de luces, las cosas bellas y los seres bené- 
ficos y amados que hicieron menos ingrato para nos- 
otros este peregrinaje de la vida y se abismaron en la 
decepción y en el misterio. 



.DE LITTERIS 



De F. García Calderón. Lima, 1904, 

Abunda, en la nueva generación literaria americana, 
el colorista instintivo; no es del todo escaso el poeta 
ó escritor de intensidad sentimental; pero lo son mu- 
cho los espíritus de serenidad y pensamiento. 

Nuestra cultura ha pasado, sin embargo, de los co- 
mienzos en que la simple espontaneidad es natural y 
graciosa; y hora es ya de que procuremos hacer de 
nuestro arte (si es que de veras aspiramos á tener al- 
guno) obra seria y consciente. Sean bienvenidos los 
que, como el autor de este opúsculo, traen á esa obra 
la promesa de un concurso eficaz, y muestran ya, en 
el esbozo de su finosomía literaria, un gesto de medi- 
tación que la hace interesante é imprime en ella sello 
propio. 

García Calderón empieza manifestando cualidades 
del juicio, ó más generalmente, de la personalidad, 
que suelen ser el premio de largas batallas interiores, 
el resultado de una penosa disciplina del espíritu. Este 
escritor nuevo, sin dejar de ser muy juvenil por su 
hermoso y noble entusiasmo, nos da anticipados sabo- 



246 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



res de madurez. Suple con su talento firme la obra del 
tiempo, sin las inferioridades que éste suele traer como 
reverso de sus dones. Y además de la aptitud cierta, 
manifiesta lo que es aún menos frecuente en tierras, 
como las nuestras, inhospitalarias para las cosas des- 
interesadas del espíritu: ese hondo arraigo del amor 
á tes letras, por el cual puede afirmarse que el entu- 
siasmo que ha engendrado estas primeras páginas no 
será pasajera nube de la juventud. 

Yo veo en él una de las mejores esperanzas de la 
crítica americana. Es á la crítica adonde le destinan, 
claramente, las disposiciones de su espíritu; á la forma 
ó ejercicio del pensamiento que aun clasificamos con 
tal nombre, aunque, en rigor, debiéramos buscarle 
otro más amplio y exacto, porque del modo como la 
crítica es hoy, muy lejos de limitarse á una descarna- 
da manifestación del juicio, es el más vasto y comple- 
jo de los géneros literarios; rico museo de la inteli- 
gencia y la sensibilidad, donde, á favor de la amplitud 
ilimitada de que no disponen los géneros sujetos á 
una arquitectura retórica, se confunden el arte del 
historiador, la observación del psicólogo, la doctrina 
del sabio, la imaginación del novelista, el subjetivismo 
del poeta. 

Cultive el joven escritor tan vasto campo, y cultíve- 
lo de manera que en él se hermanen la fecundidad y 
la gracia, enseñoreándose, cada día más, de los ins- 
trumentos que para ello son precisos: el criterio, rea- 
cio á todo yugo, lo mismo tradicional que nuevo; la 
tolerancia, no sólo la que es luz intelectual, sino la 
que es también calor de sentimiento, penetrante fuer- 
za de amor; el interés fácil y vario, siempre pronto á 
acudir adondequiera que un alma piense, sienta ú obre; 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



247 



la virtud de la expresión, inseparable de los matices 
del pensamiento, y por lo tanto, auxiliar eficaz de la 
investigación y el análisis. 

Tal será, como crítico, García Calderón; tal es des- 
de ahora. Y aunque no sé si parecerá bien que estas 
palabras mías vayan al comienzo de un libro donde 
suele decirse de mí más de lo que merezco, no las 
quito de ahí, porque de la sinceridad de cuanto dejo 
escrito estoy seguro, y de la aprobación que le dará 
quien haya de leer las páginas que sigan, casi lo estoy 
también. 



UNA BANDERA LITERARIA 



A D. F. García Godoy. 

Mi distinguido amigo: Su nuevo libro Alma Domi- 
nicana llegó á mí junto con las vagas noticias que 
tenemos de las turbulencias políticas de que ha sido 
teatro la patria de usted. El telégrafo, puesto al servi- 
cio de la prensa, suele no ser consecuente en sus in- 
formaciones, ni las ajusta siempre al interés que por 
su tema y procedencia merezcan; de suerte que nada 
sé de las ulterioridades de la conspiración que costó 
la vida al Presidente de la República. Pero, como 
quiera que se hayan resuelto estas violencias, vayan 
en primer término mis votos por la paz y el buen 
orden institucional de ese noble pedazo de tierra 
americana. 

Por cierto que tales ecos de discordia, harto seme- 
jantes á los que de otras partes de nuestra América nos 
vienen uno y otro día, sirvieron como de fondo que 
diese mayor resalte y prestigio de interés á la lectu- 
ra de las atinadas consideraciones con que prologa 
usted su libro. Despliega usted á los vientos todo un 
programa literario, en el que, como idea fundamenta], 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



249 



aparece la idea de nacionalidad, entendida de alta 
manera, y en el que se difunde su convicción de la ne- 
cesidad de orientar el movimiento intelectual hispano- 
americano en un sentido concordante con los caracte- 
res y oportunidades del desenvolvimiento social y 
político de estos pueblos, de modo que la obra del 
escritor concurra, como una fuerza positiva, al gobier- 
no de las ideas y las pasiones. Ninguna aspiración más 
generosa ni más justa. Yo he participado siempre de 
ella; yo he pensado siempre que, aunque la soberana 
independencia del arte y el valor substancial de la 
creación de belleza son dogmas inmutables de la reli- 
gión artística, nada se opone á que el artista que, ade- 
más, es ciudadano, es pensador, es hombre, infunda en 
su arte el espíritu de vida que fluye de las realidades 
del pensamiento y de la acción, no para que su arte 
haga de esclavo de otros fines, ni obre como instru- 
mento de ellos, sino para que viva con ellos en auto- 
nómica hermandad, y con voluntaria y señoril contri- 
bución se asocie á la obra humana de la verdad y del 
bien. Aun consideradas estas cosas de un punto de 
vista puramente estético, nadie podrá negar que el 
arte se privaría de cierta especie de belleza si renun- 
ciara á las inspiraciones y virtualidades que puede re- 
coger en el campo de ia agitación civil y de la contro- 
versia de ideas; como se privaría la propaganda ideal 
ó cívica, de un medio ^insustituible para lograr cier- 
tos efectos, si nunca el arte trajese en su auxilio el 
maravilloso poder y la única eficacia con que llega á 
lo hondo de los corazones y los enlaza en comunión 
de simpatía. 

Las circunstancias históricas tienen en esto, como 
en todo, considerable parte. Epocas y pueblos hay en 



250 



JOSE ENRIQUE RODO 



que la función social de la obra artística se impone 
con mayor imperio y encuentra más adecuado campo 
en las condiciones de la realidad. Entre esos pueblos 
y esas épocas incluyo yo á las naciones híspano-ame- 
ricanas del presente tiempo. Su gran tarea es la de 
formar y desenvolver su personalidad colectiva, el 
alma hispano-americana, el genio propio que imprima 
sello enérgico y distinto á su sociabilidad y á su cul- 
tura. Para esta obra, un arte hondamente interesado 
en la realidad social, una literatura que acompañe, 
desde su alta esfera, el movimiento de la vida y de la 
acción, pueden ser las más eficaces energías. 

Expresa usted, con elocuente vehemencia, la inex- 
tinguible virtualidad de un sentimiento nacional arrai- 
gado en la tradición y en la conciencia de un pueblo, 
para resistir á las amenazas de absorción á que dé 
aparentes facilidades la debilidad material; y en la 
exaltación constante de ese sentimiento por los me- 
dios propios del arte, que evoca á nuestra vida el le- 
gendario ser del pasado y perpetúa el culto de los hé- 
roes, señala usted, con acierto, un poderosísimo estí- 
mulo de aquella salvadora fuerza interior. 

Por razones de situación geográfica, en la patria de 
usted adquiere doble oportunidad ese propósito, es 
más urgente é ineludible la obligación moral de po- 
nerlo en obra; pero el legítimo alcance de él abarca 
toda la América que habla en la lengua del Descubri- 
dor, toda la América nuestra, representada y querida 
como una magna patria indivisible, en la que es nece- 
sario avivar la conciencia de su propia unidad y el en- 
tendimiento y el amor de las tradiciones históricas 
donde esa unidad radica. Todo ello está enérgicamen- 
te sentido por usted. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



251 



Y al cumplimiento de tan noble programa lleva 
usted ya consagrados vigorosos esfuerzos con su labor 
de crítico y propagandista, que tan merecido relieve 
ha dado á su personalidad, y que complementan, al 
mismo fin, trabajos de otro género, como el intere- 
sante cuadro histórico que ha tenido usted la benevo- 
lencia de enviarme y por el que reconozco, una vez 
más, cuántas son las semejanzas que mantiene entre 
estos pueblos hispano-americanos la identidad de su 
origen, la pertinaz é indomeñable identidad de su ori- 
gen, á pesar de la distancia material y la dificultad de 
relaciones que apartan, por ejemplo, á los de ese 
Norte tropical de los de esta zona templada del Sur. 
Los caracteres más típicos se reproducen, sin esencial 
diferencia, en una y otra parte. 

Que encuentre usted en el alma de su pueblo justa 
correspondencia á sus generosos propósitos; y créame 
siempre su afectísimo amigo. 



FIN DEL TOMO PRIMERO 



ÍNDICE 



Páginas, 

Advertencia . . » 9 

Juan Carlos Gómez ... H 

La vuelta de Juan Carlos Gómez 24 

Rumbos nuevos ... 36 

La gesta de la forma 59 

£1 rat-pick 61 

La enseñanza de la literatura 75 

Garibaldi 82 

El Cristo á la jineta.. 92 

Impresiones de un drama 95 

Divina libertad 109 

Bolívar 111 

Una novela de Galdós 149 

Decir las cosas bien , 162 

El centenario de Chile 164 

«La Raza de Caín» 172 

A Anatole France 181 

Mirando al mar 187 

La tradición intelectual argentina 189 

En la armonía, disonancias 198 

«De lo más hondo» . 201 

Tucumán t 209 



ÍNDICE 2í>3 

Páginas. 

Magna patria , 211 

Samuel Blixen 213 

Recóndita Andalucí a 219 

Una nueva antología americana 222 

Bienvenida 236 

Ricardo Gutiérrez 238 

«De litteris» 245 

Una bandera literaria 248 



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